SOY GORDA (ESEGÉ)

Fragmentos de la memoria

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Cinco mujeres de distintas edades acompañan a Spasoula, una amiga que se encamina hacia la muerte. De esa pérdida que están por sufrir emergen fragmentos que les arroja la memoria, testimonios de vidas que no eligieron, con exilios, en refugios, con canciones tristes, frío y preguntas que serán leit motiv por varias generaciones.

Aquellas preguntas intentan responder las causas y consecuencias del enfrentamiento entre turcochipriotas y griegochipriotas, que ocurrieron en el país mediooriental entre 1963 y 1974, dejando un saldo de dos mil personas desaparecidas. Ese universo remite a lo que aconteció en la Argentina durante la última dictadura cívico militar y Alfredo Staffolani, el director de País amargo, lo pone en juego con su adaptación del texto original de la escritora y dramaturga Constantia Soteriou, al establecer un diálogo entre las heridas abiertas de ambos territorios.

Es muy poco lo que sabemos de Chipre. Acaso tengamos una idea vaga de la belleza de sus playas y de su notable herencia arqueológica. Con la obra estrenada en el teatro Sarmiento podemos ir completando algo de su devenir. De todos modos, la pieza no se propone realizar una construcción histórica sino tocar lo más hondo de la emoción de los espectadores.

Soteriou nació en Nicosia en 1975 y se dedicó a escribir lo que escuchó de las mujeres mayores de su familia, sobre todo cuando hablaban de los hechos políticos que condicionaron la vida del país. Madres, abuelas y tías se reunían en los patios traseros de las casas y hablaban acerca de la guerra, con sus hombres en el frente, mientras preparaban la comida y el café. Esas narraciones orales para las que se dispuso a abrir los oídos fueron la fuente de sus narraciones.

País amargo habla de los sacrificios de ellas por amor a sus semejantes y a la patria fracturada, sus sueños y presagios en un territorio cuya línea verde divide a unos y a otros. Todas vestidas de negro, se reúnen en tribu para asistirse frente al desasosiego.

Autora de Costumbres de la muerte, Soteriu asistió al funeral de un joven desaparecido a los 19 años cuyos restos fueron hallados. La madre ya tenía 90 años y había esperado cuarenta para poder enterrarlo. Esa paciencia en la incertidumbre la conmovió y escribió sobre lo doloroso de la pérdida.

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Ganadora del Premio Ricardo Monti de Dramaturgia, Solanito, de Malen Vince, es el tierno y delicioso contrapunto entre Herminia y Solanito, virtuales descendientes del estadista paraguayo Francisco Solano López. La historia nos relata que el mariscal fue un tigre acorralado con su ejército de inválidos durante la guerra de la Triple Alianza. La pieza la dirige Santiago Miniño, en el teatro El Tejón, de La Paternal.

De batón y bastón, ella (Mirta Israel); vestido a imagen y semejanza de su ancestro, él (Fabián Calixto), deben abandonar la casa de Remedios de Escalada donde ha transcurrido su vida. Mientras el joven intenta convencer a Herminia de que deben partir porque la antigua construcción se desmorona, ella hace de todo para resistirse, siempre en un tono de humor. La obra surgió del parecido físico con el patriota vecino cuya pintura preside la escena y la conexión entre los intérpretes es notable.

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Marúnica (Maruja Mallo, 1902-1995) fue una artista plástica gallega que vivió muchos años en Buenos Aires desde su llegada en 1937. Relacionada con Salvador Dalí en la escuela, quien le presentó a Federico García Lorca, Rafael Alberti y Luis Buñuel, “el de los ojos de rana”, también fueron sus compañeros de andanzas. Nacida Ana María Gómez y González, pertenece a la generación del 27, se dedicó a la pintura, el collage, la escultura, el tejido, el mobiliario, pero quedó opacada por sus colegas hombres. Dalí la definía como “mitad ángel, mitad marisco”.

A modo de reportaje periodístico, la obra de teatro que lleva su nombre está situada en el Madrid de los años veinte del siglo pasado. Permite descubrir a una actriz sensible y muy experimentada, Cecilia Hopkins, que va de una juventud muy productiva durante la Segunda República a la vejez y viceversa. La sutileza y un hábil manejo de su corporalidad asaltan el escenario y el clímax de la pieza se alcanza cuando la intérprete -dirigida por Ana Alvarado- dialoga con un títere-muñeca que manipula con destreza.

Irónica y desatada, el personaje dice lo que se le antoja y el maquillaje se convierte en máscara. Marúnica fue una de las artistas que perteneció al surrealismo y prueba de ello son las imágenes de sus cuadros proyectados en la sala teatral Itaca y en los originales que viven en el Museo Nacional de Bellas Artes, el MALBA y el Museo Quinquela Martín.

Contaba que un día paseaba por la Puerta del Sol con Lorca, Dalí y una amiga y todos los del grupo se sacaron el sombrero. Unos transeúntes les arrojaron piedras e insultaron “como si hubiésemos hecho un descubrimiento, como Copérnico y Galileo”. De allí surgió el apodo “Las Sinsombrero”.

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En Un punto oscuro (Teatro Zelaya), tres hermanas despiden a su padre agonizante. Ese fin de ciclo, esa constatación de que ya nada ha de volver, las enreda en un tejido de preguntas sobre cómo será la vida sin esa figura que creían omnipresente, eterna. Atadas a gruesas lanas que tapizan paredes y suelo, María, Caro y Sofi van armando una trama autónoma donde el amor entre ellas, su enraizamiento en el pasado y la devoción por los libros son la urdimbre que las sostiene.   

En ese último tramo de presencia paterna, los personajes que componen María Villar, Carolina Saade y Felipe Saade juegan, ríen y leen relatos en los que se adivina un futuro reconfigurado del que emergerán sus singularidades. El adiós a ese hombre que se desvanece les ofrenda un nuevo y atrayente despertar. Ese punto de quiebre, que es la muerte inminente de un ser querido, se entrelaza con una luminosidad inédita.

Con un recorrido de más de diez años y la dirección experta de César Brie, El paraíso perdido (Teatro Dumont 4040) guarda algunos vasos comunicantes con Un punto oscuro. En el comienzo, parece que hemos sido invitados a un cumpleaños infantil en el que globos coloridos alegran la escena. Sin embargo, a través de breves relatos, los actores evocan los días lejanos de la niñez con sus afectos y sus violencias. “La infancia es a veces un paraíso perdido y otras es un infierno de mierda”, había escrito el uruguayo Mario Benedetti.

Se ensamblan destrezas acrobáticas, canciones y coreografías para alcanzar un registro preciso sobre las sombras que acompañan esa edad de la inocencia. Como en el poema homónimo del siglo XVII (de John Milton), el cielo y el infierno no remiten a espacios físicos sino a estados de ánimo que dejan su huella en la materialidad de los cuerpos.

Parafraseando a Lautremont, todas estas puestas ensamblan “un paraguas que hace el amor con una máquina de coser en una mesa de disección”.  Rompen, así, con lo ordinario, para erigir un cosmos nuevo.