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Réquiem para un bar, libros de agosto

El cierre del bar Río, de Buenos Aires, provocó una especie de réquiem colectivo.

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“Y claro, una nueva despedida, porque el tiempo desgasta las despedidas como desgasta todas las cosas”. Las despedidas, Alejandra Kamiya

Uno. Entre las expresiones que más me gustan para decir adiós –y en términos generales, también, de todas las que componen algo así como el decir argentino– están chaucito y me voy yendo. La primera por su perfume de cortesía, por el gesto de querer morigerarle un posible efecto de ese choque inevitable a la persona a la que se le está diciendo algo tan rotundo como chau (pareciera que no hay despedida –más o menos buscada, más o menos voluntaria– sin corte. Y ese corte es filo y ese filo raspa). Chaucito, entonces, se parece más a un chau mullido, acolchonado; un airbag que se despliega frente al tajo del adiós. Me voy yendo también ofrece suavidad, sigilo, incluso abre un terreno de incertidumbre, como un paraguas que se lleva en la cartera por las dudas (pareciera que no hay despedida –más o menos buscada, más o menos voluntaria– sin contingencia. Y esa contingencia es ambigüedad y esa ambigüedad se vuelve pregunta). Me voy yendo, entonces, da cuenta de una acción que no termina de ocurrir del todo, un vamos viendo, un interrogante.

Una de las despedidas más lindas de la historia del cine: la de Lost in Translation, de Sofia Coppola.

Dos. “Antes de ser abandonado, hay que irse. Antes de gritar, hay que tragar los gritos que nutren el díscolo amor. Antes de olvidar hay que dejar que el filo de la verdad entre hasta la compasión”. Silvina Ocampo en Ejércitos de la oscuridad.

Tres. ¿Y qué pasa con los que no dicen adiós, ni chaucito, ni me voy yendo y prefieren esfumarse, huir en fade out, no mencionar que se van? ¿No quieren? ¿No pueden? ¿Prefieren el silencio, brillar por su ausencia? Las personas expertas en etiqueta tienen una expresión para describir el gesto de irse de una reunión social sin decirle chau a nadie: de acuerdo al idioma que hablen, lo llaman salida a la irlandesa o a la francesa. Incluso hay quienes, en algunos países, llegan a llamarla despedida a la polaca (me quedo un rato en eso de señalar una nacionalidad –que nunca es la propia– para marcar al que está en una supuesta falta por no decir adiós; me quedo otro rato en eso de que, se trate del idioma que se trate, no hay despedida sin dificultad, sin titubeo, sin temblor al momento de nombrarla).

Cuatro. Como si el adiós no pudiera terminar de pronunciarse del todo, una de las canciones de despedida más lindas del mundo lleva como título No es mi despedida. La escribió la cantante argentina Gilda. “No pienses que voy a dejarte/no es mi despedida/una pausa en nuestra vida/Un silencio entre tú y yo”, propone en su despedida que es y no es, al mismo tiempo.

Cinco. En el cuento Las despedidas, de Alejandra Kamiya (está en el bellísimo La paciencia del agua sobre cada piedra; publicó Eterna Cadencia Editora) Belle es, al parecer, una amiga muy querida. En algún momento anuncia que se irá de viaje para no volver –no queda muy claro a qué o por qué, tampoco importa– y entonces sus allegados le organizan una despedida. La narradora es una de las muchísimas personas que se reúnen en un departamento que desborda de gente emocionada. Todos quieren acercarse a Belle, decirle algo, darle algún objeto para que se lleve; por momentos da la impresión de que cada uno de ellos busca más la grandilocuencia en su gesto que efectivamente decirle adiós a una amiga. O tal vez no puedan hacer otra cosa ni ponerle nombre. La velada, con buena parte de los asistentes llorando a mares, se extiende por horas. Unos días después Belle anuncia que retrasa su partida y vuelven a armarle una despedida para la nueva fecha de viaje. Esta vez van menos invitados, pero la intensidad no baja. “Y claro, una nueva despedida, porque el tiempo desgasta las despedidas como desgasta todas las cosas”, dice la narradora, entusiasmada por la nueva posibilidad de decir adiós. A partir de ese momento se van sucediendo las postergaciones y las despedidas y no les cuento cómo sigue el cuento para que vayan a buscarlo.

