La nutria gigante ya lleva un año en los ríos argentinos tras 30 años de ausencia
Una zambullida rompe la calma del agua, es el chapoteo de un cuerpo pesado que sube y baja con destreza gracias a unas patas palmeadas y a bigotes gruesos capaces de detectar la mínima vibración de un pez en el agua. Luego se escucha un resoplido fuerte, casi una tos, que anuncia que algo enorme acaba de asomar la cabeza. Cuando el lobo gargantilla se yergue sobre el agua, apoyado en su cola, medio cuerpo afuera, como hace cuando algo llama su atención, muestra su mancha blanca e irregular en el pecho, única en cada individuo.
Después de treinta años sin registros de avistamiento y por ello ser considerada una especie regionalmente extinta en Argentina, el lobo gargantilla (Pteronura brasiliensis) vuelve a nadar en este país. Esta especie que alguna vez habitó las cuencas frescas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay de la mesopotamia argentina, llegó a internarse en regiones boscosas del impenetrable chaqueño al viajar a través de ríos como el Bermejo.
Conocida también con el nombre de nutria gigante, esta especie es la mayor representante de la familia de los mustélidos (mamíferos carnívoros que también incluye comadrejas, tejones y hurones), y el más grande de todos ellos: un macho adulto puede superar 1.8 metros de largo y pesar más de 30 kilogramos. Su pelaje denso, oscuro y brillante la llevó a la ruina pues la convirtió en un blanco fácil para cazadores furtivos. Viviendo de forma cotidiana en grupos familiares numerosos de hasta diez o más individuos, la nutria gigante se caracteriza por ser ruidosa. Emite gritos constantes durante la pesca y las disputas entre miembros del grupo, según describe Alejandro Valenzuela, investigador del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
Hoy en los Esteros del Iberá, la ecorregión de humedales que cubre casi cuatro millones de hectáreas al norte de la provincia argentina de Corrientes, las nutrias gigantes dejaron de ser un recuerdo. En el corazón de un laberinto de lagunas y bañados, en la isla de San Alonso, funciona hace siete años el único proyecto en el mundo de reintroducción de la especie. Liderada por la Fundación Rewilding Argentina, la iniciativa ya cuenta con más de 30 ejemplares, una primera familia de cuatro individuos liberada en junio de 2025, y otros 13 individuos en espera de completar el camino de vuelta a los ríos argentinos.
Volver a empezar en San Alonso
La nutria gigante supo nadar una gran porción del país. Según describe el biólogo Guillermo Gil, delegado del Nordeste Argentino de la Administración de Parques Nacionales, la especie ocupó en el pasado un territorio mucho más amplio que los Esteros del Iberá: incluía el río Paraná y sus afluentes en Misiones, el Iguazú, el Urugua-í, el Yabebirí, el río Uruguay y su afluente Iraí, el Paraguay y hasta los ríos San Francisco y Bermejo, en el extremo norte del país. Un mapa que se fue vaciando un río a la vez.
Aunque los expertos aclaran que Argentina “carece de estudios sobre el uso del hábitat de la especie”, los causantes de la desaparición de la nutria gigante son múltiples. En el Urugua-í (afluente misionero del río Paraná), una represa hidroeléctrica construida en 1990 inundó los 85 kilómetros cuadrados que incluían la zona donde se dieron los últimos registros de grupos familiares reproductores en la cuenca: el último avistamiento en la zona databa de 1985, cinco años antes. En el propio río Paraná, la represa de Yacyretá inundó 1200 km² entre 1989 y 1994, y en el Uruguay, la de Salto Grande anegó 783 km² en 1979.
A esa fragmentación del hábitat se sumaron la caza, legal entre 1941 y 1960, además de un comercio ilegal que continuó después, y la sobrepesca de las especies de peces de las que se alimentaba, como el el surubí (Pseudoplatystoma corruscans) y el sábalo (Prochilodus lineatus) que alcanzaron un récord de 35 000 toneladas exportadas en 2004, según datos de Parques Nacionales. Con diversas presiones combinadas, la especie fue retrocediendo río arriba hasta que dejó de haber señales de su presencia: los últimos ejemplares confirmados en el país se observaron en el alto río Iguazú, en 1986 y 1988.
Argentina pasó, en cuestión de décadas, de tener una de las especies más ruidosas y sociables de sus ríos, a desaparecerla.
La historia de la nutria gigante en el país es a su vez la historia de la región. En 2021, la especie fue catalogada En Peligro de extinción en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y en marzo de este año los países miembro de la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias (CMS) la incluyeron en sus Apéndices I y II, las dos categorías más altas de protección según el tratado, durante una reunión en Campo Grande, Brasil. Según un informe presentado en esa reunión, la población global cayó un 50 % en los últimos 25 años y podría caer otro 50 % en el mismo plazo si no se toman medidas.
