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Entrevista

Brigitte Baptiste ecóloga y activista queer: “Un poco de realismo planetario nos hace bien”

La ecóloga y activista queer colombiana Brigitte Baptiste

Alfredo Jaramillo

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Brigitte Baptiste aterrizó hace minutos en la ciudad de San Juan pero casi ni se le nota: las botas altas, el vestido ceñido al cuerpo y el maquillaje han llegado intactos al Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson, donde será la encargada de cerrar el segundo foro Conexión arteBA por la reconocida feria de arte contemporáneo y que este año llevó como título “Conversando con lo vivo”.

El foro es una especie de feria itinerante que mezcla debate académico, visitas a estudios de artistas y small talk de vernissages, un espacio ideal para asomar la nariz y captar la esencia de ese espacio inasible entre arte y mercado. Este año se agregará a esta ecuación el debate sobre la transición climática, y Baptiste parece la persona indicada para alcanzar el clímax: esta bióloga colombiana no solo fue directora del Instituto de Investigación Alexander Von Humboldt por casi diez años, antes de convertirse en rectora actual de la Universidad EAN, una escuela de negocios enfocada en el emprendimiento sostenible. Es, sobre todo y muy visiblemente, una mujer trans.

Ecóloga, activista queer y autora de libros como Transecología, Una guía patafísica para habitar las transformaciones del mundo (Ariel, 2025), Baptiste habita en su cuerpo lo que algunos podrían llamar contradicciones y que ella desestima amparándose en distintas posibilidades combinatorias de la vida humana y no humana. Cultiva un estilo propio que recuerda a una vedette y lo subraya en el nombre propio adoptado de su musa inspiradora, la actriz francesa (y también activista ambiental) Brigitte Bardot. Su biografía escapa a las definiciones fáciles. Sus opiniones políticas también.

Brigitte Baptiste en el segundo foro Conexión arteBA

—Fuiste una de las figuras que apoyó la candidatura del Presidente Gustavo Petro en Colombia durante sus inicios y después te abriste con una postura muy crítica.

—Sí, como gran parte de los académicos, de los intelectuales más liberales que ofrecimos apoyo a un proyecto de izquierda que parecía muy renovador, muy pacificador, y que nos deja un sinsabor tremendo.

—¿En qué aspectos se sintieron desengañados?

—Muy rápidamente el gobierno empezó a aplicar la misma agenda que había jurado no aplicar del chavismo. Así, de guión: modificar la Constitución, imponer leyes, un autoritarismo creciente para incrementar la regulación del Estado en todos los frentes, confrontación con el Congreso, que no es que sea “una perita en dulce”. Nuestros congresos son también unas desgracias, pero por lo menos son colectividades muy representativas, al fin y al cabo, de la realidad del país. Una confrontación muy dramática, que finalmente llevó a que no se hubiera podido reformar nada en cuatro años. Ha habido muy pocos acuerdos nacionales para temas sustantivos como el tema de la paz, como el tema de la salud, como en los temas laborales que sí se habían visto muy maltratados en los gobiernos de derecha. Pero luego los temas de vivienda, ambientales, comerciales, todos muy, muy estancados.

Y tal vez donde hay una mayor presencia de un proyecto político es en los temas de desarrollo rural y de reforma agraria, que son muy clásicos y básicamente pasan por la recuperación de la propiedad de la tierra y la distribución de la tierra como fundamento productivo y agropecuario. Hay una visión muy sesentera a mi criterio y de muchos de mis colegas en ese sentido, porque el presidente suspendió toda la exploración y explotación de petróleo, ha tenido una actitud absolutamente violenta, incluso diría, contra la minería y lo que él llama el extractivismo. Todos los sectores extractivistas que tienen que ver con la construcción de infraestructura, con la energía, se han visto muy afectados. Es una visión muy antigua de lo que es la revolución o lo que es la construcción de país, todo nos sentimos como Mao (Tse Tung) en 1960, las marchas de los indígenas, los campesinos, un discurso que cala mucho porque la inequidad sí es real, los problemas de acceso a la tierra son reales, los problemas de producción, de alimentos y de acaparamiento de sistemas productivos son reales. Entonces nos vemos como en una repetición de la historia, ¿no? Pero con mucho temor de que volvamos a quedar atrapados en versiones autoritarias.

