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Entrevista

Mariano Pensotti: “El teatro no tiene que ir a competir con las pantallas ni volverse un estímulo más en un mundo tan ruidoso”

Mariano Pensotti nació en Buenos Aires, en 1973. Es uno de los dramaturgos y directores más destacados, con obras reconocidas en el país y en el exterior.

Agustina Larrea

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Una historia de cruces, de duelos, de espejos, de aquello que se representa y eso que se parece a otra cosa con desparpajo. Con voracidad. Una sombra voraz se llama una de las últimas obras teatrales de Mariano Pensotti, uno de los dramaturgos más destacados de la escena local, que indaga, con humor y sutileza, en los modos con los que se cuentan los episodios memorables de una vida y también sus vaivenes. Los picos y los inevitables descensos.

Estrenada en 2025 con gran éxito y en cartel por estos días en la sala Dumont 4040 del barrio porteño de Chacarita, en Una sombra voraz aparecen dos hombres en escena. Uno es Julián Vidal, un escalador que a punto de retirarse decide lanzarse a la aventura que no pudo completar su padre, un célebre alpinista que desapareció intentando llegar a la cumbre de un monte del Himalaya, cuando Julián era muy pequeño. El otro es Manuel Rojas, un actor que, amesetado en su trabajo, recibe una propuesta que podría cambiarle la vida: interpretar a Vidal en una película sobre aquella epopeya que decidió encarar hacia el final de su carrera.

Mediante un uso inteligentísimo del espacio y con grandes actuaciones de Patricio Aramburu y Diego Velázquez, por momentos se ve a los protagonistas en paralelo, por momentos en solitario, por momentos hablando entre sí. Así, la vivencia de uno y la representación del otro arman un relato gracioso y muy profundo y los límites entre esa convención que llamamos realidad y la otra que nombramos como ficción –como ocurre en buena parte del trabajo de Pensotti y de su colectivo teatral Grupo Marea desde hace dos décadas–, empiezan a diluirse.

Además de tener varias funciones semanales, Una sombra voraz llegó también por estos días en formato de libro. Fue publicado por la editorial Paripé Books, junto con otro texto del grupo que lleva como título La obra y que se estrenará a finales de junio en el Teatro Alvear de Buenos Aires. También combinando texturas, representaciones e historias que parecen repetirse, La obra narra el derrotero de Simon Frank, un judío polaco que dice haber sobrevivido a los campos nazis y que en 1962, años después de su llegada a una pequeña localidad argentina, comienza a construir decorados que reproducen los lugares de su vida en Polonia para montar allí una obra de teatro acompañado por los habitantes del lugar. Otro director teatral, el libanés Walid Mansour, se obsesionará con esa historia y querrá saber más sobre Simón, sus personajes y la trastienda de aquel ambicioso proyecto.

Un libro reúne dos obras teatrales del dramaturgo y director argentino Mariano Pensotti.

– ¿Cómo nace Una sombra voraz, cómo te metiste en este universo del montañismo?

– Fue rarísimo. Yo venía medio obsesionado con las noticias que leía en los medios sobre cadáveres que habían empezado a aparecer en distintas montañas del mundo de escaladores desaparecidos. En algunos casos estaban en esos lugares hacía décadas o muchos años y, por el cambio climático, empezaron a aparecer esos cuerpos. Esa imagen me parecía muy fuerte, muy dramática y muy poética: era la naturaleza violentada que un poco como respuesta a la actividad humana devuelve los muertos. Y, obviamente, siendo argentino y de mi generación esta idea de cuerpos desaparecidos que repentinamente reaparecen tenía un montón de resonancias. De todas maneras, al principio no sabía muy bien qué hacer con esa obsesión, y es algo que me pasa muchas veces. A la vez, yo venía laburando con el grupo de teatro con el que trabajo, que es el Grupo Marea, y teníamos la idea de hacer algo sobre personas reales cuyas vidas hubieran generado una película u otro tipo de obra de ficción. En algún momento apareció la posibilidad de combinar las dos cosas y surgió la historia del escalador que quiere repetir la escalada que hizo su padre cuando desapareció. Después se filma una película sobre ese escalador y aparecen obviamente los dos en escena: el escalador real y el actor que lo interpretó. Pero lo que terminó de amalgamar esas dos líneas fue el libro de Petrarca, El ascenso al Monte Ventoso. Yo no lo conocía para nada y me lo recomendó la directora de un festival afuera cuando estábamos armando el proyecto. Ahí hubo algo que cerró mucho porque además de ser el primer libro que habla sobre el ascenso a una montaña por placer o por deporte, o sea no por necesidad, tiene esto que está narrado como algo real, está narrado como algo que le sucedió a Petrarca aunque hace poco se descubrió que esto no era así. Había otra capa de realidad y ficción para aprovechar. 

