CRÓNICAS MILE(I)NARISTAS

Lali y los argentinos expósitos

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“Te creías cazador, pero sos la presa”, canta Lali Espósito en “KO”. “Ay, qué bardo que estás armando”. Parece escrita esta semana. Pero no, unos meses atrás. Dejemos de lado preferencias musicales. La escuchamos igual con un dejo de simpatía. Ella se enfrentó a la furia de la hermandad anarco capitalista. “Depósito”, la llamó el presidente Javier Milei y se hizo a los codazos un lugar en la historia de las relaciones entre los hombres de Estado y la música. Estos han pasado de la melomanía programática (Hitler y Goebbels, adoradores de Wagner) a la jactancia de poseer un “buen gusto” (John Kennedy y su predilección por Pablo Casals). Qué más decir a estas alturas sobre Alberto Fernández y su glosa de Litto Nebbia. Javi no se incluiría en esta serie como connoisseur ni fan sino como creador de una enemiga imaginaria de una manera parecida a la que obró Donald Trump con Taylor Swift.

Josef Stalin aborreció Lady Macbeth del Distrito de Mtsensk, de Dimitri Shostakovich. “Caos en lugar de música”, aseguró Pravda, en 1934, sobre la ópera. El órgano oficial del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) habló de una obra “tosca, primitiva y vulgar”, de carácter “cacofónico”. Si bien su autor era talentoso, había optado “deliberadamente” por prescindir de un “lenguaje musical sencillo y popular accesible a todos”. Se impuso, dijo, “el formalismo”, la “distorsión izquierdista”. En suma: la “innovación” pequeñoburguesa“. La filípica hundió al compositor. Dice Solomon Volkov en Shostakovich and Stalin. The extraordinary relationship between the great composer and the brutal dictator que la ”crítica“ periodística le correspondió al propio secretario general del PCUS, un declarado amante de la ópera rusa del siglo XIX. El presidente no tiene su propia Pravda. Apenas cuenta con un mundo de trolls y comunicadores empalagosos que lo alimentan y le permiten luego balbucear sus críticas.

De repente, Lali se convirtió en una figura metonímica para explicar la necesidad moral del ajuste draconiano. Lo que la cantante y otros de su especialidad se llevaron sobre la base de contratos presuntamente inflados, aseguró el estadista, impide al Gobierno desplegar la ayuda a los comedores populares. El hambre tiene una consecuencia musical. Si el Estado no promoviera esos conciertos al aire libre las cuentas públicas estarían saneadas.

Desde sus super tacos, Lali desafío a pie pequeño. Lo invitó incluso a un espectáculo (pago), para bailar “Obsesión”. Javi no pudo con su genio (su obsesión) y después de que artistas, intelectuales y colectivos feministas salieran en defensa de Espósito se despachó en X con una clase virtual sobre la lucha por la hegemonía. El problema, sostuvo, no es solamente Lali sino “una arquitectura cultural diseñada para sostener el modelo que beneficia a los políticos” y con la cual la ultraderecha vino a terminar de cuajo. Parte de la responsabilidad, aseguró, la tiene un comunista que murió en una prisión del fascio italiano en 1937. “(Antonio) Gramsci señalaba que para implantar el socialismo era necesario introducirlo desde la educación, la cultura y los medios de comunicación. Argentina es un gran ejemplo de ello.

Cuando uno expone la hipocresía de cualquier vaca sagrada de los progres bienpensantes, se les detona la cabeza e inmediatamente acuden a todo tipo de respuestas emocionales y acusaciones falsas y disparatadas con el objetivo de defender a capa y espada sus privilegios“. Leemos absortos. A ver, ¿quién escribe? ¿es un habitante de la ciudad letrada o un charlatán? Añade el presidente con una pátina de ilegibilidad: ”Lo más maravilloso de la batalla cultural llevada a la política versada sobre el principio de revelación es que cuando uno señala las vacas sagradas del edificio de Gramsci, automáticamente genera una línea de separación entre los que viven de los privilegios del Estado y las personas de bien“. La destrucción de las instituciones culturales tiene acá su fundamento disfrazado de razón presupuestaria.