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La relación entre arte contemporáneo, los modelos socioeconómicos y la aceleración de la transición climática se convirtió hace tiempo en una zona de interés para la escena de arte global y las instituciones que lo sostienen, que van desde museos, ONGs, coleccionistas privados y empresas multinacionales. Además de los artistas, claro.

Dos episodios argentinos recientes muestran cómo la agenda ambiental comenzó a ganar cada vez más espacio en la gestión de las instituciones artísticas y los proyectos editoriales: el estreno de Geonnitus, un concierto audiovisual sobre el fracking realizado en el marco del ciclo Colón Contemporáneo en marzo de este año; y la presentación del libro Momentum: Arte y ecología en la América Latina contemporánea (Caja Negra), un proyecto del Instituto Cisneros del Museum of Modern Art de Nueva York, celebrada en el Centro Cultural Recoleta el mismo mes.

La existencia de Conexión arteBA termina de confirmar una tendencia en curso donde la elección de Mendoza y San Juan tampoco parece casual: la región de Cuyo es el territorio donde operan decenas de empresas mineras nacionales y extranjeras que han aumentado su actividad de la mano de la desregulación impulsada por el régimen de promoción de inversiones conocido como RIGI, impulsado por el gobierno del Presidente Javier Milei.

Durante los cuatro días del foro se escucharán posiciones disímiles entre los asistentes: habrá quienes hablen de las provincias cuyanas como laboratorios extractivistas, y también quienes defienden la actividad bajo el amparo de la licencia social de los proyectos. También se escucharán otras versiones, como una que señala que la discusión en torno a arte y naturaleza ha sido impulsada por personas heterosexuales, preocupadas por haber perdido centralidad en la escena al haber sido desplazadas por la hegemonía del arte queer.

La colombiana Brigitte Baptiste expone en el segundo foro Conexión arteBA

Más allá de las posiciones, el extractivismo ocupa el centro. También en Colombia, donde el 21 de junio el ultraderechista Abelardo de la Espriella se impuso sobre el candidato de izquierda Iván Cepeda, apoyado por Petro. Un triunfo que alinea de manera más milimétrica la región a los objetivos geopolíticos de Washington, y que posiblemente conduzca a la restitución del fracking en el país andino.

Para Baptiste, el cambio será muy drástico. “Colombia está en un momento de gasto público muy parecido al sucedido en Argentina (durante los gobiernos kirchneristas), que no va a tener con qué respaldar porque no hay un aparato productivo ni industrial ni agrícola que pueda respaldarlo”, continúa. “Los grandes economistas liberales, incluso los ministros del presidente Petro, pronostican un colapso económico en el mediano plazo muy grave que en este momento no se alcanza a ver porque el gobierno ha usado toda su potencia de gasto para crear una atmósfera favorable a su continuidad”.

—¿Cómo es posible compatibilizar la necesidad de desarrollo basada en las ventajas competitivas en el campo de la minería y la energía, con una agenda vinculada a los movimientos ambientalistas?

