Los animales como espejo
En las fábulas y las canciones que aprendimos durante los años de la enseñanza elemental, los animales suelen aparecer humanizados para ejemplificar el efecto que provocan las acciones humanas. Relatos que son espejos, alabanzas y sanciones, desde La pájara pinta y La vaca estudiosa, de María Elena Walsh, hasta el poema El grillo, de Conrado Nalé Roxlo, pasando por los cuentos con moraleja de Esopo o La Fontaine. Entretenimientos y pautas normativas en la formación de los chicos. También, herramientas símbólicas para procesar los miedos básicos que se alojan en el inconsciente: a la desaparición de los seres queridos, a la muerte propia y ajena, a la condena por la fealdad o la diferencia, formas de la crueldad.
Lo explica Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de 1976. “Un mundo sin lobos es un mundo donde el pibe no aprende a defenderse”, dice el discípulo freudiano. El lobo con su apetito sexual desaforado y el zorro azuzando como los victimarios, los cerditos en tanto víctimas que salen de la pasividad con inteligencia, el patito infiltrado con una estética propia frente a la bella homogeneidad de los cisnes, que es salvado por el afecto de la madre que lo acoge.
Hay recompensa, finales felices. Como son ficciones que tienen salida, las infancias pueden elaborar sus terrores y salir de la impotencia frente a la bestia y el monstruo, algo que no siempre ocurre en lo real.
En esa línea trabajó desde la historia del pensamiento la doctora en Filosofía Ivana Costa, quien ahora publica el libro Bestiario filosófico (Mar dulce). En la ciudad primitiva, sugirió Platón, vivíamos como cerdos. Para Hobbes, en cambio, sin Estado los seres humanos somos lobos, un escenario de conflicto que aparece en su Leviatán. En el caso de Hegel el saber está simbolizado por el búho.
El volumen efectúa un recorrido minucioso que la autora realiza haciendo un barrido exhaustivo, como si fuera un tratado de etiología, por las distintas temporalidades en las que los grandes pensadores iluminaron a la especie. Y continúa: la filosofía es una araña venenosa. Zenón procurando demostrar que la tortuga equivale a la detención del movimiento. El cinismo como resultado de la observación de los antiguos frente al perro.
Al unirnos, los humanos nos dañamos, propone Schopenhauer y Costa lo narra con un estilo exquisito. Y lo ilustra con el dilema del erizo: los animales se juntan para tener menos frío durante el invierno, pero al juntarse se pinchan. Nos necesitamos, pero convivir nos duele. “El hombre más feliz es el que menos contacto tiene con los demás”. Quienes buscan estar cerca de otros deben saber que la armonía plena es una ilusión. Se quieren, pero no se soportan.
Es lo que ocurre en la obra La niña sobre un altar, que dirige con mano diestra y sensibilidad Oscar Barney Finn, en la sala Casacuberta del Teatro San Martín. Las mujeres de la familia de Agamenón, Ifigenia (la hija) y Clitemnestra (la esposa) son víctimas de la cercanía del rey, quien ofrece en sacrificio a su descendencia para ganar batallas. La puesta de la pieza de Marina Carr, inspirada en la mitología clásica, muestra, en clave contemporánea, el asesinato aberrante, la sinrazón del mal.
La violencia sobre los cuerpos, los mártires que han sido condenados y la indiferencia de la sociedad se encarnan en los roles que desempeñan actores que lo entregan todo: Paulo Brunetti, Analia Couceyro, Carlos Kaspar, Pablo Mariuzzi, Mercedes Fraile, Ligüen Pires y Lula Guttfeisch.
Es inevitable pensar en los femicidios que nos llevaron a marchar el miércoles último y que siguen sucediendo, uno cada treinta horas, la mayoría perpetrados por puerco espines que conviven con las mujeres dañadas hasta la tragedia. Padres, maridos y novios que llegan a límites fuera de toda racionalidad.
Volvamos al libro de Costa. Los filósofos, polemistas con los paradigmas de su tiempo, eligieron a los animales como modelos especulares. Construyeron hipótesis, se sirvieron de los mitos, desentrañaron lo insalvable de las aporías. Dice la autora: “Hay también algo de ridícula vanidad en pretender descifrar racionalmente las metáforas zoológicas de la filosofía, pero el ejercicio de contarlas es una invitación a preguntarse qué tipo de animales somos: qué comunidades queremos formar, cómo contemplamos el universo…”
Según Maquiavelo, nos debe gobernar una mezcla de zorro y de león. El asno sirvió para tomarle el pelo para el filósofo medieval Juan Buridián. Schrödinger hizo famoso a su gato cuando quiso mostrar que las paradojas no se pueden resolver, que las probabilidades son más categóricas que la verdad y que la incertidumbre nos domina. Experimentó encerrándolo en una caja con un mecanismo que lo pueda matar en forma aleatoria, por ejemplo, sellando herméticamente el receptáculo, el animal-zombie podría estar vivo o muerto en simultáneo, hasta que se abre la caja.
No estamos tan lejos de la condición animal. De algún modo, también nos habita. En una de las tantas crisis de la racionalidad, la que estamos viviendo, eso que nos distingue de ellos se relativiza. Habrá que pensar si equiparar al mundo zoológico con la brutalidad y la ignorancia es acertado y qué lugar ocupamos nosotros en la escala viviente.
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