Opinión

Cincuenta años de Planetaridad

Salida de la tierra tomada desde la misión del Apolo a la Luna el 24 de diciembre de 1968.

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En 1666 el poeta inglés John Dryden usó la expresión latina annus mirabilis para referir a aquel año cargado de eventos excepcionales: el incendio de Londres, la peste bubónica, la guerra contra Holanda y (esto se sabría más adelante) los desarrollos científicos de Isaac Newton. Desde entonces, los amantes de las fechas y las enumeraciones han buscado otros anni mirabiles: 1492, 1543, 1759, 1905… Los criterios son totalmente caprichosos e incluyen hechos positivos y negativos. Por eso resultó ocioso el neologismo annus horribilis popularizado en los años noventa por la reina Isabel II para referirse al pico de escándalos familiares.

1972 fue un annus mirabilis. Quien ojee los diarios y almanaques mundiales de la época, o consulte la entrada correspondiente en Wikipedia, solo encontrará atentados terroristas, pruebas nucleares y el gobierno de Salvador Allende. Apenas el clímax de la gran narrativa secular de estados, partidos y clases sociales, cuyo ocaso comenzaría en 1979; otro annus mirabilis, por cierto: triunfo de Margaret Thatcher, revolución iraní, visita de Juan Pablo II a Polonia, gira de Deng Xiaoping por Estados Unidos. 

Pero, por debajo de ese canto del cisne del siglo XX, 1972 fue también el origen de una contranarrativa que llega hasta hoy. Una en la que somos más terrícolas que humanos, más una especie que una civilización. Podemos llamarla «planetariedad». El término surgió entre los estudios poscoloniales como alternativa a «globalización» pero mutó en algo así como la conciencia de habitar un planeta, de estar expuestos a fuerzas físicas naturales y artificiales que irrumpen por debajo del mundo humano que construimos. Por supuesto que esa conciencia no nació súbitamente en 1972. Solo que en ese año se produjeron una serie de hitos que le dieron la forma y visibilidad con las que hoy la conocemos. Lo que sigue no es más que la enumeración de esos hechos que, hace cincuenta años, hicieron nacer silenciosamente a este siglo que nos toca.

La Tierra vista desde afuera

El término «La Tierra» nos conecta casi inevitablemente con la imagen de una bola marmolada azul, verde y blanca flotando en la oscuridad. Esa imagen, más o menos estilizada, es the blue marble, «la bolita azul», una foto sacada el 3 de diciembre de 1972 desde el Apolo 17 por Harrison Schmidt, el primer geólogo en participar de una misión espacial. Ese año fue el summit de la carrera espacial: a las dos misiones norteamericanas (Apolo 16 y 17) se le sumaron la soviética Luna 20 y el lanzamiento de la sonda Pioneer 10, primer objeto humano en salir del sistema solar, que llevaba la placa diseñada por Carl Sagan como mensaje para una posible vida extraterrestre. 

Pero aquello fue el adiós. Apolo 17 fue la última misión hasta la fecha en transportar seres humanos a la Luna. Ese mismo año Estados Unidos dio por finalizado el programa Apolo y lo reemplazó por el más modesto Transbordador espacial. La URSS haría otro tanto con el programa Luna en 1976. El espíritu explorador de la Humanidad debió conformarse con aventuras más modestas, como la República de Minerva, el enclave libertario fundado en el Pacífico Sur por la Phoenix Foundation en enero de 1972 e inmediatamente anexado y desarmado por el reino de Tonga. Aún así, los astros siguieron afectándonos, y de formas más verificables que la astrología: en agosto del 72 se produjo una tormenta solar cuya fuerza electromagnética desconectó las comunicaciones telefónicas de larga distancia del estado de Illinois y detonó las minas submarinas que el Ejército norteamericano, ya en plan de retirada, había instalado en las costa norte de Vietnam.

Ver a la Tierra desde afuera fue un hito en nuestra conciencia planetaria. Pero conviene no exagerar sus efectos disruptivos. Harrison Schmidt, el geólogo que fotografió al planeta entero, al volver a su planeta hizo carrera como legislador republicano negando el cambio climático. Viajar al espacio no nos hará más sabios que ver al planeta al ras del suelo.

