El pez boliviano que respira por la piel y desafió a la extinción continúa en peligro
A los 12 años, el investigador de nacionalidad alemana Heinz Arno Drawert comenzó a estudiar a los rivúlidos (Rivulidae: Cyprinodontiformes) —pequeños peces que vivían en estanques temporales— en el acuario de su casa. La fascinación por esta familia de peces lo llevó a estudiar Ingeniería Ambiental y a realizar sus prácticas desde 2001 en el Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado, en Bolivia, donde hoy se desempeña como investigador asociado.
En 2024, Drawert, junto al acuarista e ictiológo alemán Thomas Litz, marcaron un hito para la ciencia, la conservación y la ictiología boliviana al redescubrir al Moema claudiae, un pez que se creía extinto.
La investigación, publicada a finales de 2025, fue determinante para que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y la comunidad científica boliviana actualizaran, en 2026, su estado de conservación. Este pequeño pez pasó de considerarse “Posiblemente Extinto” a “En Peligro Crítico”, un ajuste que no se realizaba desde hacía dos décadas. Sin embargo, a dos años de su redescubrimiento, la especie continúa en riesgo debido a la degradación de su único hábitat conocido: los humedales temporales de los Llanos de Moxos, en la cuenca amazónica.
Los humedales son estructuras hídricas naturales fundamentales para el equilibrio ambiental, la regulación del agua y la supervivencia de especies adaptadas a condiciones extremas. Un informe publicado este año por la revista especializada Zootaxa identificó de forma sistemática las especies de peces en Bolivia, posicionando a la cuenca amazónica como una de las áreas de mayor biodiversidad íctica en el país, con un estimado de 943 especies, de las cuales solo 690 han sido identificadas taxonómicamente.
Para Drawert, la conservación de Moema claudiae depende en gran medida de la protección de los humedales. Sin embargo, estas regiones se enfrentan a múltiples obstáculos, empezando por la ausencia de una estrategia pública de protección ambiental frente a amenazas como los incendios forestales, la expansión agrícola, la ganadería extensiva, la minería y la deforestación.
Marlene Quintanilla, ingeniera forestal y exdirectora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), quien no participó del estudio, refuerza esta idea mencionando que el marco jurídico en el país es aún débil. “Se puede decir que los humedales están huérfanos de protección legal a nivel nacional. Quizás se deba avanzar a escala departamental en regiones como Pando, Beni, Santa Cruz y Cochabamba”, dice la experta.
“En muchos casos se prioriza la producción económica, ya sea minera o hidrocarburífera, entonces siempre van a batallar con estos espacios”, agrega Quintanilla.
El pez que dio un salto en el tiempo
Cuenta Heinz Drawert que la búsqueda del Moema claudiae comenzó en 2019, lo que dio como resultado varias expediciones sin éxito. Estas visitas a campo suelen representar un desafío logístico que requiere meses de planificación: mapear humedales, gestionar permisos, preparar equipo técnico y asegurar suministros en zonas remotas donde el acceso a información es nulo. Una sola expedición puede absorber hasta un año de gestión.
En 2024, el equipo decidió explorar una zona desconocida en el sur de Beni, como parte del proyecto “Rivúlidos de Bolivia”, del Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado. Dos días antes de concluir el viaje, a primera hora, Drawert y Litz usaron métodos de captura tradicionales. Al izar la red, no esperaban hallar al pez que la ciencia daba por desaparecido hacía más de dos décadas.
Este diminuto vertebrado, que no supera los 3.91 centímetros en los machos y los 3.27 centímetros en las hembras, fue registrado por primera vez en 1997 por el investigador Wilson Costa, quien lo describió científicamente y lo nombró en honor a su esposa. Sin embargo, Drawert comenta que apenas un año después del hallazgo, la localidad donde registraron la especie —ubicada a 60 kilómetros al norte de Ascensión de Guarayos— desapareció por completo debido a la degradación del hábitat causada por la expansión de la frontera agroindustrial.
En 2016, tras una década sin un solo registro, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) lo declaró como “Posiblemente Extinto”.
Si en 2026, al cumplirse diez años de esa declaración, la especie no mostraba algún rastro, la UICN la declararía oficialmente extinta. Con su hábitat original destruido y sin nuevos avistamientos, todo apuntaba a que este pez microendémico de Bolivia no tenía posibilidades de supervivencia.
Sin embargo, en abril de 2024, tras una expedición de diez días y a 100 kilómetros del primer descubrimiento, los investigadores hallaron una población viva de Moema claudiae en medio de extensos campos de cultivo de granos —especialmente arroz— en la provincia de Marbán, Beni.
“Ese día nos fuimos temprano al lugar donde teníamos nuestro campamento establecido. Sacamos fotos, comparamos las imágenes con la información en internet y confirmamos, una y otra vez, que era la especie. Fue un día de fiesta y alegría”, recuerda Drawert. Tras el hallazgo, el estudio y la confirmación, los científicos lograron trasladar dos ejemplares a la colección ictiológica del museo, garantizando así una evidencia física para el estudio y la validación científica de la especie.
