Entrevista
Luis Sagasti: “La mirada poética se opone a la lógica de los algoritmos que nos digitan la vida para que seamos meros consumidores”
“En la oscuridad de la selva yace la realidad absoluta, sin metafísica ni amparo. Se trata de una realidad a tiro de piedra, la que ciertamente constituye el mundo y que nos reduce a la pura animalidad, es decir al presente crudo. El problema es que nuestra condición no nos permite alojarnos mucho tiempo allí sin comenzar a perder cordura” se lee en La realidad absoluta (Eterna Cadencia Editora, 2026), el reciente libro del escritor argentino Luis Sagasti.
Adentrarse en esta publicación ciertamente magnética, a la que el propio escritor ubica dentro de los libros de relatos aunque desconfíe de los géneros literarios o se dedique siempre a tironear de ellos, es como ingresar a esa selva bastante presente en las páginas de La realidad absoluta. Porque la literatura de Sagasti es un territorio lleno de sorpresas que ofrece imágenes al parecer conocidas –o mejor, resonantes: en el universo de Sagasti las cosas siempre se parecen a otras cosas; las caras, los gestos, los cuadros transmigran– y al mismo tiempo reveladoras.
Una vez más, el autor de Bellas artes, Maelstrom y Leyden Ltd., entre muchísimos otros, pone en funcionamiento su encantador modo de encontrar nexos insospechados y a la vez fascinantes en escenarios muy diversos. Tramados a partir de la figura de la esquirla –en La realidad absoluta se suceden tiempos, texturas, leyendas, escenarios, mientras persisten la inquietud alrededor de la infancia, las heridas que dejó de la última dictadura militar en Argentina, la memoria, la pérdida, el desquicio– en los textos se cruzan la pintura del francés Antoine Watteau, las fotos de Eduardo Longoni que exhiben una represión policial a las Madres de Plaza de Mayo, los proyectos desmesurados de Aby Warburg, la teoría sobre la timidez de los árboles, el cine de Werner Herzog, las novias en viaje de Pippa Bacca o las andanzas de un escritor fantasma.
– En las páginas del libro se lee lo siguiente: “El arte de cierta literatura consiste en lograr siempre una constelación nueva usando las mismas estrellas”. Quería arrancar por esto, por preguntarte en qué constelación pensabas cuando escribías La realidad absoluta, si es que pensabas en una puntual o si fue apareciendo a medida que escribías.
– ¿Todas las preguntas van a ser así de difíciles? (risas). Lo que pienso es una pregunta sobre esto de la historia a contar. ¿Es lo que le sucede a una persona? ¿Lo que le pasa a un grupo? Pensado así suena como algo muy acotado. Es como el famoso camino del héroe. Me suena como a un esquema, a una estructura. Pero yo creo que con el tiempo, con la edad, uno ya no busca tramas. Salvo, ponele, en algún policial, cuando uno lee quiere ver cómo resuelve el que lo escribió determinado problema. Pero salvo en algo muy puntual, las tramas ya importan poco, me parece, por lo menos para mi gusto. Creo que la sorpresa en general viene por otro lado. Creo, también, que a uno le gusta sorprenderse en cualquier ámbito, sorprenderse para bien. Con las historias no ocurre muy a menudo, pero cada tanto alguien combina de manera distinta lo que siempre se cuenta y eso para mí es un gran motivo de felicidad. Entonces por ahí sí, encontrar una manera distinta de formar, de contar una historia, a mí me parece maravilloso. Si lo logro en lo que yo mismo cuento me llena de satisfacción. Hasta que alguien viene y me dice “che, eso eso de la ballena blanca ya lo escribió Melville” (risas).
– Ya está usado, ya está tomado (risas). Entonces podemos decir que esa constelación la vas encontrando en el hacer, no es que vos te proponés una a priori.
