Adriana Riva: “La escritura nace de la fricción que como seres humanos tenemos con el mundo”
Con el humor como bandera. Con impunidad. Con la perspicacia que dan los años y esa mezcla de parsimonia y apuro ineludible: tener todo el tiempo del mundo después de una vida llena de obligaciones y empezar a percibir que las hojas del calendario vuelan. Ruth es una mujer judía de 82 años, viuda y jubilada que pasa sus días estudiando movimientos artísticos, palabras, mapas (“es mi manera de matar el tiempo, porque el tiempo se resiste a matarme”, asegura). A veces va a la ópera con sus amigas, a veces intercambia mensajes con sus hijos, a veces observa como seres muy extraños a sus nietas, por lo general prefiere quedarse en camisón en su departamento porteño y no tiene problema en confesarlo.
Ruth es el título de una novela encantadora que la escritora Adriana Riva publicó en 2024 y que desde entonces se convirtió en un fenómeno imparable: cosecha cada vez más lectores en todo el país, va por su novena edición, será traducida a otros idiomas y tiene, desde hace un tiempo, una versión teatral con gran éxito de público.
Ruth forma parte del universo de una autora que ya venía observando con lucidez los vínculos entre madres e hijas en sus libros anteriores (lo hizo en la novela La sal y también en el poemario Ahora sabemos esto). Alguien que prefiere elige la risa y que, lejos de las solemnidades, piensa a la escritura como “una manera de arrimar el bochín” hacia un mundo no siempre amable.
– Revisando tus libros, tanto en el de poemas Ahora sabemos esto como en Ruth, hay personajes y voces narrativas con un interés muy marcado por las palabras. Por sus orígenes, por sus significados. ¿Es un interés tuyo también? ¿Tuvo algo que ver en tu decisión, con el tiempo, de ponerte a escribir?
– La verdad es que siempre me gustó mucho leer, no tanto escribir. Incluso hasta el día de hoy sigue siendo así. Porque ante todo me considero una lectora y lo digo con mucha honra porque leí y leo mucho. Y me encanta. Con la lectura me pasa como a esa gente que sale a correr un día y de pronto nota que el cuerpo les exige salir a correr más. Yo si una semana no leo, porque me pasó algo o tuve los días muy cargados, empiezo a percibir la necesidad de lectura. Algo me falta. Y no me pasa lo mismo con la escritura. Puedo estar meses sin escribir y no siento esa cosa. La escritura es más bien algo que tengo que poner en marcha y me cuesta. Es mucho más complejo el vínculo. Obviamente tanto la lectura como la escritura están hechas de la palabra y algo siempre me atrajo ahí. Pero creo que la atención más específica en la palabra correcta y cada una de las palabras me vino hace relativamente poco. Se lo adjudico bastante al taller de Laura Wittner, al que voy desde la pandemia. Ahí se trabaja con mucha minuciosidad cada palabra. Hace poquito leí sobre esto en un ensayo de Lydia Davis donde cita a Virginia Woolf. Es una charla de 1937 sobre el oficio de escribir cómo esto tiene que ver ni más ni menos que con “encontrar las palabras correctas y ponerlas en el orden correcto”. O sea, no es más que eso. ¡Y es todo eso! (risas). Y, otra vez, a mí me cuesta escribir. Entonces pienso que todo es aproximativo a la hora de la escritura, hay que buscar la manera de arrimar lo mejor el bochín. De chica yo jugaba a las bochas con mi papá en los veranos, o al tejo ahora en la playa y pienso mucho en eso. Escribir es acercarse lo máximo posible a eso que uno está tratando de comunicar al universo. La escritura nace de eso, de la fricción que como seres humanos tenemos con el mundo.
– ¿Y detectaste algún momento preciso en el que dijiste “me voy a dedicar a escribir”?
