OPINIÓN

La bronca como forma de hacer política

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Javier Milei llegó al poder conectando emocionalmente con una parte de una sociedad enojada, cansada y frustrada. Oficialistas y opositores, desde lugares muy distintos, coinciden en eso. Unos celebran esa conexión como una forma de autenticidad; otros la denuncian como manipulación. El propio Milei reivindicó siempre esa lectura sobre sí mismo, la de alguien que vino a decir aquello que mucha gente sentía y que no podía, o no se animaba, a decir.

Sin embargo, ambas interpretaciones parten de un supuesto parecido. Las emociones serían algo que la política utiliza, una suerte de recurso para convencer, movilizar o fidelizar votantes. Tal vez allí haya un equívoco. La política siempre estuvo atravesada por emociones y ninguna democracia consiguió prescindir de ellas. Uno de los aspectos novedosos del fenómeno Milei no fue haber llevado las emociones a la política sino haber modificado el lugar que ocupan dentro de la legitimidad política.

Durante buena parte de la modernidad, gobernar implicaba también controlar los cuerpos, las palabras, los impulsos y las emociones. Norbert Elias mostró cómo la modernidad occidental estuvo acompañada por un largo proceso de autocontrol emocional y de incorporación de reglas de civilidad. Las instituciones democráticas se construyeron, en buena medida, sobre una idea sencilla, aunque no siempre explícita, según la cual aquello que sentimos debe atravesar alguna forma de mediación antes de convertirse en acción pública. Las leyes, los partidos, los procedimientos, los expertos, la burocracia e incluso ciertas formas de cortesía cumplían esa función. No se trataba de eliminar las pasiones, sino de encauzarlas y transformarlas en decisiones capaces de ser compartidas con otros.

Milei parece haber invertido esa relación. En su caso, la exhibición de las emociones sin filtros puede convertirse en una fuente de legitimidad. El enojo no necesita moderarse para resultar creíble; muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Cuanto menos elaborado aparece, más auténtico parece. Sus insultos, sus gritos, sus lágrimas, sus peleas en las redes, la exposición de su vida privada o la centralidad de sus vínculos personales no funcionan necesariamente como desbordes que deberían ser corregidos, sino como pruebas de que allí hay alguien que no oculta lo que siente y que eso es lo verdadero.

Frases como “él es así”, “no tiene filtros” o “dice lo que piensa” dejaron de describir solamente una personalidad para convertirse en una manera de hacer política. Pablo Semán propuso una imagen particularmente elocuente para entender este fenómeno. Milei fue, para una parte de la sociedad, algo parecido al grito que ya estaba dentro de mucha gente antes de que él lo pronunciara. Un sector encontró en él a alguien dispuesto a decir, sin editar, sensaciones de frustración, desconfianza, humillación acumulada y orfandad de representación que durante mucho tiempo no habían encontrado un lenguaje político capaz de expresarlas.

Quizás allí se encuentre una de las claves para entender el atractivo contemporáneo de las nuevas derechas. No prometen solamente menos Estado sino que presagian menos intermediarios entre el individuo y el mundo. En ese sentido, existe una continuidad entre el programa económico del libertarismo y esta nueva gramática afectiva. Ambos desconfían de las instancias que se interponen entre el individuo y aquello que considera propio, ya sea el mercado, la política o sus propios sentimientos.

Pero hay algo más que resulta decisivo. La emoción por sí sola nunca alcanza para producir legitimidad. No cualquier enojo es considerado justo ni cualquier forma de expresarlo consigue ser aceptada. Para convertirse en una emoción políticamente poderosa, la bronca necesita inscribirse en una determinada idea de lo que es injusto, intolerable o digno de ser reparado.

Eso es lo que ocurrió con Milei. Su enojo contra “la casta”, los “vagos”, los “ladrones” o los “zurdos” no aparecía simplemente como la expresión de un temperamento. Se presentaba como una respuesta frente a una injusticia anterior. Detrás de la bronca había una determinada idea de justicia, asociada al mérito, al esfuerzo, a la libertad y al rechazo de los privilegios. La emoción encontraba así un marco moral que permitía comprenderla y, para sus seguidores, legitimarla. El desborde podía ser leído como sinceridad porque aparecía ligado a una causa considerada justa.

La bronca como espejo

Por eso resulta interesante mirar qué ocurre ahora en el campo opositor. Este sábado una convocatoria bautizada “Marcha de la Bronca” recorrerá varias ciudades del país. Surgida de asambleas y coordinadoras impulsadas por el Frente de Izquierda y sindicatos combativos, fue incorporando a organismos de derechos humanos, agrupaciones estudiantiles, feministas y jubilados autoconvocados. La movilización llega después de una jornada previa que sus organizadores presentan como decisiva para que el Gobierno retirara un proyecto de ley.

