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OPINIÓN

Saldos de la discusión sobre racismo en Argentina: para qué usar lo que pasó

La escuela pública fue uno de los lugares que permitió la integración. Habría que pregunarse qué pasa hoy con esas políticas que permitieron construir comunidad.

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El tema de la semana es la acusación de que la Argentina es un país racista debido a la supuesta “campaña anti-Argentina”. Da escalofríos usar el término “campaña anti-Argentina”, porque la última vez que lo escuchamos fue por parte de la dictadura para defender al país frente a las denuncias sobre lo que efectivamente estaba ocurriendo en su interior durante el mundial de 1978.

Claro que este escenario está muy lejos de aquel. La debilidad de origen del dedo acusatorio: países que no sólo propagaron el racismo durante siglos, sino que todavía hoy conviven con formas de racismo estructural mucho más profundas que las nuestras, aplicadas incluso en sus políticas diarias. Sin embargo, si hay una consecuencia positiva de todo esto es que, durante estos días se le dio lugar en los principales medios a muchas personas de identidad marrón o afrodescendiente que militan contra el racismo todos los días. Contaron el racismo que viven cotidianamente, describieron las singularidades del racismo criollo –que no puede ni debe medirse con las categorías del norte– al mismo tiempo que afirmaron que la Argentina no es más o tan racista como sostiene parte de la discusión internacional. Que, paradójicamente, el fútbol en Argentina es de los pocos lugares donde los “negros” sí tienen chances. Pero también trajeron la pregunta: ¿cuántas veces aparecen personas de tez marrón hablando y opinando de cualquiera de los otros temas que tratan esos medios?

Trabajando y viajando por América Latina escuchamos muchas veces la idea de que “todos los latinoamericanos odian a los argentinos”. Pero casi siempre esa explicación aparecía asociada a una idea: que somos arrogantes. Y esa percepción de arrogancia tiene un origen también en una subvaloración propia. Un inglés o un francés, cuando viaja por el mundo, no anda explicando todo el tiempo qué es lo bueno de su país. No necesita hacerlo. Da por sentado que en su país la calidad de vida es mejor que donde visita, ya está implícito en cualquier conversación que entabla. Los argentinos, en cambio, vivimos escuchando —incluso de boca de nuestro propio presidente— que la Argentina es un “país de mierda”. Entonces, cuando viajamos y descubrimos que muchas de las cosas que funcionan en nuestro país son valoradas afuera, sentimos la necesidad de decirlo. De reivindicarlas. Y muchas veces esa reivindicación termina siendo leída como arrogancia.

Claro está que las acusaciones que hoy recibe la Argentina no terminan ahí. También tienen que ver con intereses más profundos, con un mundo atravesado por guerras, con posiciones internacionales vergonzosas por parte del gobierno argentino y, según algunos, también con el enorme peso que adquirieron las casas de apuestas durante este Mundial.

Pero más que preguntarnos quién tiene razón, nos interesa preguntarnos para qué podemos usar esta discusión. Ninguno de los escenarios debería dejarnos en un lugar cómodo o defensivo. Deberíamos construir un futuro mejor para esta agenda. No alcanza con reivindicar aquello que la Argentina hizo bien por ejemplo, la politica de Memoria, Verdad y Justica, las Madres y las Abuelas, la legalizacion del aborto. También hace falta trabajar sobre aquello que todavía está mal. Si reivindicamos que en la Argentina la gente se mezcló, deberíamos trabajar por sostener los espacios donde esa mezcla ocurrió.¿Dónde creen que tienen más chances de mezclarse la gente? ¿En la escuela pública o en la privada? ¿En la plaza o en el country? ¿En el tren o en el auto? ¿En el shopping o en un club de barrio? Porque las sociedades no se mezclan por casualidad. Se mezclan cuando existen comunidades, instituciones y espacios compartidos que hacen posible ese encuentro. ¿Qué está pasando hoy con esas políticas públicas?

Si cuando nos critican, respondemos desde nuestro enorme y verdadero sentido de comunidad, desde todo lo comunitario que se activa en el suelo argentino…en qué acciones concretas podemos conducir ese sentido hoy, contra los discursos de odio -que no vienen sólo de afuera- y como un proyecto político contra la soledad colectiva.

Y esa discusión también alcanza a nuestra política migratoria. Nuestra Constitución Nacional dice ya en su preámbulo que nuestro país es de quienes quieren vivir acá. En distintos momentos de su historia, la Argentina impulsó políticas e instituciones que facilitaron la integración de personas de distintos orígenes. Millones de personas se convirtieron también, en argentinos.Hoy esa tradición también está siendo cuestionada. El gobierno ya manifestó su intención de modificar aspectos centrales de la política migratoria y, al mismo tiempo, le habla a un sector de la sociedad que quisiera abandonar ese modelo. Si creemos que esa experiencia histórica tiene algo valioso para enseñarnos, entonces esa discusión también forma parte de pensar el país que queremos construir.

También deberíamos trabajar sobre aquello que sigue estando mal. Porque quizás sintamos que no vivimos en un país tan racista como otros, pero escuchamos todos los días comentarios de personas lamentándose porque en el médico los atendió un “hermano latinoamericano” y no un médico argentino; de quienes describen un lugar diciendo que era “una sopa de negros”; de quienes idealizan la inmigración de fines del siglo XIX como si hubiera venido con más ganas de trabajar que quienes migran hoy (sin ningún dato que sostenga esa afirmación). Pero, sobre todo, el discurso racista y clasista que más escuchamos diariamente es el de nuestro propio presidente, Javier Milei. El mismo que eliminó el instituto nacional contra la discriminación.

Entonces ¿Cómo no hablar de la existencia de racismo en un país que tuvo un proyecto político como el peronismo que acertadamente decidió hablarles directamente a los “cabecitas negras”, a esos que las clases altas despreciaban? ¿Cómo no recuperar/actualizar esa categoría si el peronismo quiere volver a pensar herramientas para transformar la sociedad? La nueva política, la que quiera quiera disputarle el sentido común a Milei, no debería esquivar esta discusión. Debería incorporarla. Y también hacer algo todavía más importante: lograr que todas esas personas que aparecieron por primera vez en los medios esta semana puedan estar ahí todos los días.

El fútbol siempre es político. ¿Cómo no van a ocupar estos temas el centro de un espectáculo que mira el mundo entero? Si el fútbol moviliza recursos, emociones y audiencias como ninguna otra experiencia global, sería un desperdicio que no pudiera también abrir discusiones sobre la guerra, el racismo, la soberanía o el tipo de sociedad que queremos construir. Porque, al final, la discusión nunca fue solamente sobre un canto, una polémica o un Mundial. Fue sobre la Argentina. Y ojalá podamos aprovecharla no sólo para defender quiénes fuimos, sino para discutir, entre todos, quiénes queremos ser.

Las autoras son integrantes de Futuros Mejores y de La Cocina de los Cuidados

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