– Fui muy lectora desde muy chica, pero empecé a escribir de muy grande con la muerte de mi papá. Nunca fui como esos chicos que tienen una iluminación o esos que dicen “siempre supe que quería escribir”. A mí eso me llegó muy muy tarde. Pero la primera vez que tuve necesidad de comunicar algo, de decir “bueno, ahora sé que quiero escribir”, fue a partir de la muerte de mi papá. Eso fue en 2014, yo tenía 34 años. Ahí fue que me noté por primera vez en un taller de escritura y empecé a escribir ficción. Antes sí había escrito: fui periodista en La Nación, cubría noticias internacionales. Fue un trabajo que hice como diez años. Pero era realmente otro mundo. No sé, Irak, Afganistán (risas). Así que a escribir con precisión, a arrimar el bochín como decíamos, creo que empecé relativamente hace muy poco. Sobre todo a poner el ojo, a preguntarme “¿estás diciendo lo que querés decir realmente?”. Y también a hacerme esas preguntas porque no quiero que se pierda lo lúdico de la escritura. Porque yo no soy escritora, quiero decir, yo no vivo de la escritura como una especie de profesión, soy una persona que escribe, le cuesta y le gusta.
– Ya desde los cuentos de Angst se puede ver que te interesa indagar en la figura de la madre, pero diría que en una zona más amplia, que es la zona familiar. En La sal esto se ve todavía más y, por supuesto, en Ruth. ¿Por qué siempre estás volviendo ahí?
– Sí, es cierto que de todos los vínculos el que más me interesa tiene que ver con la maternidad. Pero sobre todo me interesan las relaciones humanas. Así como hay otros autores a los que les son muy propios la naturaleza o el paisaje, lo mío es más bien vincular. Tiene que ver con eso, con madres, hijas, hermanos, amigos. Y me interesan esas relaciones independientemente de donde ocurran, del paisaje de fondo. Me doy cuenta de que también es lo que busco en las lecturas. Por ahí esto con el tiempo cambie, pero a mí me costaría escribir un cuento de un perro. Y, ojo, me encantan, tengo perros y todo, pero no es lo que me convoca a la hora de escribir. Y, como te decía, yo empecé a escribir de grande y con la muerte de mi padre. Ahí me di cuenta de que lo conocía muy poco y que ya no iba a poder preguntarle cosas, ni acercarme de alguna manera, ni nada. Lo pensé con el tiempo: así fue que empiezo a obsesionarme con mi madre, tal vez para acortar la distancia con mi padre. Creo que va un poco por ahí. Cada vez lo voy viendo más claro. No sé si necesariamente estaba tan fascinada con mi madre sino que fue mi madre quien quedó. Fue un poco a partir de esa desesperación de decir “ya no hay vuelta atrás, ya no está él”.
Así como hay otros autores a los que les son muy propios la naturaleza o el paisaje, lo mío es más bien vincular. Tiene que ver con eso, con madres, hijas, hermanos, amigos. Y me interesan esas relaciones independientemente de donde ocurran, del paisaje de fondo.
– Tu novela Ruth ya desde la tapa hay una referencia a tu madre. Me intrigaba saber cuál es el punto de partida, de todos modos. ¿Se te impuso el personaje? ¿Fue una imagen? ¿Fue una palabra? ¿Cómo fue en ese caso y cómo arrancás por lo general?
– Creo que en todos los casos es distinto. Está esta cosa de que una, de pronto, pone el ojo en algo, en una imagen. A veces hay un disparador muy claro, o una persona. Pero no es necesariamente esa imagen o esa persona la que tracciona sino la emoción que te generó esa imagen o esa persona. No es muy claro por qué pusiste el foco en ese cuadro y no en el de al lado, pero pasa. Y, después, bueno, a partir de ahí empezás a ver cómo hilar con otras imágenes guardadas. Abriendo cajoncitos en tu memoria para ver qué collage armamos. Siempre hay cosas que se imponen una y otra vez. En mi caso, es algo vinculado con la figura de la madre, que vuelve y vuelve a insistir. Y me gusta, y por supuesto es un tema del que se puede escribir por siempre (risas).