– Esa superposición de realidad y ficción pareciera atravesar todo tu trabajo. Pienso en La obra, pienso en Los años, siempre hay algo más allá de lo que se cuenta. ¿Por qué crees que siempre volvés a esta idea?

– Te juro que cada obra que empiezo digo “che, esta vez no me voy a meter con la superposición” y termina apareciendo (risas). Qué sé yo, es tremendo, tremendo. Pero bueno, si lo intelectualizo un poco, puedo ver que a mí me interesa especialmente la relación entre lo real y lo ficcional o cómo se arma eso. Sobre todo en estos tiempos donde está tan cuestionado qué es lo real o qué es el relato. Bueno, sin ir más lejos, tenemos la irrupción de la inteligencia artificial. Pero si nos paramos un poco antes, me interesa ver algo de cómo todos volvemos ficción nuestras vidas al exponerlas en las redes sociales. No creo ser muy original acá, pero de verdad que a mí me obsesionan dos cosas desde hace bastante tiempo. Por un lado, cómo nosotros creamos ficciones permanentemente, cómo transformamos nuestra vida al narrarla. Porque para mí el punto cero de la creación y, por ende, de la ficción, está en cómo modificamos nuestro pasado cada vez que lo recordamos. Por otro lado, me gusta pensar cómo todos estamos creados por ficciones. O sea, cómo todos repetimos en nuestras vidas cosas que hemos ido viendo en películas, libros, series. Cómo nuestra experiencia está signada por determinados tipos específicos de ficciones. Y después, claro, hay algo en el sentido de esta combinación de lo teatral y lo cinematográfico que para mí tiene que ver un poco con lo efímero y lo duradero. Las películas, el cine, la fotografía, inclusive, tienen la pretensión de apresar el tiempo, de preservar la experiencia. Mientras que el teatro, como la vida, es un hecho absolutamente efímero que solo queda en el relato, en la reficcionalización que los espectadores pueden hacer de lo que recuerdan que vieron. Entonces hay algo de esas capas que termina yendo y viniendo. 

Diego Velazquez y Patricio Aramburu, los actores de "Una sombra voraz", de Mariano Pensotti.

– Buena parte de tus obras parecieran condensar muchos años o proponer una especie de recapitulación a lo largo del tiempo. Pienso en Los años, con sus idas y vueltas temporales, en La obra o en El pasado es un animal grotesco

– Me parece que el teatro, por su materialidad efímera, es justamente un medio muy interesante y muy particular para hablar sobre el paso del tiempo. A mí me fascina, me obsesiona más que me fascina, el paso del tiempo así como la realidad de las ficciones. El paso del tiempo es otro de los grandes tópicos que vuelven aunque quiera patearlos lejos. Cuando empecé a hacer obras aparecía mucho esto, por ahí en la relación con mis padres, ahora aparece más en mi posición de padre de mis hijas. Pero claramente tiene que ver mucho con la idea del paso del tiempo. Esto creo que se asocia dramáticamente a algo que me interesa mucho y es la transformación de los personajes y las personas. Me gusta ver en qué nos convertimos a lo largo del tiempo, cómo todos nos volvemos reflejos distorsionados de lo que imaginábamos que seríamos. O cómo todos nos volvimos algo muy distinto a lo que alguna vez imaginamos. Esta idea de que en muchos casos nos transformamos en una especie de mala fotocopia de la ficción que nosotros mismos nos armamos en el pasado me parece muy atractiva ficcionalmente. Me gustan los personajes que sufren transformaciones. En ese sentido, si bien muchas veces nosotros utilizamos estructuras poco clásicas o procedimientos formales no muy tradicionales, mi desarrollo de las historias y mi escritura son extremadamente clásicas: hay personajes centrales a los que les pasan cosas y eso genera algo. Si te fijas inclusive en la obra está escrita en tres actos. El carácter efímero del teatro lo vuelve un medio muy apto para hablar del paso del tiempo, de lo finito, de las capas de memoria que componen la experiencia humana. Borges decía esto de que escribimos mientras somos escritos a lo largo del tiempo. Puede sonar un poco solemne, pero a mí me interesa mucho como concepto para desarrollar ficción. 

– Remarcás este carácter efímero de la experiencia teatral, mientras que por estos días sale publicado el libro que recopila los textos de Una sombra voraz y La obra. ¿Cuál creés que puede ser el efecto sobre alguien que no va a ver las obras a una sala, que prefiere ir a la palabra escrita?

