OPINIÓN

Compensar la ineficiencia con sobreactuación

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Jorge Macri encontró la clave del éxito político: ya que gobernar bien no se le da, puede compensar su total ineficiencia con puestas en escena que simulen que está haciendo cosas. Buenas cámaras, algún dron, cartelería, listo. 

Todos recordamos su famosa campaña electoral, sacando pecho por una ampliación del subte totalmente imaginaria. Al día de hoy, casi tres años después, la famosa Línea F, que en su cartelería parecía un logro notable de su gestión, ni siquiera está licitada. De hecho, la gestión PRO en Buenos Aires fue la primera que detuvo completamente la expansión de la red. Desde que llegó Mauricio Macri al poder en 2007, el subte porteño, pionero en América Latina, que no había detenido su crecimiento ni siquiera durante la crisis de 2001, prácticamente quedó congelado (salvo por algunos pocos kilómetros que ya estaban iniciados antes de que asumiera). Desde entonces, varias capitales de la región y del mundo, incluyendo algunas que comenzaron hace poco, aventajaron a Buenos Aires en cantidad de kilómetros de subterráneo. Amante de las excusas, Mauricio primero culpó al gobierno kirchnerista, que supuestamente no le dejaba contraer créditos, para olvidar del todo el asunto cuando él mismo fue presidente y tuvo la lapicera.

Más inactivo incluso que su primo y que Horacio Rodríguez Larreta, Jorge Macri se dedica fundamentalmente a generar narrativas represivas. Los videos de policías de la Ciudad violentando a manteros o señoras que venden paltas, presentados como una gesta heroica por la ley y el orden, inundan las redes, incluso a pesar de que, en lo que va de 2026, la venta callejera no habilitada en verdad creció. Los mismos videos proliferan respecto de los desalojos de viviendas ocupadas, incluso si las órdenes las imparten jueces desde sus juzgados y no Macri desde su despacho. El mayo vino el llamado operativo “Tormenta Negra”: el Estado porteño abandonó sus políticas para los sectores más vulnerables, pero no se privó de mandarles 1500 efectivos policiales a que irrumpieran simultáneamente, con armas largas y pasamontañas, en las villas. El propio Jefe de Gobierno se hizo filmar ingresando en una de ellas, cual Rambo, en una narrativa visual militarista que criminalizaba de manera indiscriminada a todos los habitantes. El resultado: algunos detenidos (la mayoría por tenencia de drogas) y clausuras de comercios no habilitados. Nada que no pudiese producirse en cualquier otro barrio porteño si hubiese ganas de dar un espectáculo similar. Como le recordó a Macri una vecina, si lo que querían era capturar narcos, el barrio a visitar debió haber sido Nordelta.

En esta vocación de tapar incompetencia con narrativa visual, hace unos días llegó el colmo del absurdo. En el llamado “Operativo Muro”, Macri mandó a su policía a desplegarse simultáneamente en todos los accesos a la Capital, simulando un bloqueo. “Blindar la Ciudad”, decían que era lo que hacían. Aunque cueste creerlo, el Jefe de Gobierno promocionó su nueva puesta en escena con el eslogan “Un muro contra la barbarie de Kicillof” y una fotografía aérea de CABA con la silueta de un muro de luces azules separándola del Gran Buenos Aires. Presuntamente, esa sería la temible residencia de la “barbarie” de la que los “civilizados” porteños necesitan ser protegidos. Ah, y también hay que cobrarle a los que quieran visitar el Ecoparque sin ser porteños. Y que paguen si visitan nuestros hospitales, sí señor. ¿Por qué vamos a gastar dinero en esos bárbaros que nos amenazan? 

Es agotador, en estos tiempos idiotas, tener que volver a explicar todo el tiempo lo mismo. ¿Hay que explicar de nuevo que hay una conexión obvia entre la narrativa de la “civilización” vs. “barbarie” y el racismo espantoso que nuestras élites han promovido durante décadas? ¿Hace falta volver a señalar que la antigua paranoia de Buenos Aires de ser “invadida” por “bárbaros” que vienen de afuera forma parte de ese discurso clasista y racista? Volvamos a decirlo, entonces. Aunque canse.

La Ciudad de Buenos Aires no podría “blindarse” aunque quisiera: cada día los porteños reciben en su territorio cientos de miles de trabajadores que cruzan desde el conurbano, viajando mucho y muy mal, para atender sus comercios, trabajar en sus empresas, construir sus viviendas, limpiar sus casas, cuidar a sus hijos. La ciudad depende completamente de ellos. Si ellos, la economía de la ciudad literalmente colapsaría. Jorge Macri no les agradece que hagan la riqueza de los porteños. Para ellos, mejor un muro imaginario y tratarlos como bárbaros. Y para los porteños, circo. 

Digamos también, de nuevo, que la ciudad de Buenos Aires goza de una cantidad interminable de privilegios que le vienen del hecho de que el resto del país la haya consagrado su capital. Los miles de empleos públicos del aparato del Estado, las decenas de miles de empleos y los impuestos que le brindan las sedes de las multinacionales y los bancos que necesariamente deben estar aquí. Etcétera, etcétera. Debería darle vergüenza a un gobernante que gozara de todos esos privilegios cobrarle unos pesos más a un bonaerense o chaqueño que quiera visitar el Ecoparque. Sobre todo, además, porque el antiguo Zoológico de Buenos Aires, que el macrismo desmanteló para convertirlo en el Ecoparque, fue pagado con fondos de la nación y luego regalado a la ciudad. Otro privilegio de los porteños.

Lo triste del caso no es solo que los votantes porteños no aprecien y ni agradezcan esos privilegios y el trabajo de los habitantes del conurbano. Lo triste es que, desde hace tantos años, se conformen con gobiernos que hacen tan poco. Lo triste es que, viviendo en el distrito más rico del país, con arcas públicas comparables a las de ciudades europeas, consientan en no tener política de vivienda, ni de transporte. En tener las escuelas y hospitales tan descuidados. En carecer de espacios verdes y ver cómo venden los pocos que hay para hacer negocios inmobiliarios.

La Ciudad podría estar mucho mejor. Solo depende de que dejemos de conformarnos con manipulación de temores absurdos y puestas en escena baratas.