Tenía 98 años

Murió Griselda Gambaro, la autora que cambió para siempre el teatro argentino

elDiarioAR

15 de septiembre de 2026 18:03 h

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“Soy lo que escribo y escribo lo que soy”, decía Griselda Gambaro. La frase puede funcionar como una síntesis de una vida dedicada a la literatura y al teatro, pero también de una obra que nunca quiso permanecer al margen del tiempo que le tocó vivir. La dramaturga y narradora murió este martes a los 98 años y dejó detrás una producción que modificó profundamente la escena argentina.

Gambaro fue una renovadora desde su irrupción misma en el teatro. En un ámbito dominado entonces por hombres y por las formas del realismo social, apareció con un lenguaje que incorporaba el absurdo, la crueldad, la amenaza y unos vínculos atravesados por mecanismos de sometimiento que podían comenzar en una familia y extenderse hasta abarcar a toda una sociedad.

“Yo creo que no le pedí permiso a nadie”, diría muchos años después al recordar aquellos comienzos. Y tampoco parecía dispuesta a hacerlo. “Siento que aparecí en el momento oportuno con la voz oportuna”, explicó alguna vez sobre el lugar singular que terminó ocupando en la dramaturgia argentina.

Había nacido en 1928 en el barrio porteño de La Boca, en una familia de inmigrantes. Allí hizo la escuela primaria y luego cursó el secundario en Barracas. Desde muy chica fue una lectora voraz y pronto descubrió que quería escribir. Pensó en estudiar Letras, pero finalmente descartó la universidad porque necesitaba tiempo para dedicarse a la escritura.

Trabajó en la biblioteca socialista Sociedad Luz y sus lecturas fueron ampliándose: Rudyard Kipling, Robert Louis Stevenson, Jack London, Anatole France, Horacio Quiroga y, más tarde, Silvina Ocampo. Cuando el teatro comenzó a interesarle, se sumergió en Chéjov, Ibsen, Pirandello, Eugene O’Neill, Armando Discépolo y Florencio Sánchez, entre otros autores. Pero cuando llegó el momento de escribir teatro, Gambaro no se pareció demasiado a nadie.

El escándalo de El desatino

En 1965 estrenó El desatino en el Instituto Di Tella, con dirección de Jorge Petraglia. La obra produjo una conmoción. Los sectores ligados al realismo social la rechazaron, mientras otros críticos vieron en aquel estreno la aparición de un lenguaje nuevo.

La polémica fue intensa. Gambaro recordaría años después que los autores de su generación le tuvieron “mucha inquina” y que nunca supo del todo si el rechazo se debía a que había aparecido “con un lenguaje diferente” o a que era “una mujer en un mundo de hombres”.

A El desatino le siguieron Las paredes (1966), Los siameses (1967), El campo (1968), Nada que ver (1972) y Sólo un aspecto (1974), entre otras piezas. En ellas fue construyendo un territorio propio, poblado por relaciones desiguales, víctimas y victimarios, silencios, amenazas y formas de violencia que muchas veces se instalaban sin necesidad de ser nombradas.

Su teatro podía hablar profundamente de la Argentina sin recurrir al costumbrismo ni a la representación literal de la coyuntura. Esa capacidad se volvería todavía más significativa a medida que el país ingresaba en sus años más oscuros.

La censura y el exilio

Durante la última dictadura cívico-militar, su novela Ganarse la muerte, publicada en 1977, fue prohibida por considerarse contraria a la “institución familiar y al orden social”. Gambaro partió entonces al exilio junto con su marido, el artista plástico Juan Carlos Distéfano, y sus dos hijos. La familia se instaló en Barcelona.

El desarraigo fue difícil y también afectó su escritura. Gambaro contó que durante aquellos años le costaba escribir narrativa y todavía más teatro: desconocía la historia del país en el que estaba viviendo y la relación que podía establecer con ese público.

En 1981 formó parte de Teatro Abierto, el movimiento que reunió a dramaturgos, directores y actores en un desafío cultural a la dictadura. Participó con Decir sí, protagonizada por Jorge Petraglia y Leal Rey.

Un año después llegaría una de las obras que terminarían de convertirla en una referencia insoslayable del teatro argentino.

“Yo me callo, pero el silencio grita”

La malasangre se estrenó el 17 de agosto de 1982 en el Teatro Olimpia, dirigida por Laura Yusem y protagonizada por Soledad Silveyra y Oscar Martínez, junto con Laura Murúa, Susana Lanteri y Patricia Contreras.

Ambientada durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, la pieza construye una casa sometida al poder de Benigno, un padre que impone sobre su familia una lógica de violencia y obediencia. Ese universo doméstico funciona a la vez como resonancia de un territorio dominado por el autoritarismo.