La Tierra vista desde adentro

En marzo de 1972 se publicó Los límites del crecimiento, versión en libro del llamado «Informe Meadows» del año anterior. A fines de los años sesenta un grupo de políticos y científicos de una treintena de países se reunieron en el Club de Roma para discutir los cambios que el crecimiento económico estaba causando al ambiente. A tal fin, encargaron al MIT un informe que quedó a cargo del System Dynamics Group, dirigido por Donella Meadows. El grupo desarrolló el programa de simulación informática World3 para correlacionar variables demográficas, ambientales y energéticas, entre otras, en una proyección a 50 años. Las conclusiones eran lapidarias: «si se mantiene el incremento de la población mundial, la contaminación, la industrialización, la explotación de los medios naturales y la producción de alimentos, sin ninguna clase de variación, es probable que se llegue al límite total de crecimiento en la tierra, por lo menos durante el próximo siglo». 

El impacto político fue inmediato. En junio de ese año la ONU convocó a la «Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano» en Estocolmo. Ese mismo mes, Sicco Mansholt, comisario de Agricultura de la Comisión Europea, envió una carta al presidente de la Comisión proponiendo «crecimiento cero». El debate alrededor de la carta de Mansholt motivó un número especial de la revista Le Nouvel Observateur en donde André Gorz propuso crecimiento negativo o «decrecimiento», un concepto que ya había empleado Nicholas Georgescu-Roegen en su libro de 1971 La ley de la entropía y el proceso económico.

Desde su exilio madrileño, Juan Perón también quiso opinar sobre los límites del crecimiento y en febrero del 72 anticipó el concepto de Antropoceno: «El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas. La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones. Su acción va más rápido que su captación de la realidad». A un año de la crisis del petróleo, el informe Meadows había detonado una conciencia compartida de vivir en un planeta con recursos finitos y decrecientes. Un shock malthusiano. La revolución neoliberal de los años ochenta se dedicaría a bombardear a esa conciencia con argumentos tan exitosos que hoy fueron adoptados incluso por sectores autoproclamados progresistas o anti neoliberales.

Más allá del shock malthusiano, la conciencia planetaria de 1972 inspiró otras versiones, más especulativas, de la Tierra vista desde adentro. Ese año se publicaron Los árboles tienen derechos, el libro de Christopher Stone que propone tratar al ambiente como una persona jurídica, premisa de la futura ecología profunda; y Gaia as seen through the atmosphere, el artículo en el que James Lovelock presentó su hipótesis de la Tierra como un sistema cibernético que hace posible la vida. El cine también se hizo cargo de la planetariedad: en 1972 se estrenaron Deliverance, de John Boorman y Aguirre, der Zorn Gottes, de Werner Herzog, dos películas que ponen a prueba la tenue racionalidad humana en un entorno natural desmesurado. 

Había algo en el aire, un detalle infinito. U otra cosa. En diciembre del 72 se produjo un brote de gripe A en Londres, que llegó a California y causó más de mil muertes. Quizás fue un rezago de la pandemia de 1968; quizás un anticipo de la de 1977 (aunque ésta se sospecha que fue un lab leak soviético). No volvió a haber alarmas hasta 1997 en Hong Kong. El resto es historia conocida: SARS-CoV 1 en 2002, MERS-CoV en 2012, SARS-CoV 2 en 2019. Las pestes, al igual que los censos, nos recuerdan que somos una población sobre un espacio, mal que le pese al ego instagramero.

A veces la Historia cambia en silencio, sin grandes guerras ni revoluciones ni caídas de imperios. Hace exactamente cincuenta años comenzaba un nuevo siglo, no importa tanto su número como su lugar: la Tierra. Hay individuos, naciones y clases sociales, pero todo eso está apoyado sobre un solo planeta, un entorno material, anterior y externo al lenguaje y a la cultura aunque completamente vulnerable a los asuntos humanos. Lo que hagamos con él dependerá de cómo articulemos a esos individuos, naciones y clases sociales. Pero no dejemos que las cuestiones particulares eclipsen al problema global, ni nos hagamos los desentendidos. Porque hace cincuenta años pudimos ver a la Tierra desde afuera y desde adentro, y perdimos para siempre la inocencia respecto al planeta que ocupamos.

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