¿Por qué no podemos reírnos con Cucurella?
Pocos me entenderían si les dijera que cuando se confirmó el cruce entre Argentina e Inglaterra, pensé: prefiero perder con los ingleses a jugar una final con España y perderla con ellos. Para la gran mayoría de argentinos y argentinas, la ecuación funciona al revés. Y, para fortuna de ellos, sucedió así.
Para mí, por el contrario, el enfrentamiento con España era decisivo. Entre interrupciones por la pandemia y viajes temporales de trabajo, llevo viviendo en Madrid unos ocho años. En todo ese tiempo, no he podido nunca establecerme, hacer grandes amigos, hacer de la ciudad mi casa, mucho menos sentirme español. Por el contrario, siempre me molestó tener que adaptar mi acento —porteño de base— para hacer un trámite o una compra: ¿cómo es posible que un ciudadano de otro país que comparte el mismo idioma no logre entenderme si no utilizo su acento? Ni en Rusia me miraron con ojos desorbitados en un comercio cuando quise expresarme con mi ruso rudimentario…
Como sea, todos estos años de vida aquí en Madrid me han hecho valorar mucho más la argentinidad (si eso existe). Más en mi caso, que, debo reconocer, nunca fui un claro representante del estereotipo nacional. Al menos, dicho por mis amigos. No tomo mate y ni siquiera durante el mundial me verán con una camiseta de la Selección. Sin embargo, como decía, empecé a valorar muchas costumbres de mi país, que, en perspectiva, no he visto en casi ningún otro, y que me parecen hermosas, únicas, esencialmente valiosas en el contexto de un mundo cada vez más utilitarista e individual.
Principalmente, la amistad. He visto, como tantos otros, una y otra vez, esa declaración de Borges sobre la amistad… Cuando vivía en Moscú, la entendí como una frase simpática de nuestro mayor escritor. Mis amigos, la amistad, como la entendemos en Argentina, eran para mí un fenómeno que se vivía de la misma forma en cualquier país, Rusia, Francia o España.
Esto ya es un clásico
— Selección Española Masculina de Fútbol (@SEFutbol) July 20, 2026
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Solo con el tiempo, y con mi residencia en Madrid, empecé a entender la profundidad del asunto. Guardo un ejemplo potente. Un conocido español me presenta un “amigo” argentino con el que seguro me llevaría bien. Nos conocimos y, efectivamente, nos llevamos bien. El amigo argentino se había mudado a España para vivir, y estaba buscando trabajo. Su currículum era muy bueno, y el español que nos presentó, tenía varias posibilidades de ayudarlo. Un día, al ver que no surgía una iniciativa de su parte, le pregunté por qué no lo ayudaba. Su respuesta fue: “no lo conozco bien, no tengo confianza”.
Es paradójico porque ese argentino terminó llamándome a mí para hacer un trabajo con él unos meses después. A mí, que solo me conocía de aquel español que nos había presentado… Tengo un par de amigos vascos que, en alguna ocasión, se la jugaron sin esperar nada a cambio. De todas formas, encuentro un abismo entre unos y otros. Quizás deba preguntarme, ¿será solo en el exterior que los argentinos muestran esa disposición a ayudarse entre sí tan determinada?
Otro aspecto de la argentinidad que aprendí a valorar viviendo entre españoles fue la desfachatez (ni hablemos de la improvisación…, que ya es un asunto largamente discutido), la libertad y cierta transgresión, que bien entendida, da pie a la creatividad, a lo nuevo. En España, cuesta salirse de la forma (no digamos de la norma), de lo establecido, aunque fuera solo social o moralmente.
