La isla frente a una posible intervención de Washington

“Oí unos fuegos artificiales y temí que fuera un ataque de EE.UU.”: la tensión en la Cuba asfixiada por Trump

Andrés Gil

Enviado especial a La Habana —

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“Oí un ruido muy fuerte y pensé que era un bombazo”. En realidad no eran más que fuegos artificiales en una celebración en un paladar —restaurante— en plena noche, pero Elena —nombre ficticio—, una vecina de La Habana Vieja, explica el miedo que sintió: “Salí a la terraza y desde mi casa, que está en un piso alto, pude ver que se trataba solo de fuegos artificiales, pero por un momento pensé que era un ataque de EEUU. Además, era sábado, como cuando atacó Venezuela”.

En efecto, el presidente de EEUU, Donald Trump, suele ordenar bombardeos en fin de semana para sortear el castigo de la Bolsa, y aquel día que lanzó un ataque sobre Venezuela, el pasado 3 de enero, era sábado. Los soldados estadounidenses mataron a un centenar de personas, entre ellos 32 soldados cubanos de la guardia personal del presidente Nicolás Maduro, que fue secuestrado para ser encerrado en una cárcel en Nueva York.

Elena recuerda aquella noche mientras charla junto al Coppelia, la mítica heladería de La Habana retratada en la película Fresa y Chocolate, que ahora no vive sus mejores días por las dificultades para mantener los helados a la temperatura apropiada.

Y es que los efectos de la asfixia energética de Trump sobre la isla se perciben en cada pequeño detalle de la vida de los cubanos en la isla: La Habana se ha convertido en una capital silenciosa, en la que las calles se han olvidado de los atascos en hora punta y apenas se ven coches por la tarde, porque escasea el combustible. Y los vehículos que se ven son coches, motos y triciclos eléctricos, que hacen su agosto como taxis. El tránsito de los autobuses también ha descendido, la movilidad de las personas se ha reducido considerablemente y La Habana se ha convertido en una capital en la que no existe ese trajín de personas habitual en las grandes ciudades del mundo.

Una pareja del barrio del Vedado explica: “Nosotros le llamamos el sonido del 'no hay nada'. Cuando hay corriente, se oyen los ventiladores, los aires, el zumbido de las bombillas. Y cuando hay agua, se oyen las cañerías. Pero cuando no hay, el sonido es el silencio, todo está callado, está todo como en modo reposo”.

Y esa sensación desangelada se vive también en los hoteles, donde apenas hay huéspedes. “¿Quién va a querer venir si EEUU ha catalogado a Cuba de terrorista y hay cortes de luz y no hay combustible por el bloqueo energético?”, se pregunta un funcionario cubano.

“La situación se ha vuelto peor, y eso es una responsabilidad prácticamente exclusiva de Trump y sus políticas”; afirma Fabio Fernández Batista, profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana: “El costo del movimiento en la ciudad, máquinas mediante, se ha multiplicado por dos y por tres en unos meses, simplemente porque no entra petróleo a Cuba. Y todo el mundo este de los vehículos eléctricos ha garantizado un nivel de vitalidad en la ciudad que es tremendo”.

“Los problemas troncales que están marcando las tensiones en Cuba llevan acumulándose como mínimo 30 años”, asegura Fabio Fernández: “Trump y su política agresiva vienen a poner un escalón más dentro de una lógica mucho más antigua. Esto está agravando tremendamente el asunto y está poniendo contra las cuerdas al país, pero por el deterioro espiritual de la nación es más viejo, los supuestos esenciales estructurales de la crisis son anteriores a la política más agresiva de Trump y están más allá de la incidencia de la política histórica de Estados Unidos”.

La falta de petróleo, en una isla cuya energía tradicionalmente se ha generado a través del crudo, se traduce en apagones de más de 20 horas en la capital durante algunos días, que son mucho más largos en el interior del país.

Sara Kozameh, historiadora de la Universidad de California en San Diego, ha realizado estudios en la parte oriental de la isla, en la zona de Guantánamo, y explica: “La situación es extrema, tienen que aprovechar las horas de luz, sean cuando sean. Y te ves en la situación de tener que cocinar o de regar los campos a las dos de la mañana, en las horas en las que tienes luz, con las consecuencias que eso tiene para el descanso y la salud física y mental”.