– No, claro, yo creo que las cosas siempre surgen haciendo. El otro día estaba mirando un documental sobre Gerhard Richter, el pintor alemán abstracto. El tipo empieza como al azar a pintar la tela, pero ese azar lo va obligando a hacer cosas. Sin pretender compararnos con Richter, yo creo que nos puede suceder algo parecido. Vos tenés una primera idea, te sale algo y a medida que vas escribiendo se va acotando el repertorio de posibilidades narrativas. Ahí vas formando, si se quiere, una historia o una pequeña narración. Pero nunca se me ocurrió a mí de entrada “voy a escribir esto”. Estas cosas nunca vienen en paquete. Por otro lado, a mí y creo que a muchos no pasa, las ideas primero se me presentan como algo nuboso. Como una niebla espesa que va bajando a tierra, para usar una imagen ya bastante usada. Es como algo platónico: yo vislumbro algo que no sé bien qué es. Una serie de emociones o de, qué sé yo, cosas que se contraponen. Ahí nada está muy claro. Pero algunas de ellas a mí se me van clarificando a medida que voy escribiendo. Lo cual hace que el éxito de la faena sea bastante relativo (risas).
– Algo parecido le pasa al profesor de filosofía que aparece en varios tramos de La realidad absoluta, esto de ir detrás de algo un poco inasible pero no dejar de hacerlo. En el caso de él, algo así como una totalidad, un ser superior.
– Sí, en algún momento mientras escribía me empezó a aparecer el viejo. Y sí, una de las lecturas que se puede hacer de esos textos puede ir por el lado de ir tras un imposible, como el Quijote, ¿no? La faena que se propone es bastante ridícula pero también es de las que valen la pena. O sea, construir o restaurar totalidades. Pero, por supuesto, el fracaso es el único destino. A mí esa historia me gusta mucho. Me gusta mucho porque es muy lúdica, por un lado. Un poco absurda, también. Pero la idea era esa, decir “bueno, tratemos de restaurar algo que ya se ha perdido”. Y tiene que ser obviamente un viejo ante la indolencia de los demás.
– Sí, es un viejo pero tiene algo medio aniñado. En algún momento, de hecho, lo acompaña un niño y está al cuidado de una mujer que también podría verse como una especie de niñera aunque sea un tipo grande. Da la impresión de que siempre estás volviendo a la infancia, a pensarla, a narrarla. Pasaba ya en tu libro Bellas artes y en este también hay varias escenas alrededor de la infancia.
– Sí, yo creo que la infancia tiene que ser nuestro destino, pero sin la inocencia. No podemos regresar limpios a ella. Pero sí lo que me atrae de ella es la plenitud, el abandono de uno como niño ante las cosas que está haciendo. María Negroni decía que la poesía era la continuación de la infancia por otros medios, lo cual es muy cierto. En lo personal yo tuve una infancia maravillosa. Tal vez todo el mundo vivió una infancia así, pero yo recuerdo la intensidad con que hacía las cosas, con que dibujaba. También el entusiasmo que yo ponía que me duró bastante. ¡Me duró toda la infancia! (risas). No es que después se apaga sino que sencillamente adquiere otros matices. En la adultez todo es un poco distinto, ya uno entra en el plano de lo trágico. Pero mi infancia fue una infancia muy linda. No la extraño en absoluto, pero me gusta la idea de repente de recuperar precisamente la intensidad con que uno vivía, con que uno aprehendía el mundo. Y más hoy, en estos tiempos, en donde sencillamente y no descubro nada con esto, somos pura mercancía. Hoy nuestros deseos están de alguna forma suscriptos a un algoritmo. Tampoco quiero decir que la infancia de un chico de hoy no tenga la intensidad que tuvo la mía, para nada. Pero creo que algunas cosas transcurren actualmente de manera espantosa, porque toda esta vida algorítmica te quita creatividad. Por eso pienso en esa infancia donde el tiempo no pasa, donde todo es posible, hay que hacer un intento absurdo por recuperarla. Y la literatura a mí me sirve para eso, o al menos intento que me sirva para eso. Pero yo creo que aparece tanto el tema de la infancia en lo que escribo. Pero sin un atisbo de nostalgia.