El libro de cuentos de Alejandra Kamiya salió por Eterna Cadencia. Editora.

Seis. En los últimos tiempos nos despedimos de muchas cosas y de muchas personas, dijimos por acá. Algunos en silencio, otros de manera más chillona como en el cuento de Alejandra Kamiya. En las últimas horas, en las redes se armó algo así como un réquiem público para un bar, de esos clásicos porteños que se extinguen –¿se van yendo?– en una ciudad cada vez más evanescente. Un lugar que bajará su cortina a fin de mes (al menos tal como lo conocimos). Se llama Río, queda en una esquina preciosa y difusa entre Caballito, Almagro y Villa Crespo, tiene el cartel de neón con el mejor logo de Buenos Aires. Es el bar al que voy todas las semanas a leer, en el que me reúno por trabajo, en el que suelo encontrarme con gente que quiero y en el que me siento a tomar apuntes (nunca pude escribir en lugares públicos más que eso y lo agradezco: notas al pasar, listas, palabras dispersas). En esa despedida pública se sucedieron los recuerdos, los relatos desgarradores y cómicos, las chicanas, las grandilocuencias. Como si no hubiera un término medio en el adiós ni etiqueta posible –del cinismo de burlarse de la emoción ajena a la nostalgia por la nostalgia misma: dos caras de la misma hipérbole– la despedida se convirtió en algo así como “elige tu propia intensidad”. Por mi parte preferí pensar en qué despedimos cuando nos despedimos de un espacio así, a qué le decimos adiós, cómo, en qué términos. Entonces fui a Río y empecé a garabatear una lista provisoria que es y no es, al mismo tiempo, una despedida: esas y esos que fuimos ahí, las confesiones que hicimos, los encuentros que tuvimos, las lágrimas que soltamos, las escenas insólitas que presenciamos, el amparo de las mesas que elegimos, las risas que estallaron, las palabras que se escaparon.

Una tarde en el bar Río.

Siete.(...) Constantemente hay un tiempo para morir y un tiempo para resucitar: morimos levantando una persiana y resucitamos pelando una naranja jugosa, morimos llenando los cajones de objetos y resucitamos vaciándolos de todo pensamiento, morimos en un laberinto de sueños irresolubles y resucitamos en un sueño en el que las serpientes fueron desterradas de la tierra y reemplazadas por bailarinas que giran como trompos mientras cada una de las partes del cuerpo de los que miramos también gira y la vida es ese intermedio que vibra entre la punta de nuestro pie moviéndose en potencia y la punta del pie de la bailarina moviéndose en acto, para crear un ritual del que todos participemos”, escribió Tamara Kamenszain en La novela de la poesía. Lo subrayé, hace algún tiempo, sentada en una mesa de Río.

Empieza una nueva edición de Mil lianas. Un chaucito cada vez.

1. Libros de agosto. Después de días de incertidumbre por el intento de derogación de la Ley de Protección a la Actividad Librera, un respiro: según señalaron funcionarios del gobierno nacional ante las consultas de distintos medios, no se avanzará, por lo pronto, con la iniciativa en el Congreso. Mientras tanto, las editoriales argentinas y los sellos extranjeros que distribuyen sus libros en el país anunciaron para este mes la llegada a las librerías de una enorme cantidad de lanzamientos. Entre muchos otros, a lo largo de todo el mes los lectores podrán encontrarse con títulos de autores y autoras como Mauricio Kartun, Rosario Bléfari, Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Alan Pauls, Guido Herzovich, Romina Paula, Laura Wittner, entre muchos otros y otras.

Walter Benjamin, Rosario Bléfari, Mauricio Kartun, Laura Wittner, Alan Pauls, Jorge Luis Borges, Beatriz Sarlo y Adriana Riva, entre la novedades editoriales de este mes.

Por mi parte, ya arranqué con el de Bléfari (adelanté algo por acá) y también con Entre otras, de Adriana Riva. En una entrevista que le hice hace unos meses me había dicho que más que un nuevo libro tenía entre manos un “artefacto” alrededor de las madres. Y eso es Entre otras: un experimento fragmentario que recupera escenas de madres de escritores y de la suya propia, un montón de preguntas y, sobre todo, un juego alucinante.