O sea que Lali, con sus ojos súper delineados, sus brillantinas y escotes, sus trajes de leopardo y vestidos a veces translúcidos o negros (como cuando cantó el himno en Qatar); esos bailes sexy y mohines con labios color ladrillo es, lo sabe ahora, lo sabemos, cómo lo desconocíamos, una gramsciana.

¿Llegarán los análisis de sus canciones en clave paranoica? ¿Sería inverosímil? Insisto: ¿Acaso lo qué sucede no desafía permanentemente nuestra capacidad de aceptación? Imaginemos entonces una reunión de libertarios dispuestos de sumergirse en la tarea hermenéutica. Se discute sobre los significados ocultos de letras aparentemente inofensivas. De repente, y a modo de ejemplo, diseccionan “Disciplina”.

 

De rodillas, pidiéndome una lección (yeah, yeah)

Sabes que dominarte es mi motivación (ah, ah)

 

¿Se abre al debate? Uno -lleva en su remera estampado el lema que no hay plata- podría decir: “Esto no es otra cosa que una solapada intención de conquistar subjetividades”. Y otro: “Un programa musical taimado: busca formar cuadros”. Y un tercero: “Sí, el disfraz de Britney Spears es engañoso”. El primero asiente y aporta: “claro, es una mini Rosa Luxemburgo que libera la dopamina de la revolución marxista mientras transpira y nos hace transpirar”. El segundo se ve obligado a tomar distancia: “¿cómo que nos hace?”. Advierte que el tercero estaba marcando con el pie el ritmo machacón de “Ok”, que nunca había dejado de sonar.

Aquello que podemos considerar inadmisible, caricaturesco, una deriva al borde del delirio de interpretaciones de la actualidad, adquiere sin embargo carnadura cuando la vicepresidenta, hija de un oficial contrainsurgente de los setenta, repone aspectos de un discurso que creíamos imposible de ser enunciados. Ella comparte el posteo del estadista y agrega: “desarmando el Gramsci kultural”. Lali sería portadora del virus de la ideología disolvente. “Ningún adulto puede utilizar su posición de superioridad como docente para influir, adoctrinar o ideologizar menores de edad”.

Ecos de un viejo panfleto

¿De dónde viene esa jerga? Recuerda Federico Shinzato en Narrativas militares sobre los 70: el general (r) Díaz Bessone y el Círculo Militar durante la transición democrática el modo pre wikipédico en que Gramsci comenzó a circular en boca de uniformados que habían sido parte vital de la dictadura y, en medio de los juicios por violaciones a los derechos humanos, denunciaban la transfiguración del “enemigo interno”. Ramón Díaz Bessone había sido comandante del II Cuerpo de Ejército y ministro de Planeamiento de Jorge Videla. Llegó a la conclusión de que con la espada y la picana no había alcanzado: se lanzó a teorizar. Creía que la “lucha contra la subversión” de los años ochenta, es decir, la post dictatorial, se parecía más a lo que el comunista italiano había calificado metafóricamente como una guerra de trincheras. Cada esfera de la vida social y cada organización de la sociedad civil constituían espacios que “el enemigo subversivo” intentaría conquistar. El autor de Guerra Revolucionaria en la Argentina (1959-1978) advertía: “Es hora de una lucha sin cuartel contra la agresión marxista-leninista y gramsciana, que particularmente desde el 10 de diciembre de 1983 nos ataca. Hay que destruir su propaganda, desenmascarar su rostro. El silencio y la inacción son cómplices”.

Díaz Bessone no estaba solo. Dice Shinzato: “Además de mantener viva la memoria militar sobre los años setenta y de reproducir la doctrina del enemigo interno, el Círculo Militar contribuyó a ampliar la mirada castrense al incorporar la figura de Gramsci para interpretar la realidad política durante el gobierno de (Raúl) Alfonsín. Así, al enfocar la atención en el marxismo gramsciano, los uniformados creyeron descubrir una nueva modalidad de actuación de la subversión”.