La infancia tiene que ser nuestro destino, pero sin la inocencia. No podemos regresar limpios a ella. Pero sí lo que me atrae de ella es la plenitud, el abandono de uno como niño ante las cosas que está haciendo. María Negroni decía que la poesía era la continuación de la infancia por otros medios, lo cual es muy cierto.
– Como ocurría en tus libros anteriores, acá recuperás escenas, imágenes, personajes, historias de distintas procedencias. De la película Apocalipsis Now al origen de los cien metros llanos, las fotos de Eduardo Longoni o las novias en viaje de Pippa Bacca. ¿Vas acopiando esas imágenes? ¿Las vas registrando de alguna manera hasta unirlas y que eso arme un relato?
– Para la mayoría de las cosas que escribo, la información no es algo que yo saque de internet. En internet básicamente corroboro cosas, pero no es que las saque de ahí. Eso por un lado. En segundo lugar, tengo una extraordinaria memoria para la estupidez absoluta (risas). Por ahí no recuerdo cosas importantes como, no sé, cómo se hacen los cambios del auto, pero sí recuerdo cosas estúpidas porque tengo mucha memoria visual. De nuevo, por ahí esto le pasa a todo el mundo, pero a mí además se me suma que tengo un gran poder de asociar cosas. Toda la vida tuve esto de empezar a vincular una cosa con otra. Me sale naturalmente. Por supuesto que esos vínculos no necesariamente tienen valor literario y a veces los intento y veo que estoy forzando el asunto o que es demasiado metafórico o lo que fuera. Pero me nace eso. Algunas cosas resuenan fáciles como esta película, Apocalipsis Now o Aguirre, la ira de Dios, o Fitzcarraldo, los elementos de contacto están ahí. Supongo que incluso alguien ya ha escrito sobre eso. Pero encontrar estas cosas como encuentro entre algo de Rodolfo Walsh con El nadador de John Cheever, no sé bien, me sale. Las asociaciones me vienen.
– En La realidad absoluta de hecho hacés referencia a esta suerte de transmigración de imágenes, de imágenes que vienen de otras previas.
– Sí. Vos sabés que yo tengo un archivo con imágenes que se parecen unas a otras. Más allá de cierta memoria visual que evidentemente tengo, yo fui educado con estos libros que se llaman Pinoteca de los genios, la tengo siempre a mano. Se compraba en los kioscos, creo que una vez por semana, mi viejo la compraba. Desde chico la miraba todo el tiempo, a mí me fascinaba la pintura.
– Es curioso eso también, del artefacto literario que armás: todo el imaginario viene de fuentes concretas, de imágenes de películas existentes, de obras de arte concretas de otros, de artistas o teóricos reales.
– Sí, no hay ficción. O, mejor dicho, la ficción yo la puedo poner en una circunstancia, en una pequeña historia, o en la escenografía de lo que cuento. Puedo poner nieve, qué sé yo, para que cierre la historia mientras está nevando por ejemplo. Pero la historia es cierta. Por ejemplo, cada locura de Aby Warburg es real, el tipo estaba chiflado en serio. Parece que es una joda mía, pero no.
– Algo que me daba curiosidad es cómo nombrás a este libro. Está claro que si se recorre tu obra una podría decir que de alguna manera se va perdiendo el sentido de género. Al principio podríamos marcar que tal cosa es una novela y tal otra un ensayo, pero después no parece tan nítida esa división.
– Diría que es narrativa contemporánea. Son más relatos que otra cosa. Todos están unidos, pero no tienen tanta cohesión, si se quiere, como Lenguas vivas y los anteriores.
– ¿Te dejó de importar pensar en términos de género literario? ¿Qué te pasa con eso?
