Contra el resto del mundo Opinión

El humor balcanizado

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La falta de programas cómicos en la televisión local parece validar a quienes dicen que asistimos a una crisis general del humorismo. Algo similar ocurre con los programas de análisis político, ausentes, salvo alguna excepción, de las pantallas vernáculas, mayormente abocadas a otro tipo de propuestas que hacen sentir ese vacío, traducido en vindicaciones retrospectivas de ciclos como Hora Clave. Las razones de estas ausencias son diferentes, pero en ambos casos es Internet el espacio en el que se busca aprovechar la situación mediante producciones de distinto presupuesto y calidad, dirigidas a públicos de nicho. Como todos sabemos, pese a que en sus inicios la red se presentaba como un espacio que democratizaría conocimientos, la deriva de las dos últimas décadas consolidó la híper fragmentación de los usuarios y la visibilidad de algunos contenidos por sobre otros. El algoritmo manda y hay que acomodarse. Una dinámica de grupos o guetos virtuales que alcanza distintas disciplinas y parece ir camino a la abolición casi completa de aquello que en el pasado se designaba como popular o masivo. Lejos de aquel estado de cosas en el que el humor y los humoristas se filiaban al acervo cultural de una sociedad, el humorismo sufre una suerte de la balcanización. Quizás en el futuro ya no existan chistes capaces de hacer reír a un conjunto de personas de edades, orientaciones políticas y condiciones sociales diversas. Es como si lo gracioso, lo cómico, se re definiera a partir de pertenencias identitarias, con el riesgo evidente de diluir su potencia. Atribuirle solamente a Internet este cambio dejaría afuera un factor coyuntural determinante, como es la intervención de algunos activismos en el campo creativo, relativamente novedosa en Argentina pero consolidada desde hace años en Estados Unidos y muchos países de Europa. 

  

Quizás en el futuro ya no existan chistes capaces de hacer reír a un conjunto de personas de edades, orientaciones políticas y condiciones sociales diversas.

Alguien podría decir sin equivocarse que la censura existe desde que el mundo es mundo y los vigilantes de las formas “correctas” también, pero en el siglo XXI, la pasión higiénica (magnificada ad infinitum por usuarios de redes sociales) es sorprendentemente asertiva. La cultura de la cancelación (que casi nadie confiesa ejercer, aunque miles la practiquen) busca la depuración de aquello que es, en esencia, impuro. Algo tan simple como reírse, incluso ¡o más! de lo que es una vergüenza reírse, pretende ponerse en jaque en una movida que termina por ser más sectaria que inclusiva, más elitista que pública y, obviamente, más solemne que graciosa. Hay humoristas que se adecuan a la situación ciñéndose a una agenda de temas permitidos y taquilleros en determinados ámbitos, mientras que otros no saben, no quieren, no necesitan o no pueden alinearse. Cómicos adorados por varias generaciones se usan para ejemplificar el horror misógino, la discriminación racial y otro tipo de fealdades, pero la pulseada entre este avance woke y sus víctimas no termina de definirse. En ese sentido, resultan elocuentes las cancelaciones sufridas por dos ex Monty Python: Terry Guilliam y Jonh Cleese. Director de películas que hicieron historia como Brazil, Pánico y locura en Las Vegas, Doce monos o Los hermanos Grimm, Guilliam iba a codirigir el musical de Stephen Sondheim titulado Into the woods en el teatro londinense Old Vic, a fines del año pasado, pero la obra fue dada de baja debido a dos razones fundamentales. Una, fue el apoyo público del artista a otro cancelado, Dave Chapelle, el standapero que hizo chistes sobre la comunidad trans en uno de sus shows. Otra, tuvo que ver con sus opiniones en torno al #metoo, al que calificó de “caza de brujas”, pues las denunciantes eran “mujeres adultas, millonarias y ambiciosas” que, según él, perseguían fines más individualistas que los declamados. 

El caso de Cleese arranca en el ámbito universitario: “Deseaba hablar con los estudiantes en la Unión de Cambridge, pero me he enterado de que alguien de allí ha sido incluido en una lista negra por hacer una imitación de Hitler. Debido a haber hecho lo mismo en un programa de los Monty Python, me pongo a mí mismo en la lista negra antes de que lo haga otro”, tuiteó el actor y guionista en lo que es parte de un periplo contra la corrección política que lleva adelante hasta hoy, a través de conversaciones con personas que han sido silenciadas por instituciones, plataformas y canales de televisión. Además, viene llevando adelante una exitosísima gira mundial con “Ultima oportunidad de verme antes que muera”, espectáculo que define como una combinación de humor y crítica social. 

Las películas de Guilliam, como las repeticiones de Monty Python's Flying Circus, continúan viéndose por público de todo el mundo, ajenas a vaivenes coyunturales, imperturbables frente al paso de las décadas. “Atrasa” es una palabra muy repetida para condenar aquello que no se adapta a los sistemas de valores actuales, tan proclives a la denuncia, tan obsesionados con lo ofensivo, tan fascinados con la victimización y el encasillamiento. “Atrasa” es también el mantra de quienes parecen especular con que, para gestar un nuevo tipo de expresión, es necesario eliminar lo anterior. Y quizás sea justamente eso, el tiempo, lo único capaz de dilucidar cuál es el peso o la influencia real de algo sobre la cultura. Quizás sea el tiempo la llave para entender cuánto hay de trascendente en un este nuevo tipo de humor que cree en las barreras morales y se conforma con hacer reír a los que están en la misma. Quizás solamente el tiempo sea capaz de responder si aquello que se construye sobre la base de un target ultra delimitado, como el signo político, la identidad de género o cualquier otra línea demarcatoria, consigue perdurar. Después de todo, solamente con el tiempo, sabremos cuánto tardó en “atrasar” el humor segmentado y “del lado del bien” que nos ofrece el presente. 

NG