Retrato de una leyenda
El Indio Solari, un rocker fuera del sistema que creó su propia cultura
“Un connoisseur musical”. Al igual que como describe a John Lydon el ensayista Simon Reynalds, así podríamos definir, entre otras muchas maneras, a Carlos “Indio” Solari, cuya muerte ocurrida hoy en Buenos Aires implica la desaparición física de uno de los artistas más populares, y por ende queridos, de la historia argentina.
El connoisseur musical es aquel que no necesariamente puede estar dotado de una técnica musical eximia, y hasta incluso puede ser alguien que no toca un solo instrumento –como era le caso de Solari, que apenas rasgaba la guitarra en algún fogón–, pero que es un sujeto que está “habitado” por la música, alguien cuya sensibilidad sonora es tal que, a través de su intuición y de su conocimiento omnímodo, puede ser capaz de producirla de forma incesante y con mayor fuerza que el resto. Ese rayo de energía musical es el que acaba de dejar de brillar.
Alguna vez, consultado por este cronista sobre su rol en Patricio Rey y sus redonditos de Ricota, su respuesta tuvo la misma potencia que ejerce su obra: “Soy el autor de todo. De las letras, de los eslóganes, de las armonías, de todo”. El padre soy yo, informaba. El monstruo ese que está dando vuelta salió de adentro mío. Podrá haber matices en esa apreciación, pero tampoco demasiados, porque, en todo caso, los derechos de autor del fenómeno solo los comparte con su socio compositivo, su antagonista Skay.
Antagonista aquí no tiene que ver con la presencia de hostilidades –que las hubo, aunque a la distancia fueron menores–, sino que tiene que ver con que ambos fueron el Yin y el Yan perfecto: uno altivo y locuaz, el otro taciturno y lacónico. Ambos, creadores de un animal mitológico que estallaba de audacia libidinal y de ambición rockera.
¿Qué tan grande fue la música? ¿Cómo llegó este artista a penetrar con tanta profundidad en la tierra blanda de los corazones colectivos? ¿De dónde viene esa sed popular por su obra? ¿Qué es su obra?
Los interrogantes se agolpan como los beats trepidantes y anfetamínicos de “Rock para el negro Atila”, una de sus cimas compositivas. Las respuestas todavía más. Algunas de ellas, de hecho, siguen en el aire, y resuenan o se resignifican conforme pasa el tiempo.
Solari es hijo de un tiempo irrepetible, pero a diferencia del rock, o a diferencia de cualquier género musical perenne, su obra abandonó los límites de su lugar de desarrollo para transformarse en una categoría autónoma, en una cultura en sí misma. Hubo un momento en el que el país Solari ya no dependía de su producción artística: el sermón de la montaña ya estaba escrito. La pregunta es: qué operó para que sucediera eso.
En principio, la banda levantó antes que nadie las banderas de la independencia musical. Y eso, que tal vez para ciertas audiencias –aquí incluimos público y medios– podía resultar un dato pueril, incluso irrelevante, lo que estaba haciendo era enviar un metamensaje inequívoco: la actitud rocker no solo se exhibe con un gesto agrio en el escenario o con una indumentaria que solo colabora a fetichizar el producto, no, la actitud rocker es sentirse libre para decir que no, es plantarse ante la TV y responderle “no, gracias”. O plantarse ante las multinacionales y no sucumbir ante la promesa del mercado latino. En una época en la que muchos rockeros parecían que querían ir corriendo a sentarse con Mirtha Legrand, los Redondos elegían la discreción. Ese fue el primer pacto firmado con sus seguidores, sobre todo con los más desfavorecidos del sistema. El mensaje podía ser este: “Afuera hay una fiesta –menemismo– pero nosotros no formamos parte de ese establishment. O, si formamos parte, porque no queda otra, es porque lo usamos, es decir utilizamos sus resortes para traficar nuestro arte”.
Luego hay otro elemento, y ese sí es artístico: el show en vivo. También Simon Rynolds es quien dice que en la década del 80 las actuaciones en vivo eran instantes decisivos para establecer el vínculo definitivo entre un artista y su audiencia. Ir a ver a los Redondos a fines de los años 80 –que es caldo donde se macera el primer vínculo con su público plebeyo– era formar parte de un acontecimiento, era un espectáculo sublime. Sublime en el sentido kantiano: algo único, algo que no está atravesado por las coordenadas del mercado, algo que, una vez que sucede, transforma a quiene forman parte de ese ritual.
Y luego está la música, la locomotora de todo esto. Y aquí hay varios elementos, porque estamos hablando de un artista singular. En primer lugar, el gemido punzante y lastimoso de su voz, un grano único, una forma de cantar tan particular como irresistible que, conjuntada con los riff de guitarra de Skay y el sonido siniestramente dulce del saxo –obra de Willy Crook al comienzo– provocaba –provoca– un tipo de conmoción distinta. Por que era un sonido alarmante el que emergía de los parlantes, el tipo de música que produce una mente hiperalerta –casi paraonoide– como la del Indio, un tipo capaz de con un ojo escrutar los bordes menos favorecidos del sistema y, con el otro, de estar leyendo las dinámicas geopolíticas de Occidente.
Y por último las letras. Alguna vez, consultado por un periodista de la revista TIME, cuando todavía el rock era visto como sospechoso, Bob Dylan se negó a explicar sus letras y desafió al cronista para que fuera a un recital suyo y así poder vivir la experiencia entera, para que no se quedara solo con la percepción burguesa de sus letras.
En ambos casos, tanto en el Dylan como en el de Solari –y aun con sus enormes diferencias– estamos hablando de la creación de un universo propio, con personajes ficticios y con una pasión por la metáfora hermética que ha sido, sobre todo en el caso del Indio, su marca de agua. Ahi apareció la primera gran contradicción que al sistema le costó digerir: ¿cómo diablos estas letras crípticas y esas metáforas oblicuas y sombrías podían convertirse en la prosa del nuevo testamento ricotero? El prejuicio de cierto sector de la opinión pública, ante las dimensiones del fenómeno, fue que había un público que no entendía a su ídolo, eran perros de Pavlov moviendo el hocico sin entenderlo del todo. Pasado el tiempo, pasados los años, la obra ha ido mutando. El significante, que quedó del lado de la gente, ha adquirido nuevos colores, nuevos sonidos. Eterna y contemporánea, su lírica no declina. ¿Quién podría negar, acaso, que la letra de “Sorpresa de Shangai”, (“Están contando chistes/Detrás de las paredes/Si de reír se trata, creo/Son verdaderos dramas”) tiene más vigencia que nunca?
Como decía Godard: “Quiero ser inmortal, y después morir”. Tarea fina para dos.
PP/MG