— Bueno, varias cosas pueden pasar. Por un lado, no hay nada, es puro invento, es puro fluir. Creo que deberíamos escribir así también. ¿Por qué conservar con plenitud los géneros? Me parece que lo que sale es lo que hay. A mí no me sale algo así como un género determinado. Tal vez sí en mis primeras novelas. Pero luego, digamos, lo que va saliendo es lo que yo respiro. Y esa respiración también se manifiesta en mi forma de dar clases. Eso a veces sorprende a los alumnos. Pero, en cualquier caso, esto también es una forma de ser contemporáneos. No es que lo hago a propósito o que me lo propongo y tampoco soy el único. El otro día hablaba con (Benjamin) Labatut y me decía “no sé si te pasa, yo no puedo leer más novelas, una novela de 400 páginas”. Algo de eso hay. Tiene que ser una genialidad. O puedo leer un clásico, por supuesto. Pero algo nuevo, en esa extensión y en ese género, me cuesta. Puedo leer 300 páginas, 400 páginas de la trilogía de Rodrigo Fresán, porque yo a veces agarro ese tipo de libros de cualquier lado. Leo 30 páginas, los cierro y agarro otras 30 páginas en otro lado. Además hay otra cosa, uno de algún modo transcurre fragmentariamente. Estás viendo una serie en Netflix que te gusta, pero por algún motivo la dejás de ver y después no la retomás, agarrás otra. A mí me pasa eso, cuando una serie o una novela que estoy leyendo me dio lo que creo que me tenía que dar, la dejo. Y antes era “no, cómo no voy a terminar Guerra y paz”. Pero en lo que yo hago no es un plan adrede. No, sale así. A veces se me ocurren ideas para novelas pero las termino desdibujando en estos textos. Me gustaría a veces dárselas a alguien (risas).
¿Por qué conservar con plenitud los géneros? Me parece que lo que sale es lo que hay. A mí no me sale algo así como un género determinado. Tal vez sí en mis primeras novelas. Pero luego, digamos, lo que va saliendo es lo que yo respiro.
– Bueno, en uno de los textos aparece la figura del escritor fantasma y también se pone en cuestión este asunto de las ideas y de quiénes son o qué es un autor. ¿Querías problematizar esto de algún modo?
– Sí, igual dejame pensar un poco. Por un lado, algunos dicen “ideas tenemos todos, lo verdaderamente difícil es llevarlas a cabo”. También puede ser al revés, alguien que tiene grandes ideas pero no tiene cómo llevarlas a cabo. Y a veces llevar a cabo una gran idea es bastante simple. El clavo. O la aguja, todos esos dispositivos que no pueden mejorarse, que nacen íntegros. No muchas cosas nacen íntegras, ¿no? Entonces sí, vos tenés una idea, se te ocurre algo que ya es prístino de entrada, eso sucede muy pocas veces. Entonces, como pasa muy poco, sí tiene mucho valor. Por otro lado, una idea puede ser banal, por ejemplo la de ese relato: un escritor fantasma le roba a un escritor una determinada idea. Bueno, sí. ¿Pero qué hacemos con eso? Se puede hacer una estupidez, como hice yo. O se puede hacer una cosa seria. O, bueno, se puede pensar en un capitán que se volvió loco y quiere cazar una ballena blanca. Después tenés que escribirlo. Igual es un tema en el que me quedo pensando en el tema de la autoría. Ahí se juega otra cosa. Yo he leído a algunos cuyo fin es desaparecer como autores. Es decir, escribir de tal forma que lo que hicieron sea anónimo. Esta idea de que lo que importa es lo que se está diciendo, que no se vea ningún rasgo de estilo. Es muy complejo hacer eso, pero no está mal eso de desaparecer un rato (risas). Por otro lado, también me parece que todos queremos tener una voz. No una voz en el sentido de que leés dos renglones y sabés quién es, eso pasa con muy poca gente. Borges. En cualquier caso, creo que uno debe proponerse no ser el autor, sino ser sincero con lo que tiene que decir, con las formas, con los materiales que tiene a su