TEATRO

“Osamenta y Patria”, movilizante y muy gracioso viaje hacia la formación de la argentinidad

Los asuntos muy importantes deberían ser tratados con ligereza, según opina el gran escritor italiano Ítalo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Libro este que reúne sus conferencias escritas para la Universidad de Harvard, en 1985. Conferencias que, poco antes de morir, quería dedicar a “algunos valores o cualidades o especificidades de la literatura que me son particularmente caros”.

Las sugerencias de Calvino defendían una escritura ligera pero reflexiva y vivaz, destinada “a entender el mundo que nos contiene”. Lejos de la superficialidad, esa ligereza o liviandad llevaría a la sencillez del lenguaje –“quitarle peso”–, a contribuir a la comprensión de lo que se quiere transmitir, a la concisión tomando cierta distancia, a la paciente búsqueda de la palabra justa. Todo ello con la intención de ofrecer al público lector una visión diferente del mundo, de la Historia.

Sabios conceptos, nítidos criterios que –ya ingresando en el campo de la literatura teatral–, bien podrían aplicarse a la escritura de Andrés Binetti, relevante dramaturgo, como autor de Osamenta y Patria. Una obra recientemente, felizmente estrenada en el Teatro del Pueblo, para regocijo y reflexión de sus espectadores/as.

Para narrar el viaje en un gran sulky tirado por la yegua Clarita, Binetti apela, en parte, con libertad y rica imaginación a la gauchesca. Ese género literario tan representativo de la cultura rioplatense (iniciado probablemente por el uruguayo Bartolomé Hidalgo, 1788-1822), que tuvo exponentes tan descollantes –entre otros– como Hilario Ascasubi (Santos Vega o Los Mellizos de La Flor, 1872), Rafael Obligado (Santos Vega, 1885 –siempre inspirador el mítico payador–), Estanislao del Campo (Fausto, 1866)… Y desde luego, el insoslayable José Hernández y su pieza maestra incorporada al habla popular, el Martín Fierro (1872).

La literatura gauchesca ha incluido el comentario social, la crítica política y, no pocas veces, la pincelada humorística. En época contemporánea y con muy diferentes tratamientos, está presente en un Atahualpa Yupanqui y su poema autobiográfico El payador perseguido, en una Gabriela Cabezón Cámara y su exhaustiva e hilarante reversión (por revertir) queer en femenino de Martín Fierro, Las aventuras de la China Iron.

Andrés Binetti, pues, en este desplazamiento geográfico emplea el viaje como metáfora de la exploración de componentes de la argentinidad; y lo hace por medio de un relato imaginario galopante, pero que se apoya en algunos datos y hechos de finales del siglo XIX: la amenaza del malón, la construcción de la Zanja de Alsina, la existencia de los fortines que la protegían.

El viaje, un género que surge en la remota Antigüedad, tanto para dar cuenta de mitologías como para contar aventuras reales que llevaron a guerras, a conseguir especias y generar intercambios, también a ejercer colonialismos o, más simplemente, a conocer mundo. Y si hablamos de un subgénero que anticipa la ciencia ficción en una dimensión del fantástico, cómo no mencionar al imbatible Julio Verne en el XIX: Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al Centro de la Tierra, De la Tierra a la Luna.

Binetti emprende este viajar tierra adentro centrándose en la figura de una paleontóloga, Catalina Rausch, con miras a su Santo Grial. Es decir, la osamenta de un animalito prehistórico hallado por un militar excavador de la Zanja de Alsina, con el que ha mantenido correspondencia epistolar. Se trata de pterodáctilo bovino, una vaquita alada (nada que ver con el amigable bichito de San Antonio que trae buena suerte). Del Mesozoico, para más datos.

Con ese fin, por ende, viajamos hacia el fortín Mercedes en compañía de un baquiano, su mujer (apropiadamente llamada Tránsito), nos cruzamos con un par de maestras desorientadas (criollas, no las de Sarmiento que vinieron a fundar las Escuelas Normales), un sargento para todo servicio, un cacique afable que lleva a un bagre parlanchín en un balde y un alucinado capitán del ejército, que cava tierra abajo del suelo patrio encontrando hasta cuentas de colores, romántico desaforado y verseador en lenguaje gauchesco.