Consultada por Mongabay Latam, la bióloga brasileña, coordinadora del Grupo de Especialistas en Nutrias de la UICN y fundadora del Giant Otter Project (Projeto Ariranhas), Caroline Leuchtenberger, explica que la caza por su piel y la degradación de su hábitat le hicieron perder a la especie alrededor del 40 % de su área de distribución histórica en toda la región. Parte de esa degradación, señala, se dio mayoritariamente en las cuencas de los ríos Uruguay y Paraná, las mismas en las que alguna vez nadaron las nutrias gigantes argentinas.
Revertir esa ausencia significa construir un lugar donde la historia de la nutria gigante pueda empezar de nuevo.
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Magalí Longo, coordinadora de conservación del proyecto Rewilding, cuenta que “el proyecto de la fundación inició en 2019 con la construcción de los corrales en lo que es la isla San Alonso, el corazón de los Esteros de Iberá”, con una etapa previa de planificación junto a especialistas en la especie que asesoraron sobre dónde construir los recintos y cómo encarar el trabajo ex situ. Un corral de presuelta (preliberación), explica Gustavo Solís, veterinario y coordinador de incorporación de individuos a los proyectos de reintroducción de Rewilding Argentina, funciona como un territorio de práctica antes de la libertad total, un punto intermedio entre la vida en cautiverio y el estero abierto.
A diferencia de una “suelta dura”, donde un animal se traslada y se libera de una sola vez, sin ningún período de transición, el equipo trabaja con lo que llaman “suelta blanda”: el ejemplar permanece en el recinto el tiempo necesario para adaptarse, sin fecha fija de salida. “El animal va conociendo ese corral que es como su territorio, tiene sus olores, tiene la comida, tiene refugio y se siente seguro”, cuenta Solis, quien lleva más de dos décadas trabajando en conservación.
En el caso de la nutria gigante, el recinto combina una parte de tierra firme y otra de agua conectada directamente a la laguna, para que el mamífero acuático pueda moverse entre ambos ambientes tal como lo haría en libertad. “Nuestros corrales están en pleno estero de Iberá, tenemos corrales muy grandes con una parte sobre la tierra firme y una parte en agua”.
Meses después de comenzar el proyecto llegó Alondra a la Argentina, la primera hembra incorporada al proyecto, donada por el Zoológico de Budapest. Antes de llegar al corral, pasó por una cuarentena en la que, según comenta Solís, cada ejemplar recibe un transmisor de telemetría implantado quirúrgicamente en la cavidad abdominal que le permite al equipo seguir a cada animal a distancia una vez liberado.
A fines de 2019, tras el mismo proceso, se sumó Coco, un macho del Zoológico de Givskud, en Dinamarca. Ambos compartieron el corral de presuelta en la laguna Paraná, dentro de la isla San Alonso, alimentados a diario con peces vivos de la zona para que practicaran la pesca, comenta Longo. En 2021 el proyecto sumó un segundo macho, Nanay, traído desde Suecia, y en 2022 una hembra proveniente de Francia.
Pero la familia recién formada no tardó en conocer la pérdida. En 2022, en medio de incendios catastróficos que obligaron a evacuar la isla, Alondra comenzó a mostrar signos de debilidad. Una bacteria instalada en sus pulmones, sumada a su edad de 11 años (una edad avanzada para una especie que suele vivir entre 8 y 13 años), terminó por vencerla. De Alondra quedan sus crías nacidas en mayo de 2022: Yvera, Ipegua y Chiru, el primer grupo familiar de la especie en Argentina desde la década del 80.
Custodias de los ríos
El regreso del lobo gargantilla no es solo la reivindicación de una especie perdida en Argentina, es también la restauración de un custodio de sus aguas. Depredador alfa, la nutria gigante se encuentra en la cima de la cadena alimentaria acuática. “Son depredadores tope, necesitan una buena cantidad de peces, porque esa es su presa principal. Si el agua tiene contaminantes, ellos nos lo muestran”, comenta Leuchtenberger en cuanto al rol de “custodios del agua” que suele atribuirse a esta especie.
