Opinión

De casa al mercado, ¿o del mercado a casa?

Dirigida por Jacques Tati, Playtime es una comedia de 1967.

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En épocas de penuria la economía se achica y con ella, se achica nuestra vida. Vacaciones en lugares más cercanos, fines de semana sin salir, compras en comercios de proximidad, matrimonios que construyen sus viviendas en el lote de sus suegros. Una recesión económica es, entre tantas cosas, un mundo más pequeño, replegarse desde el mercado a la casa. Ese camino de ida y vuelta permite narrar tanto la historia de la Economía como dos futuros posibles del capitalismo.

En la Antigüedad, oikonomia eran las normas para administrar una casa. Todavía hoy se llama «ecónomos» a los curas a cargo de una parroquia vacante. Y hasta hace unos años, «ecónomas» como Chichita de Erquiaga paseaban por los noticieros enseñándoles a las amas de casa cómo administrar los (escasos) víveres de la alacena. El paso de la oikonomia a la Economía fue el paso de administrar un señorío feudal a un reino y de allí a una nación moderna. Los mercantilistas asesoraban a los reyes en la gestión del tesoro; los fisiócratas, en la distribución de la producción agrícola; y Adam Smith, en la riqueza de las naciones. Smith también introdujo en la economía cuestiones más abstractas como la ética o el sentido de la Historia, abriendo un camino que desembocó en las filosofías de Marx y Stuart Mill. La «revolución marginalista» de 1870 cortó de cuajo con esas elucubraciones y volvió a lo básico: la conducta de los individuos ante bienes escasos de usos múltiples. Si la economía antigua nació en la casa, la moderna se funda en el individuo. Pero, como había pasado con la oikonomia, pronto aparecieron nuevas cuestiones y el concepto volvió a hincharse. Con Keynes y Kuznets surgió la macroeconomía: qué pueden hacer los gobiernos ante magnitudes agregadas; con Hayek y Von Mises volvió la ética: qué es capitalismo sino la acción humana libre. Para los años 60 los economistas ya estaban teorizando sobre divorcios y crímenes. Vendrían luego el fútbol, los cuentos de Borges, las pandemias.

Las bacterias del capitalismo 

En esa ampliación infinita de la economía siempre quedaba un borde afuera: aquello que no circula por el mercado. Como dice David Pilling en El delirio del crecimiento: el PBI «puede rastrear el rastro económico de una botella de Evian en el supermercado pero no el de una niña de Etiopía que recorre kilómetros a pie para conseguir agua de un río». En efecto, los abuelos que cuidan nietos mientras los padres trabajan o el vecino que monta un merendero con lo que le donan otros vecinos no forman parte de La Economía. 

La frontera no pasa por lo regulado y lo no regulado: el tráfico de drogas o el robo automotor son actividades ilegales cuya escala económica sin embargo las autoridades quieren y pueden ponderar. La frontera pasa por la producción y la reproducción: a diferencia de Tenaris o una cocina de paco, el merendero y los abuelos no generan valor, solo mantienen las condiciones que hacen posible la creación de valor. Son actividades reproductivas, esencialmente domésticas. Para la economía moderna son como el agua y el aire, condiciones tan obvias que computarlas resultaría banal y farragoso. 

Sin embargo, hay quienes piensan que no son tan obvias. Por un lado, pensadoras feministas como Diane Elson o Silvia Federici parten del hecho de que la economía reproductiva y doméstica no solo es abrumadoramente femenina sino que es la condición de posibilidad del capitalismo: el obrero puede ir a la fábrica porque alguien cuida a sus hijos y prepara su comida. La explotación del trabajo por el capital se apoya en la explotación de la economía doméstica y femenina. Por otro lado, teóricos de la llamada «economía social y solidaria» como el brasileño Paul I. Singer (no confundir con su homónimo norteamericano, bastante menos social y solidario) vieron en las prácticas económicas reproductivas no sólo una forma de supervivencia de los excluidos del capitalismo sino una rama entera de la economía que se sustrae del mercado y el Estado y, quién sabe, podría constituirse en un sistema alternativo. 

Los pobres y las mujeres son al capitalismo lo que las bacterias a la biósfera: aquello que no se ve, que en un punto se pretende mantener aparte pero que resulta imprescindible para el funcionamiento general del sistema. La pregunta es entonces qué hacemos con ellos. Las respuestas nos llevan a dos lugares diferentes.