En el centro está Dolores, su hija, y el amor prohibido que establece con Rafael. Frente al sometimiento aparece entonces la posibilidad de resistir. “Quise contar una historia que transitara esa zona donde el poder omnímodo fracasa siempre, si los vencidos lo enfrentan con coraje y dignidad, si se asumen en el orgullo y la elección”, explicó Gambaro. Y hay una frase de Dolores que atravesó las décadas: “¡Yo me callo, pero el silencio grita!”.

El silencio es, precisamente, uno de los grandes materiales de La malasangre. Lo que no se dice, los gestos de sumisión, el miedo, la humillación y las palabras que finalmente consiguen pronunciarse construyen una obra sobre la violencia privada y pública, pero también sobre la posibilidad de enfrentarla.

Las mujeres y el poder

La situación de las mujeres fue otra preocupación persistente en la obra de Gambaro. No solamente porque muchas de ellas ocuparon el centro de sus textos, sino porque la autora interrogó las formas de poder que determinaban sus vidas. “La mujer tiene que meterse sin pedir permiso. Cuando puede, tiene que hacer lo que quiere”, decía.

Gambaro desconfiaba incluso de la idea de que la liberación femenina estuviera definitivamente conquistada. Señalaba la persistencia de la violencia familiar y advertía que la llegada de mujeres a lugares importantes de decisión no implicaba necesariamente una transformación si se continuaban reproduciendo “los modelos masculinos de poder”.

En ese sentido, encontraba una experiencia política diferente en las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, cuya forma de lucha consideraba capaz de cuestionar el viejo orden patriarcal.

Ese interés atravesó también sus relecturas de los clásicos. En Antígona furiosa dialogó con Sófocles; en La señora Macbeth, con Shakespeare; en Penas sin importancia, con Tío Vania, de Chéjov, y en Querido Ibsen, soy Nora volvió sobre Casa de muñecas para interrogar desde el presente a uno de los grandes personajes femeninos del teatro occidental.

Una escritura llevada a escena

A lo largo de su carrera, los textos de Gambaro encontraron interlocutores decisivos entre los directores argentinos. Laura Yusem fue una de sus grandes socias artísticas y llevó a escena cerca de una docena de sus obras. También trabajaron sobre su escritura Augusto Fernandes, Alicia Zanca, Roberto Villanueva, David Amitín, Rubén Szuchmacher, Pompeyo Audivert y Silvio Lang, entre otros.

Uno de los encuentros más singulares se produjo en 1986, cuando Alberto Ure dirigió Puesta en claro en un sótano del Teatro Payró, con Cristina Banegas como protagonista. Ure alteró el tono que Gambaro había imaginado, modificó modos de decir y llevó la pieza hacia un territorio inesperado. Ella, extremadamente cuidadosa de sus textos, aceptó aquella transformación. “Sentía que la obra estaba dicha como yo quería en algún sentido muy oculto, impredecible, incluso para mí”, explicó después.

Su escritura, decía Laura Yusem, poseía una “perfección insólita” y excedía ampliamente los límites de la dramaturgia. Porque Gambaro nunca fue solamente dramaturga. Escribió novelas, cuentos y literatura infantil. Entre sus obras narrativas sobresale El mar que nos trajo, publicada en 2001, donde recuperó parte de la historia de su propia familia.

Una autora fundamental

Los reconocimientos acompañaron una trayectoria de más de seis décadas. Recibió el Premio Municipal, varios premios Argentores, el Premio Nacional de Teatro, el María Guerrero, distinciones de la Academia Argentina de Letras y numerosos Konex. En 2016, el Instituto Nacional del Teatro le otorgó el Premio a la Trayectoria y en 2023 la Biblioteca Nacional la distinguió con La Rosa de Cobre.

En 2005 se convirtió además en la primera escritora en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Cinco años después, cuando la Argentina fue país invitado de honor en la Feria del Libro de Frankfurt, estuvo a cargo del discurso inaugural en representación de los escritores argentinos.

Sin embargo, su personalidad parecía estar en las antípodas de cualquier solemnidad. De perfil extremadamente bajo, no disfrutaba de las entrevistas ni de las sesiones de fotos. Seguía escribiendo a mano, después pasaba sus textos a máquina y otra persona los llevaba a la computadora. Vivía en Don Bosco y cuidaba con especial dedicación su jardín.

Tal vez por eso resulte especialmente apropiada una de sus reflexiones sobre la trascendencia. Cuando alguna vez le preguntaron si pensaba en ella, Gambaro eligió una imagen sencilla: el mar. “Cuando estoy frente al mar, pienso: si la Tierra no se destruye, el mar va a estar. Cuando yo no esté, el mar va a estar. Esa es la trascendencia. El mar va a estar”.

Griselda Gambaro ya no está. Quedan El desatino, El campo, Decir sí, La malasangre, Antígona furiosa, Puesta en claro y tantas otras obras. Queda, sobre todo, una manera de entender el teatro: como un territorio en el que aquello que una sociedad intenta callar puede, finalmente, hacerse escuchar.