disposición. Solamente eso es lo que vale. Vos ahí construís de alguna forma una suerte de verdad. Luego, si tu voz desaparece en la lengua, si tu voz se alza como algo claro y distinto respecto del resto es algo que no te tiene que importar. De alguna forma, me parece que hay algo medio zen al respecto. Como pasa con las personas simpáticas: nunca saben que lo son. Entonces obran con simpatía y son maravillosos. El ejemplo claro es un nene de tres años naturalmente simpático, de esos que ante cada cosa que hacen todos lo aplaudimos. El hermano de cinco, de seis, celoso, lo imita. Y por una cuestión de piedad también aplaudimos, pero es un salame. Entonces ocurre eso: si vos querés ser enfáticamente un autor terminás siendo como ese nene de cinco años que imita al de tres. Yo creo que uno debería ser lo más espontáneo dentro de lo que puede. Ahí vas a atraer las palabras que tenés que atraer y después vendrán las otras, las historias, las pinturas, los sonidos. Pero yo creo que, a diferencia de otras artes, en la literatura esos desarrollos aparecen de más grande. Salvo algún Rimbaud y algún otro, no hay grandes genios de 18 años en la literatura. La experiencia vital te da cierta sabiduría y también muchas lecturas. Y leer demora, formarte como escritor demora. Entonces la genialidad es difícil que aparezca de muy joven. Pero, ya a cierta edad, si lo único que te planteás es “soy esta voz”, sos un papa frita. Eso tiene que surgir espontáneamente. Y si no surge, no surge.
– “En nuestro ADN confluyen ambas energías, poesía y capitalismo, pero siempre una predomina sobre la otra”, se lee en uno de los textos de La realidad absoluta. ¿Por qué quisiste exponer esta suerte de convivencia?
– Primero porque creo que es así. Y, en segundo lugar, por la situación que está viviendo el planeta, y en particular la Argentina, que está gobernada por una manga de frikis que parecen personajes sacados de Titanes en el ring. O sea, no puede ser cierto todo esto (risas). Estamos en una situación en donde los algoritmos nos digitan los deseos, las búsquedas. De alguna forma también terminan delineando los confines de parte de nuestra personalidad. Básicamente estamos programados para ser objetos consumidores y de consumo. Frente a eso, frente a una mirada que solamente busca la utilidad de las cosas, se opone la mirada poética, la mirada poética que aprecia la cosa en sí. La mirada poética se opone a la lógica de los algoritmos que nos digitan la vida para que seamos meros consumidores porque se detiene o es captada por la potencia de la singularidad de las cosas. La poesía es la que te instala en un presente, que es el presente de los niños. Por ejemplo, vos podés mirar una casa y verla como la casa en sí, como arquitectura. Apreciar la arquitectura. O mirar el terreno. Decir “el terreno tiene 10x40, lo tiramos a la mierda, hacemos un edificio”. Para mí la actitud poética es aquella que te permite la apreciación de la cosa en sí. No digo que uno tiene que vivir de esa forma todo el tiempo porque es invivible. Pero hay que estar la mayor cantidad de veces posible frente a lo real. Uno sabe que vive en una sociedad capitalista y hace cosas. Pero estaría bueno que prevalezca más esa mirada que en el plano humano te lleva a mirar a la persona como prójimo, para decirlo en términos cristianos. El próximo es el prójimo. Es decir, que vale en sí mismo. Y no que valga porque pertenece a un colectivo mayor. No digo que mirar así va a salvar el mundo, pero por ahí puede hacer de esto un lugar un poquito más habitable.
– En La realidad absoluta aparece una referencia a las redes sociales, donde se dice que proponen algo así como una corrección política asfixiante que recuerda al hexágono de los panales. ¿Te interesan las redes? ¿Circulás por ahí?