– ¿En el caso de Ruth tenés registro de cuál fue esa imagen o alguna escena que te llevó a construir esa voz?
– Sí, justo había leído un libro de Chantal Akerman que se llama Una familia en Bruselas que arranca diciendo algo así como “veo a una mujer en patas, en camisón, en la penumbra, en la cocina”. Es alguien que acaba de enviudar. ¡Y era exactamente la imagen de mi madre! Entonces pensé en qué pasaba si en lugar de escribir sobre mi madre, de alguna manera intentaba ser mi madre. Ahí empecé a pensar en cómo ficcionalizarla. Y ahí pensé que tenía que ser en primera persona, como aparece en la novela. Porque no es que iba a haber mucha trama ni nada, sino que iba a ser una historia más del fluir de esa conciencia. No es que Ruth iba a tener un arco narrativo de tensión o que lo iban a leer para saber si el mayordomo es el asesino. Ahora lo veo todavía más nítido: es un libro de personaje.
– A través de su mirada, que es la de una mujer de ochenta y pico de años en Buenos Aires, en una situación acomodada económicamente, aunque en el crepúsculo de su vida, aparecen momentos hilarantes. ¿Buscaste ese tono humorístico, ablandar un poco algo desde la escritura?
– Sí, definitivamente. Fue adrede porque, como vos decís, Ruth está en el crepúsculo de la vida y la rodean un montón de temas muy densos, como la soledad y la muerte. Además es una mujer que acaba de enviudar, o sea que ya desde el vamos es una persona que atraviesa una situación bastante complicada. Yo había estado leyendo varios libros de los últimos días en la vida de la gente que tienden a eso, a indagar en el cuerpo, en la demencia, en el Alzheimer. Entonces quise correrme un poco, mostrar un lado un poquitito más luminoso, que además me permitiese abordar estos temas ineludibles de la vejez. Sabía que no podía obviarlos porque son parte de esa experiencia y, sin embargo, también uno se puede reír. Para mí la risa es muy importante, y de alguna manera lo último que tenemos como humanos. Hasta de la muerte nos podemos reír. Porque el humor es una herramienta central para sobrellevar la vida. Yo misma me veo como una persona algo graciosa en la vida de todos los días, entonces me es inevitable ir por ese lado, siempre estoy haciendo chistes, es un salvoconducto. En cambio en la escritura hay momentos en los que me puedo poner solemne hasta que digo “no, no”. Siempre es más fácil escribir lo triste que lo alegre pero trato de no caer ahí.
– Desde que salió en 2024, Ruth se convirtió en un fenómeno. Va por la novena edición, se convirtió en una obra teatral con funciones agotadas de público. ¿Cómo estás viviendo esto? digamos, bah, no sé, hasta que vi iba por una octava, no sé si pasaste la novena edición.
– Es lindísimo, porque la verdad es que una nunca sabe qué recorrido va a tener lo que escribe. Me acuerdo cuando entregué el libro a la editorial que pensé “no sé muy bien quién va a leer esto, a quién le puede importar” (risas). Sí tenía claro que a mí me había gustado el proceso de escritura de Ruth, que fue acompañada en el taller de Federico Falco. Pero una vez que lo terminé pensé “no sé a quién le puede importar”. Entonces fue muy sorpresivo. Con el tiempo tal vez sí pude ver que había como un hueco. Son muchas las mujeres mayores súper lectoras que compran libros, que van al teatro, que tienen más tiempo, que van a las confiterías. Y muy pocas veces son protagonistas de los libros. Ahora que Ruth está en el teatro, cuando veo el público, si bien es heterogéneo hay mucha gente mayor. Y, de pronto, claro, me imagino que se sienten interpeladas. Con el libro pasó, por lo que me van escribiendo, que se dio mucho cruce generacional de madres regalando la novela a las hijas, hijas y así. Ahora va a salir en España y va a tener también una traducción al italiano. Así que estoy sorprendida y súper agradecida.
La risa es muy importante, y de alguna manera lo último que tenemos como humanos. Hasta de la muerte nos podemos reír.