En la autopista, vacía, entre Pinar del Río y La Habana, este viernes circulaban dos camiones cargados de vehículos eléctricos chinos que acababan de ser descargados en el puerto de Mariel. Pero no eran coches para ser expuestos en un concesionario, según explican fuentes gubernamentales, sino que han sido comprados por el Estado para hacer de taxis de enfermos de hemodiálisis y para convertirse en coches fúnebres, en tanto que el precio de la gasolina —10 dólares el litro— hace inviable que los enfermos crónicos puedan ir al hospital de forma cotidiana para sus tratamientos o que las familias puedan enterrar a sus muertos.

En esa misma carretera, de tanto en tanto se veía a personas recoger troncos y cargarlos en vehículos para usar la leña como combustible energético. Un día antes, este jueves, cerca del malecón de La Habana, dos hombres introducían leña en un edificio de viviendas afectado por apagones. “El problema de la leña es que ni las casas están preparadas para cocinar con ella, ni hay salida de humos y, además, es mucho más lento”, explica Felipe, mientras observa cómo los dos hombres van reduciendo el montón de leña de la calzada.

Diana y su esposo cuentan cómo se las apañan sin gas ni electricidad para cocinar: “Nosotros cocinamos con carbón, es como si cocinaras a la parrilla, con una cacerola encima. No solemos comprar un saco, sino unas cuantas jabas [bloques], que nos dan para varios días. Al final vives día a día, en función de a qué horas hay corriente, y aprovechas para hacer todo lo que puedas, desde cargar el móvil hasta una batería o un acumulador para poder encender el ventilador por la noche o preparar la comida del niño [que tiene tres años]”. El pequeño, explican sus padres, cada vez que le llevan a algún sitio pregunta: “¿Va a haber luz?”

El curso escolar y universitario ya ha acabado, con mes y medio de antelación, por la falta de electricidad y combustible, que hace inviable el transporte de los alumnos y los profesores, así como tener luz en las aulas, lo que tiene un impacto directo en uno de los pilares fundamentales de la revolución cubana: la educación, de la misma manera que está sufriendo el otro gran pilar del pacto social cubano, la sanidad.

Kozameh explica: “La gente está soportando una enorme alteración en su vida cotidiana y sus rutinas. En su capacidad para comer, desplazarse a donde necesitan ir y comunicarse con los demás, hay una clara desnutrición. He visto a niños y ancianos que, según pude comprobar, no habían comido y estaban mucho más delgados de lo que nadie debería estar, niños encantadores que insistían en compartir una pequeña bolsa de caramelos o una galleta con sus hermanos, para que todos tuvieran la misma parte. Hay crecientes problemas de saneamiento y salud, así como escasez de medicamentos sencillos, pero importantes y que salvan vidas. El aire es a menudo tóxico, porque la gente cocina con leña. Incluso en las ciudades hace varios meses que no se suministran bombonas de gas para las cocinas y la electricidad solo funciona unas horas al día”.

Fernández Batista, historiador de la Universidad de La Habana argumenta: “Durante años los cubanos podían decir: 'No consumo lo que quisiera consumir, pero tengo educación y salud pública de unos niveles que esto se convierte en horcón de mi conexión con el sistema. Incluso Fidel en la década del 90, en el medio del desbarajuste por el fin de la Unión Soviética, supo actuar políticamente para que ese soporte se preservara. Cuba logró unos indicadores extraordinarios de educación y sanidad que la ubicaban por mucho a la cabeza de América Latina y tenía posibilidad de competir con los países del primer mundo. Eso fue una realidad prácticamente hasta ayer”.

Y añade: “Esos sistemas empezaron a vivir crecientemente un deterioro de la mano de un descuido de las políticas públicas que debían incidir en ellos y debían darle sostén, en lo que Influye, por supuesto, la política de bloqueo norteamericano, que sobre todo tiene una incidencia mayor en el mundo de la salud pública, los insumos, medicinas y todo esto. El pacto estaba sostenido fundamentalmente en un conjunto de derechos y un cambio para bien en las condiciones de vida de la gente vinculadas con salud y educación. Los derechos la gente los naturalizó y ni siquiera son vistos como conquistas, pero la educación y la sanidad se han ido debilitando de una manera muy notable y la gente empieza entonces a marcar una distancia. Y uno no puede dejar de ver que hay también políticas que se han ido erosionando en esos históricos pilares del sistema”.