“Necesitan agua sana y bosques ribereños sanos. Todo el ecosistema acuático y su entorno tienen que ser muy estables para que puedan persistir”. Un estudio de 2026 sobre vigilancia de patógenos en nutrias gigantes de tres ecorregiones de Brasil, del que Leuchtenberger es coautora, documentó un riesgo sanitario asociado a la contaminación del agua, con patógenos que provienen sobre todo de animales domésticos, una amenaza nueva cuyo impacto real sobre la población todavía se desconoce. Según Leuchtenberger, la dieta de la nutria gigante se superpone además con la de las comunidades que viven en las riberas de esos mismos ríos. “Si el río no es saludable para las nutrias gigantes, tampoco lo es para la gente”, resume.
La otra razón por la que funciona como bioindicador tiene que ver con lo exigente que es la especie. No alcanza con que haya agua y pescado, la nutria gigante necesita un territorio estable durante todo el año, con cobertura vegetal en las orillas para construir sus madrigueras, y un entorno sin perturbaciones constantes. “Cuanto más grande es el grupo, más sano o más equilibrado está el ambiente”, afirmó la experta. Además, agrega que un grupo familiar arranca con una pareja que se reproduce, y que las crías permanecen con sus padres durante años, lo que hace crecer a la familia, siempre que el entorno lo permita. En cambio, allí donde hay tráfico de embarcaciones u otra actividad humana intensa, “nunca se ven grupos más grandes, solo parejas o tríos”.
Para Leuchtenberger, la sola presencia o ausencia del animal es un dato revelador: “Aunque haya peces, si en el hábitat hay conflicto humano, caza furtiva y cualquier tipo de disturbio, químico y físico, nunca vas a tener nutrias gigantes ahí”.
Pasaporte, cuarentena, y un stud book
Curiosamente, el primer obstáculo de la reintroducción de la nutria en Argentina no fue biológico, sino logístico. “Cuando empezamos con el proyecto de nutrias gigantes, el gran desafío era que no teníamos [nutrias] en Argentina, no había nutrias gigantes. Se extinguió para todo el país y en cuativerio no había ninguna. En la historia de los zoológicos argentinos nunca hubo nutria gigante”, comenta Solis.
Conseguir los primeros ejemplares implicó mirar hacia afuera y negociar con instituciones de conservación en la región, además de adquirir permisos bajo la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies amenazadas (CITES) y protocolos sanitarios acordados entre el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA). También requirió un recurso indispensable: tiempo.
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La primera presentación formal del proyecto de reintroducción en Argentina se dio en 2017, durante el primer Taller Internacional de Nutria Gigante realizado en Cali, Colombia, donde el equipo argentino presentó su idea ante especialistas de toda la región, entre ellos, Caroline Leuchtenberger. “Generar la confianza necesaria para que instituciones extranjeras cedieran ejemplares de una especie tan escasa en cautiverio no fue nada fácil”, recuerda Solís sobre los primeros contactos en Brasil, donde en ese momento había apenas nueve ejemplares bajo cuidado humano en todo el país. “Cada zoológico que pudo tener estas nutrias es muy receloso de ellas, es imposible que las cedan a ningún proyecto. Nosotros teníamos que demostrar que este era un proyecto que iba a funcionar, el primer proyecto de reintroducción”.
Con tan pocos ejemplares disponibles en Sudamérica, la búsqueda tuvo que cruzar el Atlántico y el proyecto de reintroducción en Argentina se presentó a la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA), que gestiona un programa de cría en cautiverio coordinado a nivel mundial para la especie a través de un registro genealógico centralizado, llamado stud book, desde el cual un comité técnico decide qué ejemplares se aparean y hacia dónde se derivan.
Según el propio documento del proyecto presentado por Rewilding en 2018, ese programa reunía entonces 62 ejemplares en 18 instituciones europeas y ya operaba en su capacidad de carga, es decir que no tenía espacio físico para seguir criando individuos sin destino dentro de Europa, lo que lo volvía capaz de ceder ejemplares al proyecto de la fundación. “En este proyecto [a diferencia de otros]”, aclara Solis, “anduvo todo muy bien. Las nutrias se conocieron, se enamoraron y hubo reproducción bastante rápido”.
En total, entre ocho y diez nutrias llegaron desde Hungría, Suecia, España, Alemania y Dinamarca y Estados Unidos. El traslado, dice Solís, fue un proceso lento y cuidadoso, pensado para minimizar el estrés de los animales: en origen, las instituciones zoológicas coordinaban entre sí para asistir a cada ejemplar durante las cuarentenas en origen, los transbordos aéreos, viajando en cajas de transporte con acceso a agua y comida. Al llegar a Ezeiza (ciudad donde se encuentra el aeropuerto internacional Ministro Pistarini en Argentina), un equipo de la fundación esperaba en la zona de carga desde primera hora de la mañana para atenderlas y completar los trámites migratorios. Ya en destino, los animales pasaban por una segunda cuarentena, donde se realizaban los primeros chequeos sanitarios antes de trasladarlos a los corrales de la fase de presuelta. Según Solís, “gestionar la importación de un solo ejemplar nos demoraba entre ocho meses hasta un año”.
