El hombre de la letra muda
“Todo es cierto, como dos y dos son cinco”, canta Ney Matogrosso. La canción, “Como 2 y 2”, cierra su disco Bloco na Rua, publicado en 2019. Caetano Veloso compuso esa pieza cercana al Rhythm & Blues en su exilio londinense, en 1971. La pensó para Roberto Carlos y ese mismo año la grabaron él y, en vivo, Gal Costa. La canción parece hablar de una cosa y habla de otra. Y Matogrosso, un artista de la metamorfosis, la transforma, durante su comienzo, a solas con un piano, en un canto desgarrado.
“Todo silencio grita”, cantaba Ney Matogrosso en una visita anterior a Buenos Aires. “Toda manzana tiene veneno..., todo lo que es todo tiene también parte, todo fin comienza, todo amor tropieza”, decía en una de las canciones que estrenaba en ese momento, “Todo mundo o tempo todo”, de Dan Nakagawa. Un juego de contrarios que se plasmaba en la propia escena. Y en el caso de Ney Matogrosso, ya se sabe, aunque nada sería exactamente lo que es sin la música, no se trata sólo de ella. Y este viernes 30, en el Teatro Gran Rex, como parte de su gira Bloco Na rua, que lleva el título de su último disco (hasta el momento), volverá a revivir ese extraño sortilegio para el público porteño.
Aquel hijo de militar que, a los 17 años, entró en la Fuerza Aérea Brasileña para encauzar en ciertos límites lo que no podía delimitarse –pero sí, más tarde, desmilitarizarse–; ese que se llamó Ney de Souza Pereira, según su partida de nacimiento fechada en Bela Vista el 1 de agosto de 1941; el “Hombre con H”, esa letra muda, esa canción de 1991 y esa película de Esmir Filho estrenada el año pasado que, a partir de un libro de Julio Maria, contó su historia. El que dibujó una aventura artística extraordinaria en la que, precisamente, los límites se borran permanentemente. Como si se tratara de un espécimen único de una única especie, Matogrosso canta con una voz que no se parece a nada –y todavía lo hace, a los 85 años–, que no es ni masculina ni femenina (o que es ambas a la vez), como su propia imagen, fascinante, hipnótica, sin edad, sin un sexo único, y donde el máximo artificio está, precisamente, en donde no hay artificio alguno: en su manera de interpretar. En cómo deja el sonido vibrando en el espacio; en cómo logra que palabras sueltas cobren la dimensión del universo; en esos momentos de intimidad en que consigue que, a su alrededor, se detenga el mundo.
Dos actuaciones, situadas en el comienzo de una trayectoria larga y ejemplar, hace ya más de medio siglo, y en el presente, casi antagónicas entre sí, muestran, en rigor, lo que las une. En la primera de ellas, el 10 de febrero de 1974 y en el Maracanãzinho de Rio de Janeiro, con Secos e Molhados, el grupo con el que debutó y que dio vuelta como una media al mundo de la canción brasileña, interpreta una de las canciones más impactantes y perfectas de la historia. “La rosa hereditaria / La rosa radioactiva / Estúpida e inválida / La rosa con cirrosis / La anti-rosa atómica / Sin color sin perfume / Sin rosa sin nada” concluía “La rosa de Hiroshima”, el poema que Vinicius de Moraes había escrito en 1946 y sobre el que Gerson Conrad, uno de los guitarristas de la banda, había compuesto la pieza. Matogrosso la canta, o más bien la vive, la posee, la llena de extrañamiento, la hace “muda, telepática” desde la máscara y el disfraz que, en este caso, no ocultan. Ponen en escena invenciones y, entre ellas, la más sorprendente de todas. La de un ser más allá de cualquier frontera que, desde ese territorio fantasmático, reinventa cada canción y la convierte en un objeto raro y singular. En algo imprescindible.
En la segunda actuación, sin maquillaje alguno, en el íntimo, casi desnudo, Tiny Desk, Matogrosso actuó en noviembre del año pasado. Con una banda mínima que, no obstante, apenas cabía en ese delgado escritorio (Sacha Amback en teclados, Aquiles Moraes en trompeta y flugelhorn, Everson Moraes en trombón, Felipe Roseno en percusión, Dunga en contrabajo, Marcos Suzano en batería y Maurício Almeida en guitarra), interpretó cinco canciones, entre ellas la fundante “Sangue latino”, que lo acompaña desde los tiempos de Secos e Molhados y que él volvió a grabar en su disco Pecado, de 1977. Y esa presentación reciente, con la voz intacta o aún mejor, si es que tal cosa es posible, mostró que su notable capacidad interpretativa, el teatro incluso, utiliza el dispositivo escénico, se apoya en él y lo explota al máximo, pero se construye sobre otro pilar: él mismo. Ese gran objeto de arte llamado Ney Matogrosso.
Dos discos dedicados a dos de los grandes nombres de la música brasileña de tradición popular, Cartola y Chico Buarque, exponen, de manera transparente, esa capacidad de convertir al mundo en su mundo y devolverlo transformado. Allí trabaja sobre universos aparentemente cerrados, autocontenidos. Nada podría agregarse que no estuviera ya desde el principio. Y, sin embargo, Matogrosso lo hace. En Um brasileiro, de 1996 (dedicado a Buarque) y en Ney Matogrosso interpreta Cartola, de 2002, parte de lo monográfico para desplegar la diversidad de su propia sensibilidad interpretativa. Y, como esos grandes actores capaces de mostrar a Hamlet como si fuera la primera vez, hace que Cartola y Chico sean otros sin dejar de ser ellos mismos. Siempre, en todo caso, es capaz de convertir en propias las estéticas más dispares. “As Ilhas” (las islas), con texto de Geraldo Eraldo Carneiro, y “1964”, sobre un poema de Jorge Luis Borges, esas dos canciones grabadas con Astor Piazzolla y su grupo italiano en noviembre de 1974, casi al principio de su carrera. El rock’n roll. El bolero. Chico, Caetano, la música caipira, el melodrama. El carnaval y el cabaret. La miel de su voz y la selva. Ese mundo Matogrosso.
Diego Fischerman es autor del blog Apuntes: https://diegofischerman.blogspot.com/
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