Así, Fernández Batista explica: “Yo creo que ahí hay una distinción entre la Cuba de hoy, la crisis de hoy y la crisis de los 90. En los 90 el Estado hizo magia, maravilla para que la educación y la salud pública se mantuvieran como pilares afectados por la crisis, pero más resguardados de los impactos de la crisis. Pero yo creo que ahora ya estamos en un mundo distinto. Hasta diciembre del 25 yo creo que se podía no descuidar lo que estaba pasando en esos sectores y al mismo tiempo hacer lo que tocaba hacer en materia de transformación económica para darle posibilidades de sostenimiento a esos sectores. Pero ahora ya estamos en un círculo del infierno especial”.

“¿Qué te puedo contar que no sea triste?”, explica Elena, la vecina de La Habana Vieja: “Llevamos seis décadas de bloqueo, y esta situación del bloqueo del petróleo es la más crítica. La covid-19 nos hizo mucho daño, y ahora ha llegado esto, y nosotros no somos ninguna amenaza para EEUU, nosotros solo queremos vivir en paz”.

¿Y qué puede pasar?

“Trump es un tipo bastante impredecible”, explica Fernández Batista: “Yo supongo que él está en una tensión entre gente a lo Marco Rubio, que probablemente lo esté impulsando a una acción violenta contra Cuba, y gente que le dice te puedes meter en un callejón sin salida y que te va a llevar a donde crees que tú quieres, al objetivo que quieres alcanzar. Yo creo que él está justamente en esa, en ese universo de fuerzas tensionantes”.

El profesor de Historia prosigue: “Si vas a secuestrar a alguien en Cuba en una operación a lo Maduro, ya no tienes el factor sorpresa que tuviste con Maduro. ¿Y a quién vas a secuestrar? ¿Vas a provocar con ese secuestro un colapso sistémico? No es tan fácil verlo, eso necesita niveles de complicidad con gente de adentro. Leer Cuba con los lentes de Venezuela es un error, Cuba se parece más Irán que a Venezuela, y para una dirección como la cubana es mucho más difícil seguir un movimiento como los Rodríguez de Venezuela. En el conflicto de Venezuela, Estados Unidos no tiene ni por la dimensión del conflicto histórico que tiene con Cuba, con un hombre y héroe como José Martí, que cuando estuvo a punto de morir se dijo que su misión de vida era luchar contra los Estados Unidos”.

Por otro lado, argumenta Fernández Batista: “Un golpe como el de Irán ha tenido el efecto terrible de destruir cosas en Irán, pero el sistema sigue ahí, los iraníes siguen ahí y no les ganaste. ¿Y una invasión? Eso parece difícil. ¿Y cuál es la capacidad real de defensa de las fuerzas cubanas? ¿Y de ese gen del nacionalismo cubano que está un tanto dormido pero vivo, cómo puede convertirse en mecanismo de resistencia? Y hay un elemento que es fundamental, no es lo mismo tirar bombas sobre Teherán que sobre La Habana. La Habana forma parte de Occidente, sería tremendo”.

Además, prosigue el historiador: “Hay una lógica de revancha [en Marco Rubio y los cubanoamericanos] a la que le tiene miedo mucha gente, y eso los convierte en actores articulados con el sistema. Hay un factor que atraviesa todo esto, y es Rubio. Si hubiera otro secretario de Estado más pragmático, que no tuviera una cola tan larga con Cuba, si estuviéramos ahora con dos gringos normales, se podría, creo yo, establecer un modus vivendi mucho más normal. Pero está Rubio en el medio, cuyo capital político pasa por Cuba”.

Diana y su esposo, mientras su hijo de tres años juega alrededor de la mesa, apuntan: “La gente no quiere que nos impongan nada desde fuera, y esto no va a ser como Venezuela. La gente se va a defender si viene una invasión”.

“Hoy hay gente dispuesta a combatir a los Estados Unidos en un monto superior a lo que eran las filas del 26 de julio en la década de los 50, y el 26 de julio en la década de los 50 logró desestabilizar al Gobierno de Batista y terminó derrocándolo”, recuerda Fabio Fernández: “En Cuba hay suficiente gente capaz de actuar en esa lógica y supongo que los asesores de Trump se lo han dicho: 'Oye, esto puede ser muy complicado”.