Cine
De cómo Francisco y León XIV casi coinciden en la ficción fílmica y en la realidad local
Muy probablemente, solo Tony Soprano, en aquella inolvidable serie que ya cumplió más de 25 años, se engullía los cannoli con un deleite tan hondo y contagioso como el que experimenta Arturo, el protagonista de Que Dios perdona a todos, comedia italiana que acaba de estrenarse. Y a la que quizás, para no sufrir en la butaca ansias de algo dulce, convendría asistir con una discreta provisión de chocolate con 65 por ciento de cacao, proporción que la experta repostera Flora indica para los postres sicilianos. En especial, la Torta Savoia, una de las tantas delicias que -casi podría decirse- coprotagonizan en primeros planos esta incitación a la gula, en el rubro golosinería. Es decir, la acentuada afición a manjares dulcísimos. En la ocasión, de la tentadora repostería de la hermosa isla sureña, a saber (aparte de los ya citados): sciù, cassate, sfincie de San Giuseppe, buccelatti, fruta martorana, iris…
Naturalmente, el guionista, director y actor protagónico, también autor de la novela original, proviene de Sicilia: Pierfrancesco Deliberto (1972), un señor que suele firmar Pif en algunas de sus intervenciones artísticas. Hombre orquesta, pues, que además es presentador de televisión.
En Que Dios…, su tercera cinta como realizador, aparte de rendirle apasionado tributo a dicha pastelería, se permite homenajear al Papa Bergoglio, a quien visitó en el Vaticano años atrás. Oportunidad que aprovechó para anunciarle que iba a escribir una novela que lo tendría de personaje destacado, al que se le plantearía la imposibilidad de cumplir escrupulosamente con todas las enseñanzas del Evangelio. Y Francisco, con ese tono indulgente y campechano que lo caracterizaba, le respondió: “Y no, lo perderías todo, tu trabajo, la familia…”. Hay pruebas documentales de esta escena de la vida real en el film, pero para verlas y oírlas hay que seguir mirando más allá del punto final de la ficción. Un bonus track, como ese chiste que cuenta una voz en off sobre los títulos finales de la cinta Tres adioses, de Isabel Coixet, todavía en cartel.
Entre Pepito Grillo y San Lucas
La primera imagen de Que Dios perdona a todos es la del rostro de un hombre -Arturo- visto a través de la ventanita calada de un confesionario, que discute con un presunto confesor acerca de la parábola evangélica de la oveja perdida, que lleva a un pastor a dejar las otras noventa y nueve que cuida para buscarla. “¿Y si la extraviada estaba en la dirección correcta?”, inquiere este hombre que, se sabrá a continuación mediante un flashback, perdió la fe de chico cuando, en el Mundial de 1982, Italia le ganó a Brasil. Y aunque el niño Arturo había rezado con fervor mirando la tevé, rosario en mano e hincando el diente en un canollo (singular de canolli), comienza a dudar imaginando a otro chico -brasileño- orando por el triunfo de su país. Y perdiendo sin atenuantes.
Vuelta al señor que le dice al confesor: “¿Toda esta historia de Dios no será una sarta de tonterías? Con perdón de Su Santidad…”. La cámara desciende por la cortina del mueble visibilizando una sotana blanca inequívocamente papal. Justo cuando empieza a sonar, ya sobre los títulos, la magnífica voz del tenor mexicano Ramón Vargas entonando el aria “Nel cor più no mi sento”, de la ópera La molinera, de Paisiello. Un inspirado tema que refiere a los dulces y amargos tormentos del amor.
Efectivamente, sin previo aviso que lo justifique, Arturo platica con el Papa Francisco a través de la reja de un confesionario, que no está en una iglesia sino al final de un largo pasillo. Empero, aquí no se hablará de pecados sino de citas del evangelista Lucas (el favorito de Jorge Bergoglio en sus homilías), de Santo Tomás (el que quería ver para creer), de San Agustín, paladín de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad).
Esas conversaciones que van puntuando el film, paralelamente al relato central sobre el apego dulcero de Arturo y su historia de amor con la emprendedora repostera Flora, ¿son una proyección de las dudas religiosas pendientes del protagonista que se imagina departiendo con el más sabio interlocutor? ¿O acaso el Papa argentino encarna la voz de la conciencia, una variante del Pepito Grillo de Pinocho, con tanta gracia trazado en el dibujo animado de Disney, 1940? Una historia la de Carlo Collodi que, desde que apareció como folletín en 36 episodios a fines del XIX, ha dado lugar a incontables adaptaciones en el teatro, el cine, ediciones muy diversas de libros infantiles, canciones como “Hasta el viejo hospital de los muñecos”… Sin ir más lejos, en estos días se estrena en salas una de terror, Pinocchio: Unstrung, que promete truculencia a manos llenas, con un Grillo devenido malvado con la voz de Robert Englund.