—Lo que había que pensar es, por ejemplo, una perspectiva minero-energética que realmente esté muy articulada con los procesos de transición, que es lo que no se dio. En todas partes estamos hablando de transición, y yo como ambientalista creo que es delirante deshacernos de los combustibles fósiles y minimizar la dependencia de todos estos productos, que además generan problemas no solo ambientales, sino políticos, económicos y muy delicados entre los países. Pero esa transición debería mejorar la conectividad entre la rentabilidad y las inversiones públicas, y la sustitución de su propia naturaleza. No entiendo muy bien cómo es, por ejemplo, que Brasil después de la COP o durante la COP dice, “sí, vamos a proteger el Amazonas”, pero al mismo tiempo dicen “necesitamos abrir todos los pozos de petróleo frente a la plataforma del Atlántico”. Argentina entra en un gobierno de derecha y activa Vaca Muerta hasta el fondo y se vuelve una potencia exportadora. Guyana igual, en México Claudia Sheinbaum tampoco le baja al petróleo. Los discursos no son muy consistentes, ¿no? La pregunta es si hay algo más estructural que hace imposible pensar en una transición relativamente sensata, una transición fiscal, una transición tecnológica, o estamos abocados a sacar el petróleo y quemarlo todo en todas partes, compitiendo a ver quién es el que tiene la última gota en su mano, pues las guerras que estamos viviendo tienen que ver con eso. Yo creo que sí, que hay maneras de hacer una transición positiva sin prohibir radicalmente.

—¿Cuán rápido crees que se va a adaptar la sociedad a esta agenda?

—Es muy complejo. Tomemos el ejemplo de la empresa de petróleos colombiana, Ecopetrol. El mismo sindicato de la empresa se separó completamente de las políticas sectoriales del Gobierno y le reclamó decir, bueno, nos estás matando. Y claro, una entiende que un sindicato de una empresa de petróleo que va viendo que sus conquistas laborales están amenazadas porque el sector se está desmantelando, levanta la mano y dice: “¿A cambio de todo esto qué nos van a dar? Pues vamos a quedar como fósiles”. También parte de la descarbonización es que toda esa economía petrolera con la cual habíamos construido unas islitas de bienestar y de derechos para los obreros y los trabajadores van desapareciendo. Me parece muy interesante porque ahí es donde está la bisagra o la contradicción más fuerte: cómo unos sindicatos que han obtenido unos beneficios después de unas luchas muy complejas después de mucha violencia, que podrían ser como el piloto de la de la inversión social no están tampoco listos para la transición. Parte de la conversación sindical con todo el sector minero-energético tendría que ser esa. No pueden quedarse para siempre esperando vivir de unas rentas de un sector que ya va a dejar de existir, entonces: ¿cuál es su propuesta? ¿Van de verdad a presionar para que estas empresas sean empresas de energías renovables o sean empresas de otro tipo?

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A tono con el lema del foro, a Baptiste le gusta mucho conversar con lo vivo, como quedará demostrado apenas tome el escenario del auditorio del museo para cerrar el foro que dos días antes comenzó en Mendoza. Durante casi una hora hablará sobre la reproducción sexual como mecanismo de variabilidad, del erotismo y la sexualidad como motor de la evolución, y de las posibilidades de recuperación del poder cognitivo a través de la experimentación del cuerpo. Parece una agenda hecha a medida de una mujer que decidió cambiar de género.

Las curadoras del foro Yina y Belén Colusión habrán mencionado al comienzo de las jornadas la necesidad de “experimentar el planeta al mismo tiempo que el planeta nos experimenta”, y de la urgencia de usar nuevos términos para describir nuestro vínculo con lo vivo ante la repetición de palabras que se vuelven vacías. Brigitte parece encarnar ese nuevo lenguaje: el auditorio se rinde ante su carisma y festeja sus slides hechos con IA, más cercanos a las visuales de una fiesta electrónica que a un simposio académico.

—Sos una mujer trans y activista. ¿Desde qué lugar se pueden repensar estos movimientos y qué aportes pueden hacer en un contexto como el actual donde se advierta un retroceso de derechos?

—Yo creo que todas las formas de pensamiento alternativo, las propuestas de diversidades y de activismos por la creatividad tienen que seguir siendo fundamentales. Estamos abriendo mucho espacio en la conciencia crítica. Desde la igualdad de derechos más que desde la lucha por derechos diferenciales o adicionales, que es lo que raya mucho a otras personas. ¿Por qué tendría yo que preferir a una mujer trans que a una mujer? Si cuando voy a hacer un proceso de convocatorias de trabajo, siendo que 99% de las mujeres del mundo son biológicamente originales, por decirlo así, las mujeres trans son un problema o bueno, son la minoría de la minoría. Todas estas normas o enfoques de acción afirmativa están siendo muy cuestionadas porque son minorías de las minorías y siempre una puede identificar eso.