Una cuestión de tiempo para ser libres
Argentina es, según cuenta Leuchtenberger, el primer caso de reintroducción de nutria gigante en el mundo con el que otros países pueden comparar sus propios planes, incluido uno que Brasil intenta reactivar en la cuenca del Paraná, después de que su primera versión, planteada en 2010, se suspendiera por falta de fondos.
“Para mí, el éxito del programa es tener animales libres, reproduciéndose y comportándose como nutrias gigantes salvajes”, explica la científica. Eso significa que son capaces de establecer su propio territorio, defenderlo, pescar, encontrar sus propios recursos y desplegar el repertorio social completo de la especie: marcación con arena, vocalizaciones complejas, interacción dentro del grupo y defensa del territorio frente a otros grupos. “Si toda esa interacción compleja está sucediendo, eso va a significar que el proyecto realmente es un éxito”.
Ese también es el criterio que usa el propio equipo de Rewilding para trazar sus etapas de trabajo en otros proyectos de la región. Solís lo compara con lo que ya ocurrió en Iberá con otras especies del programa de reintroducción de Rewilding: el oso hormiguero, el yaguareté o el venado de las pampas que hoy están en una “segunda etapa”, la de dispersión natural. En esta fase los animales se alejan del sitio de liberación original y se establecen, por su cuenta, a veces a decenas o cientos de kilómetros.
A un año de la liberación de la familia de nutrias gigantes, San Alonso empieza a dar señales de esa segunda etapa. Según confirmó Longo, el grupo ya se dispersó hacia otras zonas del parque, y en el camino construyó sus propias madrigueras. Ya no dependen exclusivamente de las que tenían en el corral, aunque siguen moviéndose dentro de un radio cercano a él, sin haberse alejado del todo. En la lectura del propio equipo, esta es la primera señal concreta de que el proyecto empieza a moverse hacia la definición de éxito que persigue: no solo que la especie sobreviva, sino que deje de necesitar, cada vez más, la ayuda del corral.
Longo describe también cómo es el trabajo cotidiano con el grupo de nutrias liberado en junio de 2025: salen a pescar durante el día, descansan al sol y, hacia la noche, se resguardan en madrigueras construidas por ellos mismos en el monte que rodea el corral, con un monitoreo constante y una suplementación de alimento que se reduce a medida que registran eventos de pesca exitosos por cuenta propia.
La parte reproductiva, explica, tiene sus propios tiempos y sus propios riesgos: “hay una primera etapa en donde la pareja misma pierde camadas debido a que son inexpertos, porque no los saben criar o no los cuidan como corresponde. Una vez que son exitosos en eso, empiezan a reproducirse muy bien”. El período de gestación es de entre 65 y 75 días, y si una pareja pierde a sus cachorros, la hembra puede volver a quedar preñada apenas diez días después. Un grupo, dice Longo, recién se considera consolidado “cuando los juveniles tienen también la capacidad de poder cuidar los cachorros que está teniendo la familia”, recién ahí empieza la independización de los más grandes, que se van para formar sus propios núcleos familiares.
Según el informe anual de Rewilding, correspondiente al ejercicio cerrado en marzo de 2025, dos de las tres parejas del proyecto formadas en ese año tuvieron crías, llevando a 13 la cantidad de ejemplares en fase de liberación en el Gran Parque Iberá.
Hoy el proyecto supera los 30 ejemplares y ya empezó a replicarse dentro del propio país. Una segunda familia, formada en el Ecoparque de la provincia de Buenos Aires a partir de una pareja donada por instituciones europeas, tuvo tres camadas consecutivas y hoy espera su liberación en el Parque Nacional El Impenetrable, en la provincia de Chaco. Este es el segundo sitio, además de Iberá, habilitado para reintroducir la especie. “Es muy loco porque, fíjate, dos ejemplares que vienen de Europa, las crías nacen, son porteñas, y después toda la familia se traslada al Impenetrable”, dice Solís. Para el equipo, esta es la prueba de que el modelo no depende de un único sitio y que, si el protocolo funcionó una vez para formar un núcleo familiar viable, puede repetirse en otro punto del país con condiciones similares. “Es solo una cuestión de tiempo para que el proyecto sea exitoso en otras partes de Argentina”, concluye Solis.
El artículo original fue publicado por Ana Victoria Domínguez Britos en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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