– Después de un libro con tanta repercusión, ¿sentís algún tipo de peso, de presión, en lo que se venga, en lo próximo que escribas?
– No, por suerte Ruth tardó en salir y yo ya me había puesto a escribir otra cosa, que sale este año, en agosto. Hay madres involucradas también (risas). Pero no es una novela, es algo más bien lúdico. Con mi editora, Ana Ojeda, lo llamamos “el artefacto” porque no sabemos bien cómo nombrarlo. Es eso, un artefacto y sale por Seix Barral. Eso me quita la presión, ya pasó un tiempo y de última por ahí es como un mecanismo de defensa para charlar con el psicólogo (risas). Quiero decir, si a Ruth le fue bien en algún sentido, siento que ya escribí mi libro. Viste que pasa eso, que hay autores de los que decís “tenés que leer tal libro”. Bueno, por ahí el mío es Ruth. Y así puedo seguir escribiendo otros (risas).
– Reivindicás mucho los talleres de escritura, tanto los que das vos como coordinadora como aquellos a los que asistís. ¿Qué encontrás ahí y qué te parece interesante de esos espacios?
– Los amo. Hago apología a los talleres. Y los pienso en varios rubros, tengo amigas que hacen talleres de otras cosas, como baile o cerámica. En los que conozco porque voy o porque los coordino, me gusta porque son espacios por lo general con grupos chicos, de mucha intimidad, de mucha comprensión, de escucha. Lo que más aprendo ahí es a escuchar. Y es increíble cuánto más se aprende escuchando del otro y todo lo que después se puede aplicar a lo propio. Muchas veces estamos ensimismados con lo propio, puede ser que por egocentrismo, o porque no le encontramos la vuelta a algo. Muchas veces ver otro texto, escuchar a otro, te ayuda a leer. Y esto lo pienso en general, no solo por los talleres: me parece inconcebible la escritura sin la lectura. No puedo creer que alguien que no lee pretenda escribir. Porque en el acto de leer hay algo del acto de escribir: uno está escuchando cómo escribe el otro, qué es lo que funciona, qué es lo que resuena. Y, cuando empezás a escribir, incluso adrede estás buscando replicar alguna lectura, pensar cómo otro hizo determinado truco. Volviendo a los talleres, me interesa también la pata colectiva. Una parte se escribe en soledad, claro, pero después, al menos para mí, me parece importante abrir ese proceso a otra gente en los espacios de taller. Después hay otro componente, que para mí es muy hermoso y que me importa porque, como decía antes, me interesan los vínculos humanos. Hay algo emocional, de sostén, de lugar de contención, de refugio en los talleres.
– Además de escribir, tenés un sello de libros y juegos infantiles que se llama Diente de León. Creaste y sos una de las editoras de la revista literaria El gran cuaderno. ¿Por qué creés que seguís apostando a la palabra escrita, al mundo de lo tangible, como los libros y las revistas?
– Me parece que son una contención en este mundo cada vez más alienado y más de pantalla, y más de inmediatez. Me gusta pensarlos a todos ellos como geografías. Cuando uno está con un libro está ahí, en ese terreno, y es un lugar seguro para mí. Son lugares también de imaginación, donde te pasan muchas cosas, donde, como lector, te exigen poner algo propio. Entonces me gusta sembrar estas geografías ficticias para pensar cómo habitar el mundo que no siempre es fácil. Además, a todos estos espacios una les pone el ritmo, no te lo imponen de afuera. Es algo chiquito, pero me parece que está bueno, en este mundo cada vez más viralizado, seguir apostando por las cosas bellas y por las cosas tangibles. Pero no por una cuestión mercantilista o de hacer, hacer, hacer, de esto de la híper productividad. Por lo menos yo todo lo que hago lo pienso con un propósito humano, si se quiere. No sé cómo decirlo para no quedar cursi. Pero va por ahí, por dejar un rato de lado a las pantallas, ponernos más humanos siempre que podamos.
AL
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