Intendentes 2027: el puente que aún sostiene la legitimidad democrática

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Cuando se piensa en las elecciones de 2027, muchas veces vienen a la cabeza de la ciudadanía, los analistas, los periodistas y las propias fuerzas políticas preguntas sobre el panorama nacional. En concreto, quiénes serán los candidatos a presidente, quiénes protagonizarán las grandes batallas y quién ganará el próximo año. Pero eso obstaculiza pensar una cuestión que, desde una perspectiva del fortalecimiento democrático, puede ser más interesante y rica: ¿cómo llegarán en 2027 los y las intendentes?

Hacerse esa pregunta no es en vano, ni una fetichización de la ciencia política. En medio de la tan analizada crisis de representatividad, quienes gobiernan las ciudades tienen un rol central para atender la relación entre la oferta y la demanda político-electoral. 

Más en específico, los gobiernos locales son, como suele decirse, “la primera ventanilla del Estado”. Esto quiere decir que detrás de los grandes títulos de “principales preocupaciones” que se leen en las encuestas, o que luego de los rimbombantes anuncios del gabinete nacional o provincial, al tercer nivel de la administración pública le toca atender inquietudes, aclarar los alcances, ofrecer alternativas y administrar la vida en común más inmediata. 

De esta forma, los municipios asumen, aun sin tener la competencia formal, responsabilidades que otros niveles de gobierno dejan vacantes (algunos ejemplos son la seguridad cotidiana a la asistencia alimentaria, las obras en escuelas o el mantenimiento de los accesos a la ciudad) y construyen por esta vía un vínculo particular con el ciudadano. 

Así, el gobierno de las ciudades (o comunas, o departamentos, de acuerdo a dónde estemos) se suma un rol fundamental: el de conectar al vecino con el Estado. 

Dicha función implica mucho más que lo que este humilde resumen puede expresar. Si el gobierno local es el puente entre el vecino y el Estado, los resultados de este nivel de la administración pública son centrales para la credibilidad de los liderazgos políticos y de lo que “la política” puede dar. 

Esto se vuelve crítico en un contexto en el que la democracia es castigada en los análisis por su performance, y en el que su crisis es explicada por el desfase entre expectativas y resultados. 

El asunto parece claro entre quienes llegan a los palacios municipales y quienes eligen a estas autoridades. Un estudio del Observatorio de las Élites del Centro de Innovación de las Trabajadoras y los Trabajadores (CITRA - CONICET - UMET) muestra que la intendencia no es una puerta de entrada a la política sino una posición de llegada. El 67% de los intendentes tiene trayectoria exclusivamente pública, con una acumulación sostenida de experiencia de gestión antes de llegar al cargo. 

Se hace patente, entonces, una forma de contrato electoral: mientras la legitimidad de origen está fuera de discusión, y es la legitimidad de ejercicio la puesta en tensión en otros niveles de gobierno, la administración local no puede permitirse descuidar el día a día y los liderazgos son medidos con esa vara. 

En otras palabras: no se trata de una conducción política que se sostenga en el relato o la promesa, sino en la obra verificable, en la gestión que el vecino puede constatar con sus propios ojos y en la confianza que, al final, puede depositar en sus representantes. 

Esto enfatiza un componente central: el de la cercanía. La relación directa y accesible de los representados con sus autoridades es un activo fundamental y en este nivel del gobierno es insoslayable. Y ella no se consigue solamente por una cuestión territorial, sino que demanda un correlato de comunicación. 

Con una comunicación nacional que se volvió un campo de batalla de consignas y polarización, la comunicación municipal que mejor funciona es la que muestra el proceso: la obra mientras se hace, el trámite que se resuelve, el reclamo que se atiende. No pide ser creída, sino que se ofrece a ser comprobada. 

Este rol fundamental de la comunicación la hace más sensible a algunos de los riesgos que toda administración (por más sólida que sea) debe enfrentar. La falta de planificación, la estandarización excesiva de mensajes sin aprovechar la segmentación, la hiperpersonalización de la comunicación en la figura de los intendentes, o confundir la resolución de la coyuntura con la construcción de una narrativa de mediano plazo. Todos ellos son desaciertos que, en el caso municipal, pesan más por el tipo de relación con el ciudadano que queda a su cargo.

Cada escala de gobierno construye su propio lazo con el ciudadano, y el municipal es, en este momento, el más sólido de los tres.

De cara a las elecciones del 2027, quienes gobiernan hoy una ciudad, o aspiran a proyectarse desde ella, tienen la posibilidad de consolidar con método un vínculo de representación que ya está construido en los hechos, pero que todavía puede profesionalizarse y sostenerse en el tiempo. Esa ventana no permanece abierta de manera indefinida: el mismo ciclo electoral que hoy corre a favor de la escala municipal exige, en pocos meses, decisiones de posicionamiento duraderos.

La pregunta relevante no es solamente quién va a ganar la próxima elección presidencial. Es si el sistema político argentino va a reconocer, por fin, que buena parte de la legitimidad y la representación democrática que todavía nos quedan se sostienen, todos los días, desde ese puente silencioso que son los gobiernos municipales.

Gisselle Costa es politóloga, Mg. en Comunicación Política y consultora en comunicación política y electoral. Agustina Falak es politóloga, docente y consultora en estrategias de comunicación política y electoral.