En sus intercambios con el Papa Francisco, Arturo recibe reiteradas alusiones al tercer evangelio, el de Lucas: las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano, el relato de la mujer pecadora que unge con sus lágrimas los pies de Jesucristo para escándalo de un fariseo (“Porque mucho has amado, mucho se te ha perdonado. Vete y no peques más”, la absuelve el Mesías), el elogio de la hospitalidad, de la misericordia. Este Francisco no solo no sermonea sino que se interesa por la comida siciliana, por la receta de los canolli inventados por las monjas de un convento, manjar que precisamente se rellena con ricotta de oveja azucarada. Y cuando Arturo trata de explicarle por qué sus amigos lo llaman pinniliupe por jugar muy mal al fútbol -imbécil, idiota-, cae en la cuenta sonriente el Santo Padre, en argentino: “Ah, un boludo”. Y en otro encuentro dirá de algún bocado siciliano que le gusta tanto “como el dulce de leche”. Esta versión amigable e indulgente de Francisco la compone con mucho acierto el actor español Carlos Hipólito. En principio, Deliberto había pensado en Luis Brandoni para ese rol, pero este intérprete estaba con otros compromisos de trabajo en esas fechas.
Más papista que el Papa
Como era de esperar, el flechazo total Arturo lo recibe en una pasticcería. Sucede al escuchar a sus espaldas una voz de mujer que lo apoya en una opinión sobre el momento de aplicar la crema pastelera en una factura. Nada más oírla y luego verla deja a A trastornado.
Hasta ese momento, su vida se limitaba a ser un buen agente inmobiliario, un pésimo arquero vapuleado por sus amigos y una especie de influencer en redes bajando línea ortodoxa sobre postres tradicionales de su tierra natal, que suele devorar en éxtasis con suma frecuencia, “el mejor camino del cielo”. Exquisiteces que no lo decepcionan, como le ha pasado con antiguas relaciones amorosas.
Como estamos en una comedia de las que favorecen el romanticismo, quiere la buena fortuna que a Arturo le adjudiquen la venta de un local cuya probable compradora resulta ser Flora, la chica que lo enamoró con sus criterios confitados. “Un rayo”, le comenta a Francisco que, para su asombro, le completa la idea con una cita literaria, y le suelta: “Yo también tuve una novia. No nací Papa”.
Todo parece armonizar y prosperar entre el agnóstico y Flora (la encantadora Giusy Buscemi): amor, erotismo, degustación de ricuras, diálogos con detalles refinados de recetas (“los buccellati exigen dulce de naranjas de Ribera y pistachos picados; de Bronte, provincia de Catania, por supuesto”). Una simbiosis que se empaña cuando ella -católica practicante-, se entera de que Arturo finge ser creyente para darle el gusto. La comedia se vuelve un tanto seria para plantear una paradoja cuando él decide probar de cumplir en la vida cotidiana las enseñanzas evangélicas al pie de la letra. Y se le hace difícil decir siempre la pura verdad, asistir a todas las personas que lo necesitan, dar hospitalidad al primer forastero que se le cruza (un inmigrante negro que no puede permanecer en el centro de acogida). Hasta el propio Francisco reconoce que no conviene adoptar de modo tan radical la palabra de Jesucristo. Pero le sugiere una pauta de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. En otras palabras, que un amor auténtico hacia los semejantes sería una buena guía para conducirse en la vida, sin alardear de superioridad moral, tampoco…
Formalmente sencilla pero muy eficaz en la formulación de sus propósitos, Que Dios perdona a todos no ofrece conclusiones unívocas, apenas sugiere opciones sin dejar de lado recelos y ambigüedades. Incluso el film da a entender que las llamadas mentiras piadosas pueden ser un buen gesto para comprender al otro. Pierfrancesco Deliberto, que vendió más de 200 mil ejemplares de la novela original y tuvo éxito con la versión cinematográfica, sigue en su posición de agnóstico, aunque reconociendo que el Evangelio “es un libro lleno de esperanza, igualitario, bondadoso. Inexpugnable”. Dicho en argentino básico: no hay con qué darle.
MS/CRM