Opinión

Profeta de la destrucción

Mike Davis

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El 25 de octubre pasado murió Mike Davis. Historiador, marxista, camionero, californiano, su obra fue de lo local a lo global para entender al ambiente como parte de la lucha de clases. Hilvanando las muertes del último semestre, el urbanista Mauricio Corbalán dijo: «James Lovelock, Bruno Latour, Elio Brailovsky y ahora Mike Davis. Los une el uso heterodoxo del término “ecología” para explicar los cambios post 1989. Una era termina y otra comienza». Poco después murió Herman Daly. Todos superaban los 70 años (Lovelock pasaba la centena), eran hijos del siglo XX que previeron el problema del siglo XXI: el efecto humano sobre su entorno material condiciona a los humanos.

Aún así, tenían diferencias. Brailovsky se abocó a la divulgación y gestión del problema ambiental inmediato: «En Buenos Aires no se puede admitir que sigan utilizando el Río de la Plata como tanque de agua e inodoro a la vez. En el resto del país tenemos problemas por falta o por exceso de agua». Ya hablamos aquí de Lovelock y su ambivalente concepción del planeta como un sistema cibernético frágil pero gestionable. Latour puso en duda a la modernidad e igualó a humanos y no humanos para invocar una solidaridad terrícola políticamente ambigua, que Pablo Pachilla resume e intenta desenredar aquí. En el caso de Davis, trazó una comba de derrota, desastre y reconciliación que mide lo mismo que su vida.

 

La destrucción de Los Ángeles 

 

Mike Davis nació en la ciudad industrial de Fontana, California, cuna de los Hell's Angels. Más tarde su familia se mudó a San Diego, en donde el joven Mike, hechizado por el macartismo catastrofista de la John Birch Society, se enroló en los Devils Pups, el programa juvenil de los Marines, «pensando en combatir en Asia». La vida obrera lo calmaría. O no tanto. A los 16 años entró a trabajar a un frigorífico, como lo había hecho su padre. Pronto, el marido de una prima lo introdujo en el movimiento por los derechos civiles. De allí pasó a las protestas contra la guerra de Vietnam hasta terminar en el Partido Comunista, de donde lo expulsaron por apurar a un enviado de la URSS en la librería del Partido. Consiguió trabajo como camionero y recorrió toda California transportando cajas de muñecas Barbie. En una huelga de transportistas, votó contra la moción de mandar a asesinar al jefe de los rompehuelgas. Perdió y se alejó de los camiones.

Estudió Historia en la Universidad de California y luego viajó becado al Reino Unido. Allí entró en contacto con Perry Anderson, por entonces editor de la prestigiosa publicación izquierdista New Left Review, en donde Mike entró a trabajar. Estuvo seis años pero la aristocracia marxista no maridaba con su sensibilidad camionera. Discutió con Fredric Jameson (cuyo sofisticado análisis posmoderno del Bonaventure Hotel omitía, según Davis, la segregación racial que lo rodeaba y hacía posible), mandó a la mierda al renombrado historiador del esclavismo Eugene Genovese, y en 1986, antes de renunciar, soltó a sus mascotas (una serpiente, un sapo y un axolotl) sobre la alfombra de la redacción. Con todo, Anderson, el más aristocrático de los marxistas aristocráticos, mantuvo su respeto por Davis y le publicó ese mismo año su Prisoners of the American Dream, un pesimista ensayo sobre la clase obrera norteamericana condenada a la derrota política por sus divisiones raciales, su carencia de un partido y la hegemónica clase media local.

Retornado a California en pleno reaganismo, Mike volvió a subirse al camión, pero con una idea fija: «Me imaginaba a Walter Benjamin, Fernand Braudel y Fredrich Engels sentados en un bar de Los Ángeles, planeando un libro en tres partes: Benjamin escribiría fragmentos sobre el poder y la memoria, Braudel exploraría los procesos a largo plazo, y Engels reportaría sobre la clase obrera». El resultado de ese sueño fue City of Quartz, una historia urbana de Los Ángeles que abarcaba los conflictos raciales, la desindustrialización, el cine y la novela negra, el hip hop y el jazz, la arquitectura de Frank Gehry, los centros comerciales y el Departamento de Policía. Ese caleidoscopio tenía un núcleo oscuro: una ciudad guetificada de mansiones, matones y minorías segregadas. De allí la metáfora del título: el cuarzo parece diamante pero no vale mucho, parece transparente pero es turbio.

El libro se publicó en 1990 y fue un éxito inesperado. William Gibson dijo que había más ciberpunk allí que en cualquier novela; Marshall Berman saludó su «refrescante marxismo de vieja escuela». Davis se vio dando charlas en los mismos círculos elitistas angelinos que denunciaba. Pero no a todos les gustó: su libro destruía la imagen luminosa de Los Ángeles como ciudad creativa, no planificada, que muchos urbanistas progresistas habían bendecido en los ‘60, y cuya vibración cultural había narrado Joan Didion. Mike se ganó el mote de profeta de la destrucción. Dos años después de City of Quartz estallaron los disturbios raciales de Los Ángeles. Para conjurar el éxito, reforzó sus lazos con los movimientos sociales californianos, incluyendo un rol de consejero en la tregua que acordaron los Crips y los Bloods, quizás las dos pandillas más peligrosas de la ciudad. El mismo Davis que criticaba el machismo atávico del movimiento socialista no tenía problemas en reivindicar el rol social de los gansta angelinos.