Polifonía para una nación aún incipiente

Justo es reconocerle al espectáculo teatral Osamenta y patria una lograda armonía de conjunto. En primera instancia, un texto esmeradamente escrito, donde cada personaje tiene su propia y acertada manera de hablar, un vocabulario y un lenguaje que lo identifican y que responde a su situación social, su grado de cultura, su formación. Desde la pedante y engrupida paleontóloga (Cecilia De Paoli), formada en Estados Unidos, que descalifica la fauna autóctona (“poco destacada”), pero confunde a un buitre con un chimango y no se priva de hablar con afectación (“fonemas, morfemas, sintagmas…”), hasta el magnífico chiflado capitán Gutiérrez (Edgardo Marchiori), lanzado a hablar en verso octodecasílabo, a soltar cuartetos de rima consonante, cuando es herido por la flecha que le asignó, errado, Cupido: del baquiano zen (“palabras, palabras, palabras…”) que le hace mimos a la yegua Clarita para que avance y anuncia cuando toca un pozo (Juan Anun), al jovial cacique Marianito (Ignacio Bozzolo) enseñándole a hablar –“Papá, mamá. ¡Patria!”– a su bagre bautizado (premonitoriamente) Pellegrini (Don Carlos sería presidente pocos años después); y por último, en la misma alta escala dentro del relato coral: Tránsito (Malala González), la mujer del baquiano, la voz del sentido común, los pies sobre la tierra (y, a veces, en cama ajena), el sufrido Lezama que debe laburar como un ama de casa sin ayuda, además de bancar al desaforado Gutiérrez. Y, claro que sí, esas dos inenarrables maestras Norma y Marta (Virginia Flammini y Alejandra Oteiza), con sus delantales blancos tableados y atados a la espalda mediante un moño, como los que usaban las alumnas de la escuela pública hasta bien entrado el siglo pasado, tan dispuestas ellas a educar, a civilizar a la indiada, recitando tablas de multiplicar y citando al barroco, a Lope de Rueda, Lope de Vega y otros grandes nombres del Siglo de Oro.

Así como cada uno de estos papeles está muy bien cincelado desde el texto en cuanto a su perfil y a la información sobre la época que deslizan al pasar, vale remarcar que actrices y actores les sacan brillo, les insuflan gracia y el correspondiente espesor dentro del tono oblicuo de comedia de la obra. Pero, por qué no reconocerlo, si hay un boccato de cardinale para componer con fruición, ese es el rol de Gutiérrez, él también cultor de poetas españoles clásicos (borracho, citará, a su modo, a Quevedo: “Polvo seré,/ más polvo enamorado”). Hay que verlo y escucharlo a Marchiori cuando pronuncia sus versos, afligido: “Y se llama Catalina,/ al corazón te lo lima,/ con una escofina gruesa,/ y a cualquier santo le reza”.

Aplausos aparte para el vestuario que propone una idea de fin de siglo 19, permitiéndose anacronismos, siempre de modo convincente, preservando las formas y los colores. Y para la creativa escenografía que te hace creer que avanza de verdad hacia el público el carromato cargado, al mando del baqueano que se balancea como el resto del pasaje. Cargamento que luego, por la magia del teatro y la fe del público ya por completo entregado, se va convirtiendo en el modesto comedor del fortín donde Catalina degustará encantada unas cucharadas de sopa hasta que le dicen que es de mulita. A pesar de su presunción, ella tiene algunas expresiones inspiradas, como cuando llama borgesiamente “tierra incorregible” a su patria. Lo propio sucede con las maestras en la escena en que una dice “crencha” y la otra concluye “engrasada”, remitiendo a la poesía lunfarda de Carlos de la Púa, en otro de los varios tributos que supo elegir Andrés Binetti, asimismo admirable puestista.

“Osamenta y Patria”, los viernes a las 20 en Teatro del Pueblo, Lavalle 3636, barrio de Almagro.