SOY GORDA (ESEGÉ)
Mala suerte
Mientras la obra Las Adoro (que vi en el Galpón de Guevara) pone la lente en dos hermanos de más de ochenta años que actuaron durante toda su vida sin llegar a ser populares, La suerte de la fea (a la que asistí en Timbre 4) reivindica a una música escondida en el foso del escenario y que ejecuta su instrumento para deleite de la platea.
La primera pieza fue creada por Juanse Rauch, el mismo de Saraos Uranistas, Paquito, la cabeza contra el suelo y La Revista del Maipo. La segunda, es una invención del prolífico dramaturgo Mauricio Kartún.
Estas historias son el revés de la marquesina. Nos muestran la distancia que existe entre el resplandor y los márgenes del éxito y de la masividad. Hay que tener una gran destreza para evitar el dolor que resiste lejos del reconocimiento del público, cuando se estuvo tan cerca de las estrellas, sin alcanzar el firmamento.
Hablando de distanciamiento, en estos días en que se cumplen setenta años de la muerte de Bertold Brecht, es oportuno hablar de la técnica que creó el director y escritor alemán para su teatro político. Su propósito era lograr extrañamiento en la audiencia, es decir, que el espectador pueda pensar en el material escénico sin apegarse a las emociones que, para el autor de El círculo de tiza caucasiano, impiden la reflexión crítica. La conciencia es el motor de la acción revolucionaria.
Su propuesta es un cambio de paradigma respecto del teatro clásico, incluso del renovador de Stanislavsky, ese que apela a los sentimientos del intérprete recuperando la memoria emotiva.
En La suerte de la fea (con dirección de Paula Rasemberg) nos trasladamos a la porteñidad de comienzos del Siglo Veinte, cuando el varieté con distintas atracciones transforma a las orquestas de señoritas en el gancho para atraer el anhelo sexual de los hombres.
Entonces, las músicas se esconden con sus instrumentos por debajo o por detrás del proscenio y la falsa orquesta se convierte en la vidriera de los cuerpos figurantes más apreciados. Toda una simulación de ingeniería cruel.
En Occidente, lo feo y lo viejo siempre han sido desplazados a la sombra. Son los fetiches más baratos de la mercancía. En las dos obras, el cuerpo de la actriz, del actor y de la música funcionan como un archivo histórico de la lucha. Los personajes (Herminia es la genial Lucía Adúriz y José, (el fuera de serie Mariano Saborido) y la fea (impecable la Viola de Luciana Dulitzky) intentan contra viento y marea salir de la oscuridad que les impusieron.
Los personajes transitan con fragilidad y ternura el paso del tiempo y la exclusión. El escenario es el albergue contra el olvido, la discriminación de género y el espacio para la reivindicación y la dignidad de un rol que no eligieron, disidente de los patrones.
Son voces inmateriales, fantasmas dispuestos a ser mirados y existir, saliendo de la invisibilidad. Forman parte de la máquina del Show Business, como segundones necesarios, aunque no imprescindibles y al borde del descarte.
Su mala consideración ocurre en el pasado, aunque permanece en el presente, sobre todo a través del uso de los dispositivos visuales. No son la excepción sino la norma del Patriarcado.
Un fantasma aparece también en Noche de cúpulas, la visita que realicé al edificio de la London, de Avenida de Mayo al 500. Ese espectro de una mujer etérea, enfundada en un género blanco y enfática en sus modos, da paso al arribo de una bailarina que es artífice del vodevil y danza entre los asistentes.
Adriana Cichero, la Reina de las Cúpulas, nos invita a acceder al espacio de techo semiesférico, vía una pequeña escalera. La bóveda celeste simboliza lo divino, la unión entre el cielo y la Tierra. Desde allí se aprecian el Cabildo, la Legislatura y la Casa Rosada. Las cámaras se disparan incesantes para capturar el instante.
En el descenso, nos cuentan que el género musical criollo tuvo sus inicios a finales del Siglo Diecinueve, con el sainete y la zarzuela, poco antes del desarrollo de la burguesía local y el emplazamiento de las cuatrocientas cúpulas de Buenos Aires. Mucho tiempo después, el género absorbe sin freno los espectáculos de Broadway.
En la ocasión, se recrea en lo alto, muy cerca del coronamiento, a puro entretenimiento de un viernes soleado. Con pasajes cantados en los teatros del West End y de la avenida norte-sur más antigua de Nueva York, surgen Los miserables, El rey León, Billy Elliot, Next Normal y tantos otros.
La experiencia inmersiva se acompaña con una cazuela regada por Malbec. Julián Rubino, Sol Bloise en voces, Mariana Levitin en cello y Hernán Matorra en piano son los artistas. Hay una perla: en la confitería de la planta baja, una escultura de resina representa a un Julio Cortázar tomando un café. Es que allí, escribió su primera novela, Los Premios, una fábula cuyo punto de partida es la reunión de un grupo de viajeros premiados con un viaje extraño a bordo de un crucero, el Malcolm. Viajeros que no saben cuál será su destino.