“En ecología de la conservación normalmente no tenemos segundas oportunidades; la extinción es para siempre. En este caso, estamos frente a una especie que se creía extinta y, de pronto, tenemos una segunda oportunidad para conservarla. Eso ocurre muy rara vez, es como haberse ganado la lotería”, comenta emocionado a Mongabay Latam.
El secreto biológico de Moema claudiae
Cuando los investigadores lanzaron y sacaron la red, notaron inmediatamente un rivulidae diferente entre varios. Moema claudiae no pasó inadvertido, los colores rojizos y naranjas en las aletas con un cuerpo grisáceo que combina manchas rojas y celestes metálicos llamó la atención de los científicos. Pero sólo hasta que observaron la mancha humeral negra, grande y alargada verticalmente pudieron reconocer al pez.
Drawert cuenta que lograron sacarlo y lo trasladaron en un balde para, finalmente, registrar por primera vez una especie viva en fotos. Mientras más pasaban las horas, los científicos se dieron cuenta de una particularidad en este tipo de peces. “Observamos el mismo comportamiento. Como teníamos varios juntos en el balde, saltaban, salían y se pegaban fuera del agua. Entonces ahí le dije a Thomas: ‘Ups, mira, estos también son anfibios’”, relata.
La familia de los rivúlidos posee un ciclo evolutivo único por su adaptación anfibia que les permite sobrevivir horas o semanas fuera del agua, transformando su respiración branquial en dérmica, es decir, a través de la piel. Como habitan espacios donde, en teoría, no deberían existir peces, han sincronizado su vida con los humedales temporales. Se desarrollan cuando el estanque está lleno, alrededor de seis semanas, y, cuando el agua comienza a evaporarse, los adultos entierran sus huevos en el sustrato.
Allí, los embriones aguardan meses o años, en estado de diapausa (descanso en el desarrollo de los insectos y otros animales pequeños), hasta que las lluvias inundan nuevamente el terreno y permiten la eclosión. Por esta razón se les conoce como peces anuales o estacionales.
Según Drawert, existen dos teorías sobre esta evolución. Al vivir en espacios mínimos, es posible que la alta densidad poblacional genere conflictos que fuerzan a algunos individuos a salir. La segunda hipótesis sugiere que, cuando el nivel del agua baja y dificulta la puesta de los huevos, los peces se ven obligados a abandonar el estanque en busca de nuevos sitios para asegurar su descendencia.
Además, estos pequeños vertebrados coloridos cumplen roles ecológicos fundamentales, ya que regulan el flujo de nutrientes, mantienen la salud de sus microhábitats y actúan como controladores biológicos de insectos como los mosquitos.
Para el investigador, aún no se dimensiona la importancia de estos peces, ya que ninguna otra especie podría reemplazarlos y advierte que los rivúlidos en Bolivia se enfrentan no solo a la deforestación, la alteración de los sistemas hidrológicos y la contaminación por agroquímicos, sino a un desconocimiento científico.
Muchas otras especies de estos peces atraviesan una situación similar sin que existan datos suficientes para protegerlas. Según la investigación de finales de 2025, publicada en la revista Nature Conservation, en el país se han registrado 32 especies de rivúlidos, de las cuales el 58 % son endémicas y un 8 % sólo ha sido documentada en su localidad tipo (en las llanuras de inundación del río San Pablo, Ascensión de Guarayos), lo que las hace extremadamente vulnerables a cualquier cambio en su entorno.
El desafío de los santuarios
Moema claudiae reapareció en el punto donde la selva amazónica se encuentra con la sabana de los Llanos de Moxos. En medio de los extensos cultivos, el pez halló refugio en un estanque de “aguas negras”. Estas zonas hídricas suelen tener características peculiares que permiten el desarrollo de estos pequeños peces.
Marlene Quintanilla explica que “toda la hojarasca que cae al suelo se concentra en el humedal durante la época húmeda. Esa biomasa genera condiciones químicas muy específicas, un tipo de acidez propia para estas especies tan raras y endémicas. Esa conexión entre el bosque y el humedal crea un entorno donde emergen especies únicas en el mundo”.
La expedición científica no sólo logró identificar con vida a Moema claudiae sino que encontró la zona con mayor diversidad de rivúlidos a nivel global. Mientras la literatura científica documentaba apenas cinco especies por hábitat, en este humedal —ubicado en Llano de Moxos— se encontraron siete. Según el artículo científico, esta abundancia se debe a la confluencia de unidades hidrográficas y ecológicas que coinciden en un mismo punto.
Drawert, coautor del documento, confirma que Bolivia es un epicentro global para estos peces: “Guarayos tiene una diversidad altísima, pero hay otra región cerca de la laguna Concepción, en la planicie del río Quimome, que es el segundo lugar con más diversidad de peces estacionales en el mundo. Hemos encontrado hasta seis especies juntas, una cifra que solo se ve en sitios específicos de África y Argentina. Bolivia alberga, prácticamente, el primer y segundo lugar con mayor riqueza de rivúlidos a nivel mundial”.