– La verdad es que tuve ciertas dudas de si hacerlo o no. De hecho hacía muchísimo que no se publicaba un texto mío. Por un lado, porque nosotros somos un grupo bastante caótico, siempre estamos corriendo atrás de la siguiente obra más que trabajando sobre nuestro propio archivo. Es curioso porque en muchas de nuestras obras aparece el archivo, la cápsula del tiempo como objeto que atraviesa a los personajes y demás. Sin embargo nosotros somos un desastre, no hacemos nunca una buena documentación de nuestro trabajo (risas). Charlando con los editores Patricio Binaghi y Andrés Gallina vimos que Una sombra voraz y La obra son quizás los textos más literarios, entre comillas, de los que he escrito. Porque en general en nuestras obras siempre están muy entremezcladas el desarrollo de lo dramatúrgico y la puesta en escena. O muchas veces el desarrollo dramatúrgico o de la escritura va cambiando en función de ciertas premisas escénicas. Con el libro me imaginé juntar textos que fueran legibles, que pudieran tener una vida propia por fuera de lo escénico. Y justo, sin planificarlo y un poco por casualidad, unimos estas dos que son medio nouvelles o cuentitos largos. Tengo la sensación de que son legibles en sí mismas y que pueden tener una vida propia independientemente de lo escénico, que pueden ser tomadas como un material literario posible.

Me obsesionan dos cosas desde hace bastante tiempo. Por un lado, cómo nosotros creamos ficciones permanentemente, cómo transformamos nuestra vida al narrarla. Porque para mí el punto cero de la creación y, por ende, de la ficción, está en cómo modificamos nuestro pasado cada vez que lo recordamos. Por otro lado, me gusta pensar cómo todos estamos creados por ficciones.

– Aunque transcurren en ámbitos y épocas muy distintas, a las dos obras las atraviesa la idea de la herencia. Hay dos padres que desaparecen. En La obra hay un personaje que dice que las herencias llegan de maneras inesperadas. ¿Por qué te interesa puntualmente darle vueltas a la idea de la herencia?

– Es algo que me interesa mucho, sobre todo la herencia simbólica. Me parece que tiene que ver con mi experiencia de venir de una generación particular: somos los hijos y las hijas de la generación del 70. Mientras nosotros crecíamos en los ‘90 o atravesábamos nuestra primera juventud, había una sensación un poco colectiva de ser una generación muy fallida teniendo sobre nuestras espaldas una herencia muy pesada. Muchas veces lo he charlado con gente de mi generación: éramos los hijos de una generación que había intentado cambiar el mundo, una generación muy comprometida políticamente, mientras nosotros estábamos en los ‘90 tratando de sobrevivir a una situación horriblemente precarizada y por ahí deseosos de poder comprarnos teléfono celular, con un horizonte más corto. Entonces, en contraste, había algo de sentirnos muy fallidos frente a esa herencia. Con el paso del tiempo todo se va matizando. De hecho, ahora que estamos viviendo una especie de horrible revival de los ‘90, uno puede ver que hay algo de estos ciclos un poco circulares que también explican esto de tener que lidiar con herencias muy particulares. Me da la sensación de que, más allá de lo personal y sin ponerme demasiado solemne, la Argentina es un país que permanentemente juega a justificarse con las herencias. Esto es algo que tal vez muchas sociedades o países lo hacen, pero quizás la Argentina un poquito más. Me pregunto por estos pasados míticos que permanentemente se reinventan, por esa Argentina potencia de hace 100 años que jamás existió. Creo que cada generación ha vivido pensando qué hacer con la herencia de un tiempo mítico que sucedió siempre 20 años atrás. ¡Es como si siempre estuviéramos llegando 20 años tarde! (risas).  

La pieza teatral "La obra" fue estrenada en Europa y a finales de junio llegará al Teatro Alvear de Buenos Aires.

– Hablabas de un revival de los ‘90 y por estos días, sobre todo en Buenos Aires, se puede observar un fenómeno particular alrededor del teatro. El público llena las salas pequeñas o independientes, y también buena parte de los circuitos comerciales, mientras que la situación económica y de ingresos empeora.

– En el último tiempo estoy redescubriendo ciertas cosas que yo escuchaba en otros momentos bastante horribles de nuestra historia. Sobre todo esto del teatro como refugio o como lugar de resistencia. No abiertamente desde lo político porque, de hecho, creo que en el teatro nos falta muchísima articulación o una línea más nítida como colectivo para tener una posición política puntual. Pero sí está claro que para la gente el teatro funciona como un lugar donde podés ir y encontrarte con un otro. Un espacio donde existe un nosotros, donde existe algo de un proyecto colectivo que no está guiado por el mercado. Y que eso sigue siendo muy valorado. En lo personal empecé a pensar que, en los últimos años, lo más notable del teatro argentino para mí es el público. Nos la pasamos hablando de lo brillantes que son los actores y actrices argentinos, o los autores, o los directores. Pero creo que a veces se piensa poco lo alucinante que es el público argentino que va a ver mucho teatro, que tiene un vínculo muy personal con el teatro. Esto a veces se da por factores tan simples como que mucha gente tiene un contacto directo con el teatro: hay teatro en muchas escuelas, te mandan a estudiar teatro porque sos tímido de chico, o lo que sea. Eso no sucede en otros lugares y crea un vínculo muy particular. El teatro ha sido históricamente un lugar de resistencia social y política en Argentina, aun en medio de las peores dictaduras. Creo que habría que celebrar más al público argentino que va a ver unas cosas rarísimas a unos lugares todavía más rarísimos. Es algo muy singular de acá. Y es lo que me da también esperanza en medio de un momento de mierda como el que estamos viviendo desde lo económico, desde lo social y desde lo político.