– Un poco, sobre todo en Facebook, aunque los pibes te dicen que eso es de viejo choto (risas). Pero es un espacio para gente que escribe mucho, para gente con la que podés debatir. Es como un café. Es un café, ni malo ni bueno. En un café, también, depende con quién te encontrás. En mi experiencia, la gente con la que yo interactúo en Facebook es muy interesante. Obviamente también tenés gente que pone cosas banales, todos podemos caer en eso también. A Instagram lo uso un poco menos. Debería aprender a usarlo mejor para, nada, divulgar lo que uno hace, pero me cuesta más. Y X, o Twitter, no tengo. Me parece un lugar, hasta donde sé, de mucha violencia, mucha estupidez. No me interesa en lo más mínimo. Además es muy limitado en los caracteres. Salvo que seas versado en haiku, ¡dejame de joder! (risas).
Estamos programados para ser objetos consumidores y de consumo. Frente a eso, frente a una mirada que solamente busca la utilidad de las cosas, se opone la mirada poética.
– El tema es que para muchas personas el universo virtual se ha convertido, para citar el título de tu libro, en la realidad absoluta.
– Es que sí, es la realidad. Por eso yo creo que un visionario de todo esto es Borges. Es una realidad de un dios ficticio que inventa este magnate yanqui y termina colonizando el mundo. Todo porque a unos nerds de Harvard quieren conectarse con no sé qué y terminan modificando la vida real tuya.
– ¿Y esto te asusta? ¿Te interesa para narrarlo?
– Me interesa narrativamente pero yo creo que ya está, ya hay dos cuentos que hablan de eso. Por algo Borges le publica Casa tomada a (Julio) Cortázar. Si uno se pone a pensar, Casa tomada, de Cortázar y Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges, plantean cosas parecidas, una realidad que va ocupando el mundo, va ocupando una casa hasta que los tipos se tienen que ir. Una realidad que es virtual en Casa tomada porque nunca ves nada. En el otro, Borges termina encerrado también, en un hotel, él traduciendo no sé a quién. Creo que esos dos cuentos, no digo que agotan el tema pero son metáforas extraordinarias. Habría que esmerarse muchísimo para hacer una nueva constelación con esas estrellas.
– Antes hablabas del gobierno de Javier Milei. En estos tiempos difíciles, de crisis económica y noticias siempre abrumadoras, ¿estás pudiendo escribir? ¿Te cuesta más? ¿Cómo transitás estos días?
– A mí me estimula. Y ojo que no es que yo escribo sobre la realidad circundante. Pero, por ejemplo, en lo que estuve haciendo ahora aparece esto de los grados del capitalismo y la poesía y ahora sigo más o menos por ese lado. Es una modestísima respuesta interior frente a una realidad que se torna absolutamente incomprensible. Incomprensible, no en el sentido teórico, si no, diría, en un sentido emocional. Uno puede entender teóricamente por qué ocurren estas cosas, lo podés explicar. Ahora, emocionalmente me parece inconcebible que un tipo como Milei sea nuestro presidente. No porque sea liberal, para nada. Pero que un tipo con estos serios problemas mentales gobierne nuestro país, más allá de increíble, es absolutamente vergonzoso. Basta ver cuando se encuentra con (Donald) Trump. La cara de Milei es la cara de un fan, no es la cara de un presidente. Eso a mí me da vergüenza como argentino. Un presidente es un presidente y habla de igual a igual aunque seas el presidente de Dock Sud. Todo esto por un lado me enoja, me entristece, me preocupa básicamente porque tengo dos hijos. Pero no me impide trabajar, al contrario, me estimula mucho. Puedo decir “pero la puta madre” cuando veo las noticias, pero igual escribo. Qué sé yo, hay gente que ha escrito libros en un campo de concentración. A la vez veo a este muñeco, la hermana, Adorni, Benegas Lynch y pienso “¡un tipo que habla con el perro muerto!, no puede ser!”. Es una mala novela de Aira. Básicamente si alguien escribe esto en un libro decís “che, no, bajá un poco”.
AL