Análisis

Marruecos, Portugal y el mandato táctico de los mundiales: la desconfianza

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Sería un gran aporte a la cultura de la confusión poder comentar dos partidos de fútbol como si fueran uno. ¿Cuál es el problema? Donde hay dos personajes, se ponen cuatro y listo. En este caso, se podrían combinar los partidos de Marruecos-España y Portugal-Suiza, llave sudeste de Qatar 2022, para intentar entender qué pasó en las seis horas en las que se reveló cuáles son los dos últimos equipos en subir al podio de los ocho mejores.   

En la puerta del Cementerio de los Eliminados, España esperaba por el entierro de Marruecos, atrapada por su propia manija y una fatalidad en curso, que era la de haber empezado goleando al por mayor en la primera fecha. Aunque no haya sido esa la impresión, es del lado de la mala fortuna que hay que situar los debuts que se parecen a los sueños cumplidos. 

España empezó el Mundial por el techo, y Luis Enrique se engolosinó con la tenencia. Un gesto de arrogancia sin Plan B. Entonces, Marruecos, que tuvo su primer plan en la presión ondulante (ir y venir del espacio a la pelota como una marea) y el segundo en los contragolpes aceleradísimos y de no más de tres pases, lo llevó primero al alargue y luego a los penales, en los que la euforia española fue arrojada a la hoguera de la depresión. 

Con Amrabat manejando la cabina de la última línea sin prescindir de las excursiones de anticipo, se armó el contrapiso impenetrable de Marruecos. De la inteligencia en las transiciones y las pausas después de la recuperación se ocupó Ounahi. Y si Sabiri no ganó el partido en el alargue fue por una pierna de Unai Simón y por su manía de no soltar la pelota un femtosegundo antes.

Atrapada en el cuento de hadas de su 80% de tenencia que sólo pudo traducir en retórica (tengo la pelota porque tengo la pelota; tengo la pelota para tener la pelota), empezó y terminó la primera hora y media con Asensio, Olmos y Torres estrolándose contra un equipo que encontró solidez en una dinámica de cobertura a la altura de un arte bello. 

España, literalmente, se encaprichó con su falsa verticalidad, lo que se notó en su manera de negarse a jugar hacia atrás. Ese fue su tabú, y una de las causas de entregarse al sacrificio de tener la pelota gestionar el espacio. Mientras eso ocurría, Marruecos no pegó ni destruyó el juego aparentemente superior del rival con mañas o artilugios desleales. Su defensa fue creativa, limpia y de una eficacia a la que la suerte acompañó sólo un poco, y no más que a España.   

Si hay una lección que se aprende de los mundiales de fútbol es que el primer mandato táctico debe ser la desconfianza. Hay que desconfiar de la ilusión de superioridad, vía regia de acceso al check-in de regreso. Fue una pena, porque España utilizó armas nobles, intentó componer un juego de conexiones cortas y no mereció irse tan pronto. Pero el valor de las intenciones en estos eventos de exclusión sólo sirve para alimentar la melancolía.

Con la psiquis colectiva inundada de impotencia, España llegó a los penales en un estado de debilidad que se vio en la respiración de los ejecutores, todos con apnea. A Bono le sobró largo para quedarse con los tiritos de Sarabia, Soler y Busquets. Sobre esa debilidad, Hakimi recibió del cielo la alternativa de picarla para caer en cuartos de final.

Todo lo que hizo Marruecos para paralizar el juego de España, dejó de hacerlo Suiza para sobrevivir a Portugal, un equipo que trabaja con sagacidad el empleo de sus talentos. De hecho, el inexpresivo Costa Santos apartó a Cristiano por alto nivel de narcisismo sin nada a cambio, y acercó a Ramos, que le hizo trillizos a una defensa sin coordinación, sin sangre y sin un sentido siquiera instintivo del repliegue. Demasiadas facilidades, no sólo para Ramos sino, sobre todo, para el círculo lúcido de Portugal, integrado por Joao Félix, Bernardo Silva y Bruno Fernandes, que se mueven libres delante de Otavio y Carvalho, los elementos de compensación de un equipo cada vez más integrado. 

Y Suiza, bueno, todo bien con Suiza, con Heidi y con el abuelo de Heidi. Anda muy bien en el tema relojes y en la exportación de chocolates. Felicitaciones. Pero su indiferencia para revertir el crecimiento de Portugal en el partido no sé con qué podría ser comparado. ¿Con una reserva de pingüinos? ¿De osos polares? Nunca fueron a las pelotas divididas con algo, al menos algo de lo que se necesita para no regalarla. De la línea de fondo sólo diremos que más de fondo no se consigue. Un eje de metegol se mueve más. 

Marruecos y Portugal marchan hacia un choque de trenes tácticos, y con ellas sus mentores. Walid Regragui tiene para mostrar de Marruecos la planilla de un equipo invicto en este Mundial. Lo que no pueden decir Francia, ni Brasil ni Argentina. Pero tiene en Costa Santos su antagonista perfecto, aquel capaz de hacer jugar a su equipo tanto hacia adelante como hacia atrás. No quisiera ser el iPad de estos emergentes bilardistas.