El general sería indultado por el presidente Carlos Menem en 1991 y vuelto a procesar a partir de 2006, cuando se declararon inconstitucionales las leyes de impunidad. Murió en 2017, a los 91 años. Siete años más tarde, la vulgata de Guerra Revolucionaria… y otra antigua folletería castrense se convierten en credo oficial. Somos espectadores de una “gran sci-fi” distópica (¿acaso el diario católico de Roma, Avvenire, no calificó al presidente de “alienígena”?). 

El playback como falta de ética

Hay otro asunto llamativo de la guerrilla digital de Javi contra Lali. Sería del orden sonoro. O su emisión espuria. La acusó de hacer playback. El amante de la ópera italiana (amor confesado a la premier neofascista Giorgia Meloni durante su encuentro en Roma en calidad de señal inequívoca de una italianeidad compatible con la Torá) se indignó frente al posible ejercicio de una engañosa sincronización de movimientos labiales con la música, tan propio de los videos y de conciertos multitudinarios. Michael Jackson recurrió a esta “técnica” cuando presentó por primera vez “Billie Jean”, en 1983. A medida que los recitales reforzaron el componente visual y coreográfico, con movimientos sobre el escenario de gran destreza y precisión, como en el caso de Madonna, el playback se transformó en un recurso “natural”. Incluso en rituales de Estado.

¿Cómo no recordar lo que sucedió en Pekín 2008? Los Juegos Olímpicos se abrieron con el canto de la “Oda a la patria” de una niña de nueve años. Una audiencia global lloró ante ese derroche de emoción. Pronto se descubrió que había sido un simulacro. Muchos se sintieron engañados. Naturalmente, hubo sucesos más escandalosos como el protagonizado por el dúo Milli Vanilli. “Girl You Know It's True” vendió millones de discos, al punto de obtener el Grammy al mejor artista revelación en 1990. Todo había sido un ejercicio mímico. Ellos ni sabían cantar.

En algunas ocasiones, el playback es grosero porque ni siquiera las bocas se abren y cierran sincrónicamente con lo que se canta. Las Primas, el grupo que se hizo famoso mientras Díaz Bessone lanzaba sus diatribas con “Saca la Mano, Antonio”, hizo escuela de esa discordancia. Daniela Mori, una de sus integrantes, volvió décadas después a hacer gala de ese out of phase rítmica con “La bomba tántrica”, la canción que le dedicó años atrás a su entonces novio y economista paleo libertario (no deja de ser curioso, aunque ajeno a este texto, el hecho de que su actual novia sea imitadora y haya sido integrante de Las Primas, en su versión peruana. ¿El playback le ha sido completamente ajeno? ¿Lo es cuando imita a Taylor Swift?).

Tenemos, por lo tanto, un jefe de Estado que discute públicamente sobre la pureza de las emisiones que salen de una garganta. La ausencia de su aura y el reemplazo por una grabación son denunciados como falta ética. El playback sería, en un punto, más que una traición: una suerte de ventriloquismo. Una fuente sustituye a la que creemos escuchar. El presidente también conoce este procedimiento: Díaz Bessone habla por él. Y no solo aquel general de ceño amenazante. Agustín Laje es un reciclador estilizado de las mismas argumentaciones. Dice en La batalla cultural, libro leído a raudales en América Latina y que quizá está sobre la mesita de luz del presidente:

“Utilizando lenguaje gramsciano, podría decirse que la función de que se trata tiene que ver con la conducción de procesos hegemónicos o contrahegemónicos. Es decir, tiene que ver con distintos esfuerzos (simbólicos, expresivos, reflexivos, creativos, etc.) destinados a reforzar los componentes culturales que mantienen unida a la sociedad o bien que procuren subvertirlos para impulsar otra visión del mundo, otro tipo de sociedad. Por ello el intelectual es un agente indispensable de la batalla cultural: su función es, precisamente, involucrarse de forma activa en estas batallas”.

Lali nos ha recordado cuán expósitos nos sentimos, huérfanos de proyectos, expuestos a la ira de las fuerzas del cielo en este viaje al fin de la noche.

AG/MF