Pronto encontraría otra manera de destruir.

 

El paisaje revolucionario

 

En 1998 Davis publicó The Ecology of Fear, una historia natural del Sur de California, contrapartida verde de City of Quartz. Se inspiró en los desastres naturales que sufrió la zona entre 1992 y 1994. Pero también en otro tipo de desastre: luego de los disturbios, Los Ángeles eligió a un alcalde blanco, rico y republicano, y se recuperó sobre los desarrollos inmobiliarios y las industrias culturales hasta llegar a ser un modelo económico mundial. Para un profeta de la destrucción la normalización es una mala noticia, y Mike depositó ahora sus esperanzas en la Naturaleza. The Ecology of Fear narra la dialéctica entre la urbanización desregulada y un entorno natural sumamente inestable: el californiano es un «paisaje revolucionario» en donde inundaciones, terremotos e incendios son parte de la normalidad. Su urbanización comenzó en un atípico periodo de calma natural. Una vez que volvió la normalidad desastrosa, el real state se adaptó a ella hasta hacer de Malibú, «capital nacional de los incendios forestales», una plaza inmobiliaria de lujo construyendo y reconstruyendo mansiones sobre las cenizas.

Ya a fines de los 90, Adam Shatz advertía la inclinación de Davis por el catastrofismo, la teoría que entiende que el planeta evoluciona mediante cambios destructivos, potencialmente letales, como los movimientos sísmicos o el impacto de asteroides. El giro catastrófico de Davis descolocó a su antiguo público izquierdista pero era un intento sincero por incorporar a la historia humana a un entorno material que no es dócil, ni neutral, ni estable. Su siguiente libro, Late Victorian Holocausts, narraba las hambrunas que sufrieron China, India y Brasil entre 1870 y 1914. Según Davis, no fueron causadas por un evento de El Niño sino por la alteración que provocó el imperialismo en economías de subsistencia mejor integradas a su entorno. El capital se unió al clima para diezmar a esas poblaciones.

Desde entonces, Davis volvió una y otra vez al choque catastrófico entre un paisaje revolucionario y un capitalismo insostenible, con particular énfasis en las ciudades como espacios tóxicos cuya destrucción parecía deleitarlo. Dead Cities, publicado un año después del atentado a las Torres Gemelas, abre con una descripción de Nueva York en llamas imaginada por H.G. Wells en 1908 y dedica los siguientes capítulos a historiar colapsos urbanos de todo tipo. Planet of Slums mapea las villas miseria del mundo y las explica como la involución urbana de la creciente clase trabajadora informal, la derrota obrera definitiva. The Monster at Our Door, de 2005, estudia la evolución epidemiológica de la gripe aviar como resultado de la agroindustria global y la degradación urbana.

Con semejante exhibición de atrocidades Mike validó su título de profeta: su obra anticipó las revueltas raciales, el giro reaccionario de la clase obrera, los incendios forestales y la pandemia de 2020. A mediados de los dos mil publicó en Los Angeles Times una serie de columnas sobre la burbuja inmobiliaria. Cuando se produjo la crisis de las subprime de 2008, ironizó: «Los izquierdistas somos famosos por haber predicho once de las últimas tres crisis». Más allá de ese track record, quizás el catastrofismo de Davis sea un catalizador de su frustración política: decepcionado con la clase obrera en los ochenta, y con el lumpenaje angelino en los noventa, puso sus últimas fichas anticapitalistas en el Paisaje. Aún así, logró inyectarle Naturaleza a un marxismo demasiado antropogénico, e Historia e inestabilidad a un ambientalismo demasiado idealista y pachamamero.

En 2017 le diagnosticaron cáncer. En julio de este año Davis suspendió el tratamiento y se fue a morir tranquilo a su casa de Golden Hill, San Diego. Dedicó sus últimos años a dos obras que parecen querer conjurar el derrotismo implícito de su catastrofismo. Set the Night on Fire es una historia de los movimientos sociales angelinos de los años '60. Old Gods, New Enigmas recupera el pensamiento de Marx y de su rival, el anarquista ruso Piotr Kropotkin, al que Davis considera pionero en estudiar al cambio climático como motor de la historia. Y cierra el libro reivindicando a una vieja enemiga: la ciudad. Si bien las ciudades actuales son insostenibles ambientalmente, permiten la interacción y movilización necesarios para propiciar el cambio social, incluyendo un nuevo modelo urbano, mejor integrado a su entorno. El viejo profeta nos saluda desde el camión pero antes de arrancar nos trae un buen recuerdo y nos ofrece un futuro. Que al final es más importante que predecir desastres.

AG

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