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Fin para una era extraordinaria

Argentina cae de pie, España alcanza la gloria

Lionel Messi rompe en llanto, durante la ceremonia de premiación tras la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 entre España y Argentina, en Nueva Jersey, EE. UU.

Pablo Perantuono

19 de julio de 2026 01:40 h

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Una expulsión, la salida de sus dos marcadores centrales por lesión y, sobre todo, el implacable juego coral del rival hicieron que el mejor ciclo de la historia argentina culminara hoy en New Jersey, Estados Unidos, el país que organizó un Mundial singular, plagado de goles, alto vuelo, calor y desatinos. España es el nuevo rey del fútbol y está bien. No solo se adueñó de una final de forma justa, sino que jugó un torneo impecable de punta a punta, ganando siete de sus ocho partidos y recibiendo tan solo un gol.

Es el final. Suena “Un beso y una flor” de Nino Bravo y los españoles deliran. Su equipo llega a la cumbre sobre los hombros de su fútbol, un fútbol que sin ser de época lleva en sus pliegues los mejores atributos de este juego. Argentina, por su parte, pone fin a una era extraordinaria y a un Mundial superlativo. Hoy, ante el calor de no menos de 40 mil fanáticos que vinieron a verlo ganar, abdicó de su reino de pie. No hizo un buen partido, es cierto, y solo pudo generar peligro cuando ya estaba en desventaja, en el epílogo del tiempo suplementario, pero también es cierto que hubo atenuantes. Lo dicho: la salida de sus defensores centrales -baluartes del equipo hasta aquí-, la inoportuna expulsión de Fernández y la capacidad del nuevo campeón para neutralizar a Messi -fue su partido más opaco- y compañía determinaron el desarrollo de una final sin demasiado brillo.

Argentina se despide de su peripecia en Estados Unidos con la frente en alto. Su aventura aquí ya ingresó en la memoria, ya será parte de los highlight de YouTube, ya tuvo todo lo que su gente y los jugadores habían venido a buscar: épica, buen fútbol y un Lionel Messi superlativo.

El partido en sí no dejó mucho para el análisis. Hubo un dominador, el equipo de Yamal, desde el mismo comienzo. En el primer tiempo, hasta el cooling break, no sucedió demasiado, pero el nuevo campeón parecía tener la capacidad de ser un poco más agresivo y menos esquemático. No tenía un dominio abrumador ni mucho menos, pero sí era más amenazador.

La batalla era en el mediocampo, donde Rodri era, y es, el duque en sus dominios, y partir de él España pudo plantarse en el centro del ring y disponer de la iniciativa.

El segundo tiempo, tras el fiasco de la actuación de Madonna -en vivo ni se la vio-, continuó con la misma temperatura: tórrido por el clima, destemplado por el fútbol. El ingreso de Paredes por Nico González fue un intento de Lionel Scaloni para que su equipo pudiera tener un poco más la pelota. No hubo caso. Los ingresos de Pedri y de Ferrán Torres en España, en cambio, sí funcionaron. El primero empezó a manejar la pelota, a jugar en el jardín de su casa. El otro es el nuevo héroe ibérico, el que hizo el gol que los llevó al cielo.

Irremediable, el partido se deslizaba hacia el lado español. Argentina se llenaba de faltas, lo que determinaba que el equipo de De la Fuente tuviera, al menos, la posibilidad de lanzar los tiros libros al área. Un cabezazo de Torres, tras centro de Lamine Yamal, fue detenido en la línea por Emiliano Martínez, que antes había fallado en una salida. El coolling break, esta vez, se pareció al minuto que piden los técnicos en el basquet para ordenar un poco a sus soldados, para que no se dispersen, para recordarles que en una final del mundial cualquier error se paga con el segundo puesto.

El partido, por hacer una analogía mitológica, se parecía a la final de Italia 90: un equipo yendo y el otro que comenzaba a sufrir bajas. Su infantería empezaba a sucumbir por la acumulación infernal de batallas.

Argentina seguía sin encontrar los circuitos de juego. España demostraba una vez más que presionando es el mejor equipo del mundo: defiende reagrupándose constantemente (del mismo modo que, por caso, lo hace el Manchester City).

Hacia la media del segundo tiempo el ganador había acumulado al menos cinco tiros al arco; el campeón saliente ninguno. La diferencia, por momentos, era notable: parecía física, parecía de recursos.

La roja a Enzo Fernández -más vibras de Italia 90: aquella vez el que se fue fue Pedro Monzón- desnudó en parte la impotencia del equipo albiceleste, que corrió detrás de la pelota como nunca lo había hecho en el torneo. El desgaste era demoledor. La Argentina acumulaba foules. Uno de Leandro Paredes posibilitó que Yamal, de tiro libre, volviera a probar a Martínez.

Los noventa minutos terminaron y todo hacía prever que el suplementario sería algo parecido a un suplicio para el equipo de Messi, que seguía en modo apagado, sin encontrar espacios ni socios.

¿Sería capaz Argentina de seguir apelando a la épica para mantenerse competitivo en un partido que le era claramente desfavorable? ¿Hasta donde llegaría el corazón, la suerte y la capacidad del campeón de capear un nuevo temporal, de cruzar el desierto tolerando el viento rojo?

Un cabezazo de Merino tras centro de Cucurella salió pegado al palo izquierdo de Martínez y siguió aumentando la capacidad de resistencia albicelete, ya al borde de lo intolerable para el corazón de su gente.

Se fue el primer tiempo del suplementario y todo indicaba que la presión española se convertiría en un aluvión. Y así fue: un centro muy pasado desde la derecha de su ataque fue bajado de cabeza por Williams y empujado por Torres al arco. Era justo, al cabo. En New Jersey se desataba la fiesta ibérica.

Con uno menos y un equipo remedado, Argentina intentó la heroica. Giuliano Simeone y Marcos Senesi tuvieron sus chances, pero todo parecía ya juzgado. Fue el final.

España volvió a subirse al Olimpo del fútbol. De forma irreprochable, consiguió su segunda estrella. El título no es casualidad: hay un linaje futbolístico que lo respalda, una cultura que comenzó su transformación recién en los años 70 gracias a un extranjero, Johan Cruyff, cuya sabiduría para jugar revolucionó para siempre el deporte en la península. Luego llegó él mismo Cruyff como entrenador, la explosión de la Massia, la aparición de Guardiola como DT en el Barça y la brillante generación que se coronó en Sudáfrica en 2010.

Conocedor como pocos del fútbol del nuevo campeón, Jorge Valdano se encargó de señalar en una columna esos atributos. Vale la pena citarlo: “Admiro del fútbol español la construcción de un estilo que el tiempo convirtió en escuela. Llegó brillantemente a la final de la Copa del Mundo, en la misma semana en que fue campeón de Europa sub 19 en hombres y en mujeres. Viene de atrás, apunta lejos. La tendencia nos está llevando hacia un fútbol cada vez más atlético (…) pero España mide a los jugadores por el tamaño del talento, no conoce espacio más relevante que la circunferencia del balón y juegan todos para todos”. Así fue hoy. Así lo padeció el inolvidable equipo de Messi, el mismo que hace rato ingresó a los mejores salones de la historia.

PP/MF

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