A primera vista, parece la escena inversa de la que veníamos describiendo. Una parte de la sociedad está enojada con Milei, no por Milei. Pero quizás convenga mirarla con el mismo lente. El nombre elegido no es un detalle. No se llama “marcha por el salario” ni “jornada de protesta”. Se llama marcha de la bronca. Una emoción se convierte en el nombre mismo de una acción política. También aquí aparece una desconfianza hacia los intermediarios tradicionales. Sus impulsores llaman a no esperar los tiempos de la CGT, a la que cuestionan por su pasividad, ni los cálculos electorales del peronismo, al que reprochan negociar con el Gobierno. La consigna es organizar el enojo “desde abajo”.

Pero hay una diferencia importante y allí aparece, quizás, la cuestión central. Si la bronca necesita de un marco moral para volverse legítima, ¿qué es aquello que permite que esta bronca pueda ser reconocida como justa? En este caso, el malestar se inscribe en una determinada experiencia de la injusticia. La caída del salario real, el endeudamiento familiar, los despidos, el cierre de pequeñas empresas y el deterioro de las condiciones de vida aparecen como razones que permiten transformar un estado de ánimo en una demanda. La bronca no se presenta simplemente como bronca sino como una respuesta frente a algo que se considera injusto.

No hace falta suponer que existe un consenso absoluto alrededor de esa idea de justicia. Basta con advertir que hay valores y experiencias capaces de hacer que un sentimiento deje de ser puramente individual y pueda convertirse en una causa pública. El salario, el trabajo, las condiciones de vida, la defensa de ciertos derechos pueden funcionar, para distintos sectores sociales, como ese lenguaje común que permite decir que una bronca no es solamente una bronca, sino la reacción frente a algo que no debería estar ocurriendo.

Y aquí aparece algo más interesante todavía. La disputa política parece consistir cada vez menos solamente en quién tiene el mejor programa o quién representa mejor una determinada identidad ideológica. También consiste en quién consigue ponerle nombre al malestar de una época y convertirlo en una causa.

Todos estos componentes nos permiten pensar que la política argentina parece atravesar así una transformación profunda. Las emociones dejaron de ser aquello que la política debía moderar o mantener bajo control para convertirse en una de las principales fuentes de legitimidad. La autenticidad emocional adquirió un valor político propio y, con ella, también ganó importancia la capacidad de ponerle un nombre al malestar, de expresar aquello que otros sienten y de convertir esa experiencia en una causa colectiva.

Milei entendió esta transformación antes que muchos de sus adversarios. Su innovación no consistió en descubrir que la gente estaba enojada, sino en convertir ese enojo en una forma de autoridad política. Si lo siento, puedo decirlo; si puedo decirlo sin filtros, entonces estoy diciendo una verdad que otros ocultan. Durante estos últimos tres años, esa operación le permitió ocupar un lugar privilegiado en la representación del malestar social.

Pero una vez que esa forma de hacer política se instala, deja de pertenecer exclusivamente a quien consiguió imponerla. La desintermediación se vuelve una regla disponible para otros actores y la bronca puede comenzar a circular en distintas direcciones, buscando quién consiga darle una forma reconocible y políticamente eficaz.

Ahí aparece una cuestión que quizás sea central para comprender la disputa que se abre. La fuerza política de una emoción no depende solamente de su intensidad ni de la capacidad de expresarla sin filtros. Depende también de las razones que una sociedad está dispuesta a reconocer detrás de ella. La bronca necesita apoyarse en alguna idea de justicia, en una experiencia compartida de aquello que se considera injusto, intolerable o digno de ser reparado. Es ese pasaje el que transforma un sentimiento en una demanda y una demanda en una causa política.

La disputa que viene puede ser, entonces, menos una disputa por quién consigue expresar más bronca que por quién logra construir alrededor de ella una interpretación convincente de la realidad. Quién puede decir qué está pasando, quiénes son los responsables, qué merece ser reparado y qué idea de justicia permite reunir experiencias individuales dispersas en una experiencia colectiva.

En ese sentido, la cuestión decisiva quizás no sea quién tiene más derecho a enojarse, sino quién consigue que su bronca sea reconocida como justa. ¿En qué marco moral logra encuadrar el enojo? La batalla mediática es instalar ese marco moral desde el cual las expresiones “sin filtro” nos interpelan. Porque cuando una sociedad acepta que una emoción expresa una injusticia, esa emoción deja de pertenecer solamente a quien la siente. Se vuelve lenguaje político, forma de representación y, eventualmente, una manera de disputar el poder.

Santiago Canevaro es Investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET). Doctor en Ciencias Sociales, magíster en Antropología Social (IDAES/UNSAM) y sociólogo por la UBA.

María Victoria Castilla es Licenciada en Antropología (UNLP), magíster en Ciencias Sociales (FLACSO-México) y Doctora en Antropología (CIESAS-DF). Investigadora independiente del CONICET y docente de grado y posgrado en UNSAM-UNLAM.