Entrevista

Lucrecia Martel: “Argentina es un hermoso país de gente desquiciada”

Javier Zurro

elDiario.es —

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Lucrecia Martel dice lo que piensa y hace el cine que piensa. Un cine que revienta normas y clichés. Un cine que revisa su país, Argentina, constantemente, ya sea su pasado colonial (Zama) o la diferencia de clases y las tensiones presentes como en La ciénaga, que hace poco fue elegida como la mejor película argentina de la historia. Martel cuestiona todo y no solo desde sus películas. Cuando fue jurado en Venecia dijo claramente que no pensaba aplaudir a Polanski y que incluso pensó dejar de ser miembro por la presencia de su película.

Le dio igual lo que dijeran. Poco después desveló que Marvel la había llamado para tener una reunión. Habían pensado en ella para dirigir Viuda Negra. No solo contó la anécdota, sino que se quedó a gusto explicando que cuando le dijo al jefazo de Marvel que le preocupaban las escenas de acción ellos le dijeron que no se preocupara, que esas las dirigía otra persona. Se fue sin dudarlo. Por supuesto, Martel lo aireó para que todos supieran cómo se manejan en el estudio más importante del mundo.

En más de 20 años solo dirigió cuatro películas, y ahora apura el montaje de la quinta, el documental Chocobar, que prepara desde hace mucho y que todo apunta a que se verá en algún festival en 2024. Con ella, Martel vuelve a mirar al pasado colonial de Argentina con la historia real del activista indígena Javier Chocobar, que fue asesinado en 2009. A pocos días de la segunda vuelta de las elecciones en su país, donde el ultraderechista Javier Milei puede llegar al poder, la directora realizó una master class en el festival Rizoma y contestó, por correo electrónico, las preguntas de elDiario.es.

-La charla que dio en Rizoma se bautizó con el nombre master talk, ¿se considera usted maestra, a quiénes considera usted sus maestros?

-No soy maestra. Una maestra acompaña a sus alumnos un largo período. Les tiene paciencia. Yo doy una charla, y no me siento obligada siquiera a responder los correos. Porque me piden mi correo, lo doy, pero rara vez contesto. No soy buena. Lo único que hago parecido al bien es decir exactamente lo que pienso, y que se parece aproximadamente a lo que hago. Es decir, actuar como se piensa, en mi caso, casi como pienso. Es útil, pero no merece llamarse maestría..

-Justo en estos momentos me encuentro leyendo el último libro de Annie Ernaux, La escritura como un cuchillo, en el que reflexiona sobre el término de ‘mujeres creadoras’, que por un lado considera injusto, porque no se usa para referirse a los 'hombres creadores'. Pero por otro lado cree que en su obra es imposible obviar su condición de mujer en lo que escribe, ¿qué opina de esa clasificación, las mujeres directoras?

-No me gusta hablar de mí como mujer directora porque me obliga demasiado a ser mujer y a ser directora. Será un delirio de grandeza, pero aspiro a mucho más. Al mismo tiempo agradezco no haber sido director varón, porque nunca me hubieran preguntado por el colectivo varones, y seguiría creyendo en el orden natural. 

-Otra cuestión que dice Annie Ernaux es que reflexionó mucho sobre qué lenguaje usar cuándo escribió sobre la clase social a la que pertenecían sus padres y de la que ella se considera una tránsfuga, una clase ‘dominada’.

-Muy buena idea: clase dominada, te obliga a pensar en la dominación. Fijate cómo países colonizados por europeos, están dominados musicalmente por la cultura de los que fueron esclavos africanos, pero se canta en inglés o en portugués. Entonces hay que pensar qué es la lengua y qué es la música. Quién domina a quién.

Agradezco no haber sido director varón, porque nunca me hubieran preguntado por el colectivo varones, y seguiría creyendo en el orden natural

-¿Cree que la diferencia de clase es una de las barreras más difíciles de romper en el cine, que los directores suelen pertenecer a una burguesía?

-Sí, es un bastión de la blancura occidental. Pero no creo que dure mucho más ni el cine ni la blancura. La población está segmentada en circuitos generacionales, y en precoces consumidores de la cultura. Hay una generación que respira con Taylor Swift, y yo no sabía quién era Taylor Swift hasta hace unos meses. Mi mamá sí sabía quién era Madonna, Michael Jackson. Mi abuela también. Pero la mamá de mucha gente de mi edad en EEUU no sabe quién es Tita Merello. Y mientras aquí intentamos aprender a vivir con 150% de inflación, me doy el lujo de apenarme por EEUU. 

-En estos 20 años se vivió un cambio radical en la industria con la llegada de las plataformas, ¿le afectó a la hora de levantar sus proyectos, trabajaría para una de ellas?

-Por ahora no me ha afectado. Estoy trabajando en una película que se financió hace muchos años, no con plataformas. Pero yo trabajaría en cualquier lado en donde me dejen trabajar en paz y me paguen razonablemente bien.

-No me resisto a preguntarle por aquella vez que Marvel se acercó a usted para ver si le interesaba rodar una película con ellos, ¿qué conclusión saca de aquel encuentro? Si le dieran libertad absoluta, ¿la haría?

-Para mí fue inolvidable. A los muchachos que me entrevistaron no creo que les quede ningún recuerdo en particular. Me hice una selfie con el martillo de Thor. Una empresa que está haciendo cientos de millones con sus películas ni se pregunta por la libertad absoluta de un director, no porque no les interese, sino porque no saben de qué serviría.

-Lleva años preparando su nueva película, Chocobar. ¿La veremos pronto?, ¿cree que el tema de la colonización y las comunidades -nativas es una deuda pendiente en el cine?

-El año que viene espero que la vean. En mi país nos hemos engañado tanto que nos cuesta mucho ahora acordarnos cuáles fueron los engaños. Casi toda nuestra historia está escrita desde la orilla del mar, como si recién llegáramos a un continente desconocido. Es mucho trabajo desentrañar eso. Y es tan obvio que nos ofende darnos cuenta. 

-Es inevitable preguntarle por el momento de Argentina, la segunda vuelta de las elecciones es en breve, ¿tiene miedo a lo que ocurra?

-Somos un hermoso país de gente desquiciada. Por ejemplo, digo “nosotros” y no sé de quién estoy hablando. Para salir de esta necesitamos una capacidad de autocrítica, y una claridad respecto al momento en el que está el mundo. Necesitamos mucha confianza en los otros para aceptar los sacrificios que tendremos que hacer, e imaginación para que los sacrificios no caigan sobre los mismos de siempre. Es mucho pedir. En un referéndum nos costaría cambiar la copa del mundo por un destino mejor. Y sin embargo no se me pasa por la cabeza alejarme de este lugar. El país natal es una enfermedad incurable. 

JZ