Me gusta ver en qué nos convertimos a lo largo del tiempo, cómo todos nos volvemos reflejos distorsionados de lo que imaginábamos que seríamos. O cómo todos nos volvimos algo muy distinto a lo que alguna vez imaginamos. Esta idea de que en muchos casos nos transformamos en una especie de mala fotocopia de la ficción que nosotros mismos nos armamos en el pasado me parece muy atractiva ficcionalmente.

– En muchos de tus trabajos aparecen preguntas alrededor de la verdad. En La obra, que tiene en el centro a un personaje que supuestamente viene al país después de sobrevivir al Holocausto está la idea de verdad histórica. Pero también en las otras, no tanto en el sentido de lo verídico sino de lo verdadero. 

– Sí, sí. En ese sentido es notable cómo eso se ha ido exacerbando a lo largo del tiempo. O diría en paralelo a nuestras prácticas teatrales. Cuando nosotros empezamos hace 20 años atrás con el Grupo Marea no existían las redes sociales, no existían los celulares. Y, sin embargo, ya ahí nos interesaba algo de la realidad y la ficción, o qué pasa con la verdad cuando algo la realidad está tan mediatizada por capas y capas de relatos. Ni en nuestros sueños más salvajes nos podríamos haber imaginado que eso iba a devenir en lo que está pasando ahora. Pero eso también nos lleva a cuestionarnos cómo lo enfocamos ahora, porque un montón de cosas que quizás eran relevantes hace 20 años ya no tienen ningún sentido. La pregunta de cómo hacés ficción en estos tiempos se va transformando permanente. Para mí no es la misma forma en la que hacés ficción ahora que cinco años atrás. Porque cinco años atrás no tenías al presidente que hablaba con perros imaginarios. Tampoco lo tenías a Donald Trump siendo guiado por no sé qué fuerzas para destruir el mundo. O con gente disfrazada de búfalo tomando el Congreso en los Estados Unidos. Si algo de eso no te cambia la forma de hacer ficción o no te afecta como creador, más allá de cómo te afecta en lo cotidiano en tu vida privada, hay un problema.

"Una sombra voraz" tiene varias funciones semanales en la sala Dumont 4040, del barrio porteño de Chacarita.

– ¿Y del otro lado? ¿Qué pasa con el público, atravesado cada vez más por las pantallas, por la atención dispersa? ¿Cambia el modo de acercarse a la ficción teatral?

– Sí, totalmente. Y es muy problemático esto. Problemático en el sentido de que hay un problema sobre el que hay que pensar y operar. Me parece que el teatro no tiene que ir a competir con las pantallas ni volverse un estímulo más en un mundo tan ruidoso. No tiene que decir “bueno, hagamos obritas de 14 minutos porque es lo que se banca la gente”. No, no, no, en el teatro hay un nivel de demanda de atención muy grande. Es una experiencia donde no podés ni rebobinar ni volver a ver algo que te perdiste. Donde, además, tu tiempo es el mismo tiempo del de la obra que estás viendo, a diferencia del cine, de la literatura o de cualquier otra disciplina. El tiempo del espectador es el tiempo de la escena. Más allá de esto anecdótico de que a alguno le suena el celular o que ves en la sala gente chequeando mensajes en medio de la obra y tenés ganas de reventarlos, me parece muy interesante que aun así la gente siga teniendo esa necesidad del hecho vivo, del tiempo compartido. Me parece que como creadores es un momento para cuestionarse y ver qué pasa. A mí, por ejemplo, me están dando ganas de hacer obras que vayan muy en contra de lo fragmentario, del videíto. ¡Obras de seis horas donde pase muy poco! (risas). Después, claro, se tienen que ocurrir ideas relevantes para ese formato. Pero hoy en día me dan ganas de hacer algo en plan anti TikTok y no sumarme a esa ansiedad o a esa imposición supuesta de la época. ¿Qué puede pasar si vamos por otro lado? 

AL

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