SOY GORDA (ESEGÉ)

Lo que la demolición se llevó

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Adolescencia gris con vocación de sombra, con destino de muerte, las escaleras duermen, se derrumba la casa que no supo detenerte. Estos versos refieren a la casa que habitó en otro tiempo la poeta mexicana Rosario Castellanos. En el sur del mismo continente, en la ciudad porteña de Buenos Aires, recorro las calles, percibo la destrucción y tomo conciencia de los pocos adoquines que quedan (se los llevó el gobierno quién sabe adónde), de los árboles enfermos (el personal de parques y jardines públicos fue reducido) y de buena parte del patrimonio arquitectónico que está cercado o ya no existe.

Casas, edificios, parques, plazas, veredas y sendas forman el cuerpo de la ciudad, un organismo vivo bastante maltratado donde hoy, en cada cuadra, duermen familias completas rodeadas de suciedad y de basura. La ilusión del bienestar y el progreso se desvanece, quienes tienen que garantizar el acceso a la vivienda digna y la higiene general no se ocupan ni preocupan.

Entre tantas residencias que van desapareciendo, recuerdo las casas chorizo, con sus habitaciones corridas y el patio lindero. Ya no está la Casa del Campo, donde se vendían medias, lanas y lencería, sobre la avenida Santa Fe 3381. La destrucción, en setiembre de 2024, se llevó sus líneas rectas verticales y herrajes, relieves y vitrales, el más puro estilo art decó.

Tampoco queda en pie la construcción de la esquina de Córdoba y Pringles, que se encontraba en un estado impecable, con su pérgola en la terraza, sus ventanales y faroles, italianizante o neorrenacentista, con cubiertas de poca inclinación, aleros, molduras, rejas. Los villanos le dieron vía libre al arrasamiento, le hicieron “pinto catalán” a la participación social y su opinión activa.

La lonja inmóvil de los jardines tiñó de luna el anochecer, hoy ya no ríes por la avenida, chau adoquín, se despidió del pedrerío gris oscuro que alfombraba las aceras, Antonio Tarragó Ros. Luis Alberto Spinetta tituló Para los árboles un disco-homenaje a esos ejemplares botánicos, de buena madera, que en muchas zonas de nuestra urbe desaparecieron. Ya les había dedicado canciones a algunos ejemplares en “Campos verdes”, “Sombras en los álamos”, “Durazno sangrando”, alabanzas poéticas rockeras.

En el libro Memoria de Buenos Aires, Natalia Kerbabian y Fabio Márquez despiertan la sensibilidad de los lectores, exhibiendo los croquis de casas y casonas, palacios, palacetes y mansiones que, en vez de preservarse, se tiraron abajo. La mayoría fueron albergues de familia. Como los arroyos, que fueron enterrados y hoy sólo recordamos cuando las aguas desbordan por las lluvias, muchas de las construcciones de Buenos Aires se perdieron; ni siquiera las fotografías quedaron como testimonio.

Topofilia se llama al amor por los lugares y es lo que expresan los autores del volumen, licenciado en diseño del paisaje, él, y arquitecta, ella. En cambio, las mismas autoridades que demuelen para asfaltar calles que no lo requieren, padecen topofobia o, para ser más precisa, hacen sus negocios personales, cortando además el tránsito vehicular, obstruyendo el paso de los de a pie y sin colocar la cartelería que lo advierta con la anticipación necesaria.

Depredan como parte del proceso de gentrificación. Mantienen la cáscara para erigir casas Frankenstein o zombies, muecas distorsionadas de lo que representaron, meros decorados fuera de contexto o trofeos de guerra. “No hay patrimonio arquitectónico que pueda competir con la multiplicación extrema de metros construibles, si no es considerado como tal. Hace falta un Estado que regule lo edificable en un sentido no exclusivamente de rentabilidad comercial”, coinciden los autores de Memoria de Buenos Aires.

Con el Río de la Plata como límite, Buenos Aires supo ser una ciudad balnearia, característica natural y recreativa que se perdió hace cincuenta años. Aldabas, herrajes, tapas de servicios en veredas y fachadas, buzones integran también la lista de objetos desaparecidos. No se trata de hacer un recuento por la vía de la nostalgia, sino de respetar y celebrar los emblemas e íconos de los barrios, es decir nuestros.  

En Paseo Colón y Brasil existió una escuela taller diseñada por Nicolás Parisi. Fue demolida para “facilitar el tránsito vehicular”. El edificio había sido un encargo de la familia Marconetti para que los empleados de su fábrica de pastas tuvieran una vivienda. Emplazado frente al Parque Lezama, durante la dictadura fue el refugio de muchos artistas plásticos y actores. Primero desprotegida y abandonada, corrió la misma suerte la fonda y bar O’Rondeman, cuna artística de Carlos Gardel, en el Abasto. Alfonsina Storni recitaba sus poemas en el Cine Minerva para pagar la habitación donde dormía. La sala brilló en avenida Rivadavia 7428 y la destruyeron en mayo de 2024.

Mascarones con rostros, ornamentos florales, animales fantásticos, cuernos de la abundancia, copas, soles, estrellas, instrumentos musicales han sido “barridos”, aunque algunos sobreviven. Como ocurrió en Rosario hace ya varios años, siguiendo los lineamientos del pedagogo italiano Francesco Tonucci, se podría estimular la curiosidad y lo lúdico en las infancias, llevándolas a descubrir esas particularidades de ciertas construcciones. Claro que eso deberían impulsarlo las instituciones públicas. “Un par de cuadras bien elegidas pueden ser un mundo de interpretaciones, a partir de encontrar diferentes situaciones singulares de patrimonio cultural que están al alcance de la mano para disfrutarlo desde experiencias colectivas”, sugieren Márquez y Kerbabian. Se trata de una propuesta de promoción de la ciudadanía y la sensibilidad por la ciudad, desde corta edad.

La Unesco estableció en un tratado internacional que los bienes culturales tangibles son inestimables e irreemplazables. “Por su valor excepcional desde el punto de vista histórico, científico, estético o simbólico… requieren su conservación, rehabilitación y difusión, donde se cuente la historia, se validen sus recuerdos y se afirmen y enriquezcan las identidades y el legado común. Lo heredamos del pasado, lo vivimos hoy en día y lo transmitiremos a las generaciones futuras”.

Testimonio gráfico y ensayo conceptual, el libro abre preguntas sobre como detener el avance inmobiliario, para cuidar la ciudad que nos pertenece a todos, donde podamos ser más felices.