Sin embargo, los humedales se encuentran en constante riesgo de desaparecer. De acuerdo con el Instituto de Investigaciones Socio-Económicas (IISEC), desde 2001 hasta 2024 el país perdió 9.8 millones de hectáreas de bosque, lo que también afecta a humedales permanentes y temporales. Según el documento Humedales, un sostén clave de la Amazonía y su contextos de protección en Bolivia, hecho por la FAN, los humedales de todo tipo representan el 41 % del territorio del país y se enfrentan a impactos de la minería, los hidrocarburos, la agroindustria y el cambio climático.
En el caso de los temporales, además son estigmatizados como tierras improductivas o focos de infección. Para Quintanilla, la pérdida de los humedales representa un riesgo para el ciclo hídrico y la seguridad alimentaria de todo el país.
Por otra parte, las especies que habitan estos cuerpos de agua son microendémicas. Es decir, tienen una distribución tan pequeña que no pueden colonizar nuevos territorios. Si el estanque desaparece, la especie se extingue.
Quintanilla explica que la interdependencia entre los humedales y los peces responde a la cadena trófica: “Los peces son la base fundamental para sostener a otras especies, tanto migratorias como propias del lugar. Muchos animales persisten gracias a la concentración de alimento en estos humedales. Hay un mundo ecológico que sobrevive gracias a este ciclo de inundación”.
Futuro de la conservación y el rol de la ciencia
La situación de Moema claudiae es crítica y continuar con las expediciones ha significado un desafío constante. Tras el hallazgo de 2024, una siguiente expedición en 2025 fue limitada por el exceso de agua y en 2026 las actividades se han visto obstaculizadas por problemas sociopolíticos. Esto deja gran parte del territorio boliviano sin explorar y, actualmente, los Llanos de Moxos son el único lugar conocido que alberga a la especie en estado silvestre.
Sin embargo, aún no existe una estrategia de conservación clara para este diminuto pez. El Museo Noel Kempff Mercado, que lidera la investigación, tiene sus límites. Al respecto, Drawert comenta: “Nuestra función es la generación de conocimiento. Confirmamos la existencia, la ubicación y las características ecológicas de la especie. Tomar medidas de conservación le toca a las autoridades, a partir de ese conocimiento”.
El reto principal para la preservación de esta especie, y los rivúlidos en general, es garantizar la protección de los humedales. Pero Bolivia carece de una legislación específica para gestionarlos. Aunque la Constitución, en su artículo 374, reconoce los recursos hídricos como prioridad nacional y la Ley Forestal 1700 establece “servidumbres ecológicas” —franjas de protección en riberas y planos de inundación—, la realidad es confusa.
Según Marlene Quintanilla, el problema es técnico y político, ya que “se habla de servidumbres ecológicas y de franjas de protección de hasta 100 metros de la máxima crecida de los cuerpos de agua. El reto es determinar dónde está esa máxima crecida, quién lo dice y cómo se prueba”.
Robert Schock, alcalde suplente de Ascensión de Guarayos —zona donde se encontró por primera vez a la especie—, señala que la degradación de los humedales está impulsada por la expansión agrícola y la informalidad de la tierra, problemáticas que sobrepasan las competencias municipales y dependen de instituciones como el INRA o el SEARPI.
“Nuestra obligación llega hasta dar parte, porque ya hay un desvío de cursos naturales de agua que compete a una autoridad superior”, explica. Y añade: “Ha bajado un poco el uso de los humedales y la siembra de arroz en la provincia de Guarayos, porque estos arroceros se han trasladado a la provincia de Marbán, donde también podría verse afectado el hábitat natural del Moema”.
Mongabay Latam intentó comunicarse con Rolando Vargas, alcalde de San Andrés, de la provincia de Marbán —lugar donde se descubrió recientemente la especie—, para conocer sus planes de conservación del Moema claudiae y protección de los humedales, pero hasta el momento no ha obtenido respuesta.
Las expediciones científicas para buscar nuevas especies de peces de la familia Rivulidae se encuentran suspendidas por el contexto político, social y económico boliviano y no se prevé su reactivación hasta 2027. Para Drawert, el hallazgo de Moema claudiae trajo esperanza para la conservación de la fauna silvestre, también puso en evidencia las graves fallas estructurales que amenazan la biodiversidad boliviana.
“Hace poco me desesperaba, sentía esa urgencia de que el tiempo se nos acababa y no íbamos a lograrlo. En los últimos años me resigné, pero al menos intentamos hacer lo más que se pueda. Sin nuestro trabajo no se pueden tomar medidas de protección”, reflexiona.
REFERENCIA
Drawert HA, Litz TO (2025). Rediscovery of a thought to be extinct beauty: a second chance for conservation. Nature Conservation 60: 115-124. https://doi.org/10.3897/natureconservation.60.160386
El artículo original fue publicado por Brenda Villalba Sanchez en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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