Por último, ya terminé otra novedad editorial de agosto que me tuvo enganchadísima: la tercera entrega de El volumen del tiempo, de la escritora danesa Solvej Balle (les hablé de esa saga de novelas por acá, si se les escapó). Pero hay mucho más. En este enlace pueden leer una especie de guía que armé con los lanzamientos más destacados de agosto.

El volumen del tiempo III, de Solvej Balle.

La guía con las novedades editoriales destacadas de agosto se puede leer en este enlace.

2. Xul, de Cristián Costantini. Sin la mirada reduccionista de presentarlo como “el pintor amigo de Borges”, como un personaje mitológico o como “un raro”. Sin apuro, abordando cada una de sus facetas de Xul Solar. Sin simplificar la complejidad de su obra, de sus observaciones ni su original sistema de pensamiento. Hecho a partir de un registro minucioso de su archivo y de lo que se conserva de su vasta obra, se estrenó hace unos días el documental Xul, de Cristián Costantini, dedicado a la figura de este hombre que se definió a sí mismo como “pintor, utopista de profesión”.

Para desentrañar algunos de los enigmas que rodean a este artista plástico, astrólogo, músico, visionario, inventor de lenguas, entre otras ocupaciones, la película ofrece el testimonio de estudiosos de su obra y también muestra con mucho detalle buena parte de su legado. De ese modo, el recorrido se vuelve un absorbente viaje sensorial, entre lo que se conserva de Xul Solar en su museo de la calle Laprida, en Buenos Aires, y Li-Tao, el espacio al que supo darle vida en Tigre.

Después de su paso por el BAFICI, se estrena el documental "Xul".

Xul, de Cristián Costantini, se puede ver en Malba Cine. Más información sobre horarios y funciones, en este enlace.

3. Letras. Dos interesantes concursos literarios abrieron convocatorias por estas semanas. Uno es el Premio Futurock de novela que acaba de anunciar que lanza su séptima edición.

“Desde el 12 de agosto y hasta el 5 de octubre de 2026 se recibirán obras para el premio de novela que busca descubrir nuevas voces en la narrativa independiente. La novela ganadora recibirá un premio de cuatro millones de pesos y será publicada por Ediciones Futurock”, informaron los organizadores.

“El jurado de esta séptima edición estará integrado por la escritora Cynthia Rimsky, y los escritores Hernán Ronsino y Roberto Chuit Roganovich, que seleccionarán la novela ganadora entre las diez finalistas. Además, el jurado podrá otorgar una Primera Mención, cuya obra también será publicada por Ediciones Futurock”, agregaron. Pueden leer más detalles y las bases del concurso por acá.

También en el rubro novela, sigue abierta la convocatoria del Premio Alfaguara 2026, que celebra este año su 30º aniversario y entrega 175 mil dólares al ganador, además de la edición de la novela en todos los países de habla hispana.

“Esta edición del Premio estará presidida por el escritor Junot Díaz, premio Pulitzer por «La maravillosa vida breve de Óscar Wao», y marcará un hito en la historia del galardón: por primera vez, la novela ganadora se publicará en España y América Latina y será traducida para su publicación en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Portugal y Brasil, a través de distintos sellos de Penguin Random House. Los manuscritos podrán presentarse hasta el 2 de noviembre de 2026 y el fallo del jurado se dará a conocer en enero de 2027”, anunció la editorial. En este enlace hay más información sobre plazos, extensión del material y otros requisitos para participar.

Banda sonora. Arrancamos hablando de despedidas y pensaba que el bolero es uno de los géneros que mejor le canta a las partidas y a las ausencias. Por acá armamos, hace un tiempito, una selección de boleros clásicos y aledaños si quieren darse una vuelta. También me gusta esta lista que debe haber armado algún algoritmo melancólico. Varias de esas canciones se sumaron a la banda sonora de este espacio. Encuentran todo, como siempre, por acá.

Posdata. Gracias, de corazón, a todas las personas que escribieron para comentar alguna cosa sobre este espacio cada vez más difícil de sostener (si se les pasó, la última entrega se lee por acá). En especial a Debora por sus saludos invernales, a José Mauro que lee en silencio y a Horacio de Río Negro. Si me buscan, por lo general me encuentran en este rincón.

¡Hasta la próxima!

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