Más de una vez me pregunté cuánto daño le hizo el franquismo a la sociedad española y si ese apego a la norma no tendrá alguna relación con casi cuarenta años de dictadura. El periodista español Iñaki Gabilondo suele comentarlo con una definición tan sencilla como contundente: “Una dictadura es no poder leer el libro que quieres, ni ver la película que quieres, ni reunirte con quien deseas, ni decir lo que piensas. No puedes tener la identidad que quieres, ni religiosa ni sexual…”. A pesar de ello, España vivió una explosión artística y social durante la Transición y los años 80. ¿Qué pasó después? Intenté pensarlo en comparación con los efectos de la dictadura argentina, más breve pero devastadora. ¿Cómo pudieron los argentinos conservar ese espíritu de rebeldía?
Cuando dejé la Argentina, en el 2012, fantaseaba con vivir en un país como Suiza. Estaba algo cansado de ver que los argentinos tuviéramos que dirimir todo entre nosotros mismos porque la ley estaba ausente o llegaba tarde. Hoy, catorce años después, no sé bien con qué quedarme. Si la rigidez española o la desfachatez nacional. Probablemente lo ideal sería una fórmula intermedia. Por eso, aquel Messi “españolizado” pre 2010 nos parecía algo distante, mientras que el de la última década, en esencia más formal y cauteloso, pero con la vibra argentina de la irreverencia y el orgullo propio, nos genera un amor desbordante.
Aunque mi abuelo paterno, hijo de gallegos, fue reconocido con el premio Konex y el Fondo Nacional de las Artes por su destacada labor como pianista y director de orquesta, siempre recuerdo de él dos episodios. Uno en que llegué a su departamento un minuto antes de la hora acordada. “Ni un minuto antes, ni uno después”, me dijo a través del portero eléctrico. Otra vez, cuando le hablé de mi novia rusa, flautista… Su primera pregunta fue sobre sus estudios, trayectoria, si era una persona con futuro o no.
Mi abuela, su primera mujer, de madre italiana, también pianista, vive en mi memoria por un recuerdo en particular. En la cama del hospital, cuando entré para despedirme (su muerte era inminente), comenzó a llorar de la nada, y a pedirme perdón. “¿Por qué llorás, abuela?, pregunté desconcertado. Apenas la había saludado. ”Una vez te dije que Eros Ramazzotti era un mal cantante, pero ahora escuché una canción, y a pesar de esa voz nasal que tiene, me gustó“, explicó entre lágrimas.
Mi abuela vivía en Narnia, según comentó mi padre alguna vez (aunque no con esas palabras). Para mí era cariñosa y soñadora. Atenta a detalles y circunstancias en teoría menores.
La comparación entre abuelos me sirvió más de una vez para explicar por qué me siento mucho más en casa entre italianos que españoles, aunque no logro comprenderlo. La cantidad de españoles que emigraron o se establecieron en Argentina es innumerable. ¿Por qué a algunos nos cuesta tanto sentirnos afines a ellos?
Pienso ya en la comentada canción del jugador español Cucurella. Ya la había visto mucho tiempo atrás. Creo que en Argentina se viralizó en la previa de la final. Lo cierto es que me generó la misma incomodidad e incomprensión que a varios. No conseguía entrar en su código: no entendía dónde estaba la gracia ni qué complicidad proponía…
En cualquier caso, me resulta incomprensible que dos países tan cercanos tengan una manera de entender muchas cosas de forma tan distinta. Un amigo argentino me contó que en las calles de Barcelona el festejo por el campeonato mundial duró apenas horas… Quizás porque para los argentinos, el fútbol es el catalizador de todas las promesas incumplidas de nuestro país. La Selección es nuestra mejor versión, el mejor remedio ante un devenir nacional que consideramos esquivo.
En los próximos meses veré concretarse el sueño de mudarme a Italia tras varios años en Madrid. Temo encontrarme con algo distinto al recuerdo de mi abuela…, o que en algún próximo mundial nos encontremos con Italia en una instancia decisiva y volvamos a reeditar aquella experiencia de los 90, cuando Argentina también cargaba el estigma del villano. La solución es volver al país, me dirá alguien con mucho tino. Quizás… Mientras tanto, seguiremos escribiendo crónicas catárticas y gritando goles en un living apenas iluminado por la pantalla de la computadora.
AF/MG
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