Todos somos minorías dentro de las minorías. Y luchamos contra los autoritarismos que utilizan categorías genéricas para simplificar la vida política y quedarse con todo el botín, que es finalmente la racionalidad que hay detrás de todo esto. Pero estamos muy preocupados, porque incluso ya hay mujeres en Estados Unidos que están diciendo que las mujeres deberían renunciar al voto y que el voto femenino que debería haber es un voto por familia organizada de acuerdo al modelo patriarcal. Y yo no dejo de sorprenderme de que una mujer pueda llegar a plantear eso, como en la novela El cuento de la criada, ¿no? Una ve cada vez más esa ficción de Margaret Atwood poniéndose al día.

En contraposición, sí creo en que tenemos una capacidad de proponer renovación, formas de gobernanza, formas de vida pacíficas, más sostenibles, capaces de cuestionar muchos de los parámetros sobre los cuales se estructura el capitalismo a lo bruto, pero no sabemos muy bien hasta dónde vamos a poder llegar. Lo que me preocupa a mí es que construyamos esencialismos que después deriven en movimientos autoritarios también, como a la defensiva. Los nacionalismos indigenistas son también muy preocupantes porque son políticamente muy arcaicos. No es que no existan las naciones indígenas, que no exista el derecho para que los pueblos originarios desarrollen sus agendas de manera creativa y propia. Pero el riesgo es una ruptura total, una fragmentación total de las instituciones. La tarea que no se ha hecho de construir una sociedad igualitaria hay que hacerla tarde o temprano porque es insostenible también la condición de discriminación y de exclusión a la que hemos estado abocados por siglos. Quién sabe si nuestra posibilidad de invocar las diversidades pueda tener éxito, pero nos toca hacerlo. En Colombia es muy particular, muy paradójico, que probablemente la presidencia la gane por primera una mujer de extrema derecha con un vicepresidente abiertamente gay. ¿Eso cómo pasó? ¿Cómo está pasando? Si eso sucede, no sé en qué país vamos a quedar, porque sí hay una tensión muy fuerte en la definición del feminismo de la derecha, de la diversidad LGBTI. Dentro del espectro ideológico tendremos que negociar muchas cosas, pero hay unas que son innegociables. Hay una serie de derechos ya establecidos que no vamos a dejar que se vayan atrás.

—¿Crees que tendremos mucho tiempo más esta tendencia a la cultura MAGA en la región? ¿Dónde ves alguna línea de fisura que pueda habilitar el retorno a un bloque distinto?

—Bueno, ojalá, ¿no? Y sí creo que la situación es muy insostenible de todas maneras. El actor que está sacudiendo el mundo en términos de comercio, de tecnología, energía, es China. Y parece que no estamos escuchando realmente, como decía The Economist. Mientras tu enemigo hace tonterías, tú te quedas callado, que sería lo que Xi Jinping está haciendo. Entonces una se pregunta, todas las izquierdas latinoamericanas, incluso los más tecnooptimistas y liberales, ¿estamos revisando nuestras relaciones con China para decir, bueno, no, ustedes no parecen tan salvajes como nuestro vecino del norte? ¿Por qué no hablamos? China va a ser crucial y muy pronto, ojalá que para bien. Ojalá que logremos instituir unos parámetros civilizatorios distintos. Puede que sea ingenua por no tener la experiencia tan directa de la vida política con China como lo tienen otros países, como lo ha tenido Europa o como lo ha tenido África, que dicen “cambiamos de dueño, no cambiamos de imperio”. Pero hay que reconocer que nosotros, en términos de autonomías latinoamericanas, dependemos de muchas cosas del Orden Mundial. También un poquito de realismo planetario nos hace bien.

AJ/CRM

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