Entre la remarcación de precios y el temor a perder clientes: la odisea de los comerciantes para enfrentar la inflación

Abigail Contreiras Martínez

0

Entrar a un comercio y preguntar por el valor de un producto o el precio final a pagar forma parte de las actividades rutinarias de cualquier adulto. Para los argentinos, sin embargo, esa rutina está empezando a convertirse en un desafío. Para quienes están a ambos lados del mostrador, la pregunta “¿cuánto cuesta?” supone un reto: ni clientes ni vendedores tienen referencia de los precios en medio de la incertidumbre que genera la suba del dólar y la consecuente aceleración de las remarcaciones.

“No hay precios ya. Todo lo que te diga hoy, mañana ya no sirve”, explicó a elDiarioAR Ricardo (65), dueño de una pollería ubicada en el Mercado Belgrano, a una cuadra de la intersección de las avenidas Cabildo y Juramento. Mientras conversaba con este medio, recibía novedades sobre la actualización de costos, que, pronto, se reflejarán en los carteles de precios que exhibía su mercadería. En el mismo predio, otra comerciante describía el mismo escenario: en su dietética, a veces se ve obligada a remarcar los precios hasta cuatro veces en una misma semana.

La información recopilada por la consultora LCG muestra una tendencia creciente en el mismo sentido: durante las primeras tres semanas de abril, todos los alimentos y bebidas relevados sufrieron, al menos, una remarcación en las góndolas.

No se trata de un capricho de los comerciantes, ni de un afán por maximizar su ganancia a costa del bolsillo de sus clientes. Durante marzo, la inflación alcanzó el 7,7% mensual ─el peor mes de los últimos 21 años─ y, en lo que va del 2023, ya acumula un 21,7%, según lo informado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Esta escalada en los precios, sumada a la disparada del precio del dólar ─cuyo valor alcanzó los $497 este martes─, también afecta a los comerciantes, cuyos costos no dejan de aumentar, y los enfrenta a una difícil disyuntiva: trasladar el alza a las góndolas o mantener los mismos precios y poner en jaque la posibilidad de reponer los bienes más adelante.

Carlos Cappelletti, vicepresidente 4º de la Federación Económica de Buenos Aires (FEBA), explicó que “la actividad de las Pymes del sector comercio lleva ocho meses de caída, lo cual hace una situación bastante difícil, un espiral inflacionario que hace seis meses atrás o un años era difícil de pensar. En declaraciones al canal de YouTube de la entidad, descamo que ”la Pyme o el comercio de proximidad no es formador de precio para nada, traslada los aumentos que recibe, muchas veces achicando el margen de ganancia para seguir manteniéndose en un nivel de facturación que le permita seguir funcionando, esto hace que el volumen de ventas no sólo es menor sino con menor margen de rentabilidad, lo cual es un coctel difícil de asimilar“.

No se trata de un fenómeno exclusivo del rubro alimenticio. Marcelo (57) está a cargo de una ferretería familiar en el corazón de Villa Pueyrredón. Para lograr un equilibrio, cada día más difícil de mantener, se maneja con aumentos atrasados y trata de compartir la diferencia en los precios con sus clientes para que sus ventas no se reduzcan. “Ayer pedí cotización para unas palas, hoy las fui a retirar y ya tenían otro valor. Parte de la suba la traslado al precio y otra parte la absorbo, pero eso vuelve más difícil la reposición después”, detalló a elDiarioAR. Marisa (53), dueña de un comercio de lencería ubicado sobre la Avenida Cabildo, también busca la manera de sostener el público que se presenta en su negocio, pero advierte que se está transformando en un gran desafío. “Vos acá te llevas dos bombachas al mismo precio que lo que sale un pedazo de queso. ¿Qué va a hacer la gente? Por más que esto lo vea barato, si se tiene que ir a comprar un cuarto de queso, compra eso”, señaló al ser consultada por este medio.

Este temor a perder clientela es un fantasma que acecha a los locales constantemente. La pérdida de poder adquisitivo y el atraso de los salarios respecto de la inflación ya redujo el nivel de ventas y modificó los patrones de consumo de la población, lo que impactó directamente en los comerciantes. “La gente bajó mucho el consumo. Antes compraban un kilo, ahora medio. No dejan de comprar porque necesitan para comer, pero sí bajó la demanda”, subrayó a este medio el empleado de una pescadería en el Mercado Belgrano. Un comerciante vecino señaló, en la misma línea, que no sólo se redujo la cantidad comprada, sino que hay una tendencia creciente a resignar el consumo de productos frescos y reemplazarlos por alimentos no perecederos como arroz, pastas y enlatados.

En este contexto, y ante nuevas actualizaciones de precios, los vendedores no tienen ninguna garantía de encontrar al otro lado del mostrador a alguien dispuesto a afrontar los valores más elevados. “En esta cuadra antes circulaba muchísima gente. Los que venían a hacerse estudios a la clínica que está acá cerca pasaban y entraban a comprar. Mirá ahora”, detalló a elDiarioAR un hombre que atiende una dietética en Virrey Loreto. En la vereda no había casi circulación, a pesar de ser apenas pasado el mediodía, y el local no tenía ni un solo cliente. Según indicó a este medio, no había recibido a nadie en toda la mañana y todavía no había remarcado los precios.

La disyuntiva a la que se enfrentan a diario los comerciantes ─y que despierta angustia a la hora de realizar pedidos a proveedores y reponer stock─ está lejos de ser el único síntoma que puede vislumbrarse de la crisis macroeconómica que está atravesando Argentina. La falta de productos en grandes cadenas de supermercados representa la contracara de los aumentos en los comercios del canal tradicional (almacenes, autoservicios y comercios de barrio). Se trata de un desafío más para las personas que están a ambos lados del mostrador.

La escasez de productos no es exclusiva de los grandes establecimientos, sino que también se ve en los comercios barriales. En un corralón de la Avenida Constituyentes en Villa Pueyrredón, los proveedores se niegan a entregar algunos productos hasta que se estabilice la situación del mercado cambiario. Marisa, dueña del local de lencería, reportó a elDiarioAR un panorama similar: “algunos proveedores no entregan porque están esperando a ver qué pasa, pero la mayoría igual te estima aumentos de entre el 10% y el 15%”, explicó, aunque destacó que en su rubro, algunas marcas aumentan sólo dos veces al año.

Esto último no es la regla en un contexto de creciente inflación, ni siquiera para otros comercios de indumentaria. Gabriela (46) atiende un local de ropa para hombre en Villa Urquiza y, en diálogo con este medio, destacó que la semana pasada tuvo que remarcar los precios tres veces por las subas en los costos que le anunciaban los proveedores. Esta semana todavía no había elevado el valor de las prendas, pero es sólo cuestión de horas para que renueve los carteles de precios dado que recibió este miércoles una nueva actualización. Esta es la realidad de múltiples comerciantes que atraviesan una odisea diaria para no sucumbir ante la incertidumbre de la macroeconomía argentina y verse obligados a bajar definitivamente las persianas de sus negocios.

ACM