De casa al mercado…

El programa económico básico del feminismo puede resumirse en igual remuneración por iguales tareas, remuneración del trabajo doméstico y de cuidado, e igualdad de oportunidades de contratación y promoción (un fin meritocrático que debe apelar provisoriamente a medios coactivos como el cupo). Se trata en suma de la incorporación plena y en igualdad de condiciones de las mujeres en el funcionamiento de la economía. Un riesgo a evitar es que esa incorporación opere en desmedro de otras mujeres: la madre soltera que ejerce sus derechos a crecer laboralmente y al ocio y la vida social a costa de la abuela que debe encargarse de sus nietos. Tampoco sería una solución que esa madre soltera se autoexplote por una pareja ausente. En términos globales, se ha estudiado cómo las mujeres de los países ricos pudieron desarrollar carreras profesionales  gracias a los servicios domésticos de mujeres inmigrantes de países pobres.

La solución moderna pasaría por ampliar la oferta de servicios hasta permitir a todas las mujeres liberarse de las tareas domésticas, incluyendo la salarización de aquellas mujeres que siguieran ejerciéndolas. Ese criterio se podría extender a otros miembros del hogar que desempeñen tareas reproductivas, como niños o ancianos. En palabras de Branko Milanovic estaríamos ante la atomización y mercantilización de la esfera doméstica: «el nuevo capitalismo hipercomercializado unifica de nuevo la producción y la familia, pero lo hace incluyendo al hogar en su modo de producción. Podemos considerar este fenómeno un resultado lógico de la evolución del capitalismo, en el que este pasa a “conquistar” nuevos ámbitos y a mercantilizar nuevos bienes y servicios (...) En la atomización, nos quedamos solos porque todas nuestras necesidades pueden ser satisfechas por lo que compramos a otros en el mercado. En un estado de mercantilización plena, nosotros mismos nos convertimos en esos otros». 

El hogar, tradicional refugio ante las frías aguas del lucro, se vería penetrado por la lógica del capital. Un aceleracionismo fatto in casa que haría del capitalismo la única forma posible de subjetividad y relación con los demás. Luego de la casa, la última frontera del capital sería el propio cuerpo humano. Y aquí también confluirían dos programas: nuestra emancipación de la Naturaleza mediante la tecnología, como proponen Paul Preciado y el xenofeminismo, se haría a costa de su conquista por el Capital.

…y del mercado a casa.

Claro que esa no es la única opción. Desde la economía social y solidaria proponen justamente lo contrario: extender progresivamente el conjunto de prácticas económicas no mercantiles. Ir reemplazando progresivamente empresas capitalistas por cooperativas; producción para el intercambio por producción para el uso; trabajo asalariado por voluntariado; propiedad privada por comunales; lucro por reciprocidad; acumulación por distribución. Volver del mercado al barrio y la casa.

Entre los economistas solidarios no queda claro cuál sería el límite de ese reemplazo. Una sustitución total de la economía productiva por la reproductiva reduciría sensiblemente los recursos materiales, alterando las condiciones de existencia de todas las personas. Un proyecto menos maximalista apunta a la convivencia de la economía solidaria con el mercado y el Estado. En esa simbiosis, el mercado generaría valor, el Estado lo redistribuiría y la economía solidaria contendría a los crecientes excluidos en un modo de vida austero, local y comunitario, reforzando los lazos primarios, las estructuras domésticas y las formas económicas preindustriales. Un buen vivir ancestral, enclaves aldeanos en medio del vértigo global. 

Tanto en su versión maximalista como moderada, el espíritu de la propuesta es enteramente progresista aunque comparte la vocación de retorno a las prácticas tradicionales y el particularismo que, desde otro espectro ideológico, han propuesto la Iglesia católica, René Guénon o Aleksandr Duguin. No sería ninguna sorpresa que el turbocapitalismo del siglo XXI requiriera de un contrapeso tradicionalista para evitar su colapso, aquietar a las masas y racionar el consumo en este momento de guerra por los recursos naturales.

Los pobres y las mujeres son las bacterias que la economía niega pero que le permiten funcionar. El capitalismo es un sistema inmunológico poderoso capaz de absorber cualquier antígeno y adaptar su metabolismo. Esa adaptación puede llevarnos a una mercantilización total de la vida o a una restauración tradicionalista. O, incluso, y esa es su magia, a ambas cosas a la vez.

AG

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