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El domingo busca la Copa ante España

Un triunfo para toda la vida: Argentina gana 2-1 a Inglaterra y es finalista

La victoria de Argentina ya es parte de la memoria colectiva

Pablo Perantuono

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En una tarde histórica, cuyas secuencias el futuro exhibirá en loop hasta saberlas de memoria, Argentina, el campeón del mundo, el cuadro de Lionel Messi, el genio crepuscular cuyo equipo ha venido cincelando el ciclo futbolístico más grande de su rica historia, es otra vez finalista de un Mundial. La inolvidable, emocionante victoria ante Inglaterra por 2 a 1 lo coloca nuevamente en una final. Será el domingo a las 16 en Nueva York.

Bailan los argentinos en Atlanta. Saben que la victoria adquiere una relevancia de una profundidad desconocida hasta aquí, no solo porque se ganó un partido con una carga simbólica extraordinaria, sino porque se logró con los mejores argumentos posibles, con un fútbol superlativo desplegado a partir de verse otra vez en el piso.

Desde entonces, desde que Inglaterra abrió el marcador, Argentina sometió a su rival, que quedó reducido a una mueca, el eco lejano de lo que tanto asustaba. Fueron cuarenta minutos eléctricos y llenos de fútbol en los que los británicos -que llegaron como favoritos- solo se dedicaron a revolear la pelota, a encallarse cerca de su área, a esperar. Todo ese ciclo de dominio entra derecho al museo de nuestros mejores recuerdos.

Lionel Messi celebró el segundo gol

Antes había habido un partido muy distinto, de una respiración contenida, aquietada. Ese primer tiempo fue como una pulseada pero jugada solo con los dedos. Nadie se animaba a entregarse del todo, sabiendo que era mucho lo que había para perder. Era un duelo de colmillo y filo, de miradas torvas y roces. Esperable por cierto: una semifinal del Mundial tiene este tipo de ingredientes, una coreografía de gestos hostiles y pocas jugadas elaboradas.

La tensión se sentía en la atmósfera cargada del Atlanta Stadium: de las tribunas caía un murmullo permanente y pesado, como el rumor que antecede a una avalancha. Cada tanto se producía un estallido, pero por cosas nimias: una gambeta, una posición ganada en la cancha, un córner que se cedía. Poco, muy poco. El partido era una bomba que nadie desactivaba, estaba ahí, viva, con sus cables al aire pero con ninguno de los dos equipos con capacidad para desactivarla.

Enzo Fernández hizo un golazo

Hasta el cooling break parecía un poco más Inglaterra, con amenazas mas latentes por sus costados, peligro encarnado tanto por Spence, su lateral izquierdo, como por Rogers, su delantero por la derecha.

Luego de ese primer corte, el campeón apareció en escena. Fue a través de Messi, como no podía ser de otro modo. El genio de Rosario se sacó a dos ingleses de encima y otros dos lo bajaron. El estadio rugía. El ídolo mundial había dicho presente. Tras el tiro libre, hubo un rebote y tomó la pelota Enzo Fernández, cuyo disparo salió muy cerca del ángulo derecho de Picksford. Enzo también avisaba. La sangre le hervía a todos pero él tenía el pie caliente. Era el primer tiro al arco del partido. Iban 32 minutos de juego. Nunca en la historia de las eliminaciones de Mundial dos equipos habían tardado tanto en llegar a un disparo.

Era un partido de momentos, o peor: de micro momentos. La pelota se escondía, esperando el menor descuido rival, que no aparecía. Todo era así, con los nervios agarrotándolo todo.

La hinchada con más fervor que nunca

El segundo tiempo arrancó con una gran jugada de Julián Alvarez que Picksford sacó al córner en el primer palo. Había colaborado en la elaboración el jornalero Giuliano Simeone, cuyo atolondrado rastrillaje no tuvo nada de glamoroso, es cierto, pero le dio rédito al equipo en situaciones puntuales.

Hasta que llegó el gol que lo cambió todo. El de Gordon, quien lo consiguió ganándole la espalda a Molina, el costado más vulnerable del equipo en lo que va del Mundial. Había sido una jugada larga y rápida en la que Tagliafico había rechazado la pelota a medias. Atribulados, los dos laterales, un karma de este equipo desde hace años, estuvieron involucrados en la jugada.

Pero el tanto despertó al campeón, que reaccionó y arrinconó a su rival. Todo pasó a ser del equipo de Messi, que incluso jugó, por momentos, en modo ya no 2022, sino 2012, porque hizo apiladas dignas de su tiempo de esplendor, no porque los tiempos actuales no lo fueran, sino porque descolla por otras vías. Un centro suyo terminó con un cabezazo de Nico González -había ingresado por Paredes- que fue salvado por Picksford.

Todo era de Argentina, que con dos cabezazos -una vía que se revelado como un atributo inesperado- casi convierte. Uno fue de MCAllsiter -al palo- y otro de Nico Gonzalez. El campeón merecía el empate. Pero Inglaterra transitaba su propia cruzada: un fuerte que parecía inexpugnable.

Lionel Messi celebra el triunfo

Desesperado, Scaloni quemó las naves: entró Lautaro Martínez por Tagliafico. Antes había ingresado De Paul, que enseguida tomó contacto con la pelota y generó claros, distribuyó pases se asoció con Fernández, que jugó de cinco y tuvo un segundo tiempo consagratorio. Pero el fuerte británico no cedía.

Hasta que cayó el imperio. Otra vez Enzo, el de los goles importantes, el que no había jugado mal pero había rendido por debajo de sus posibilidades hasta aquí, marcó el empate. Un derechazo combado que dibujó una elipsis preciosa, tocó la red e ingresó de lleno en la historia contemporánea.

Qué decir entonces del segundo gol, el de la victoria, el que barnizó de épica la inolvidable tarde de Atlanta. Conmovedor como ha sido hasta aquí, a sus 39 años, Lionel Messi tomó la pelota sobre la derecha del ataque y se desmarcó de un defensor al que le lleva 20 años, 20 años de gloria, por otra parte. Nico O´Reilly tenía un pedazo de leyenda delante suyo y se rindió a sus pies, la dejó pasar. El centro de derecha del rosarino cayó como una emboscada en el corazón del área, donde aparecía Lautaro Martínez. El cabezazo del Toro viajó a la red y se convirtió de inmediato en postal: ese gol será visto decenas de veces por las futuras generaciones.

Había sido tal el dominio de Argentina durante el segundo tiempo que Inglaterra ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, mucho menos aún de elaborar alguna jugada aceptable, digna de la jerarquía de sus jugadores. Desaparecidos Bellingham y Kane, el equipo de Tuchel se rindió ante la grandeza argentina, que ni siquiera le cedió una chance de empate.

Cuando el árbitro marcó el final, el Atlanta Stadium pareció levitar, suspendido en el aire por el hito futbolístico que había sucedido en el césped. Guiado por la sabiduría de su capitán, el campeón había vuelto a demostrar que no piensa bajarse de la cima. El domingo en Nueva York irá a defender lo que le pertenece. Su fuego sagrado, el rojo de sus corazones rojos, quema y arde como sus triunfos.

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