El costo oculto del envejecimiento: cuidadoras sin derechos, trabajo en negro y salarios de pobreza
Argentina atraviesa un proceso acelerado de envejecimiento y, al mismo tiempo, enfrenta un deterioro de las políticas destinadas a garantizar los cuidados de las personas mayores. La tarea recae principalmente en las familias y, cuando estas no pueden asumirla, en cuidadoras domiciliarias que en su mayoría trabajan de manera informal y sin protección social.
El 11,9% de la población argentina tiene 65 años o más, según el Censo 2022 del INDEC. Esa franja pasó de 4,09 millones de personas en 2010 a 5,37 millones en 2022: creció un 31%, más del doble que el resto de la población. El grupo de 85 años y más, el más frágil, casi duplicó su peso relativo desde 1970.
El crecimiento de la población mayor aumenta la demanda de asistencia. Pero el sistema de cuidados no acompaña ese proceso y deja a las familias frente a una oferta limitada y costosa, según los especialistas.
Cada vez más personas mayores viven solas
Uno de cada cuatro mayores de 65 años vive sin nadie más en su casa, según el Censo 2022. En la Ciudad de Buenos Aires, ese número trepa al 34%.
“En Argentina, el 36% de las personas de 80 años y más vive sola. En la Ciudad, el porcentaje asciende al 38%”, precisa la gerontóloga Mónica Roqué, de la Asociación Latinoamericana de Gerontología Comunitaria y extitular del área de Adultos Mayores en el Ministerio de Desarrollo Social.
Vivir solo, explica Roqué, no implica necesariamente aislamiento, pero aumenta las posibilidades de que una persona mayor no cuente con ayuda cuando la necesita. “Eso no significa necesariamente que estén aisladas, pero sí que tienen más probabilidades de sentirse solas y de no contar con ayuda cuando la necesitan”, señala.
La soledad, además, tiene consecuencias sobre la salud. Según Roqué, “las personas mayores tienen más riesgo de morir asociado a la soledad que por tabaquismo, obesidad o alcoholismo”.
La necesidad de asistencia alcanza a una parte importante de esa población. Roqué calcula que el 10% de las personas mayores del país no puede realizar por sí sola actividades básicas como alimentarse o higienizarse. Son unas 750.000 personas que, sin ayuda, no sobreviven.
Si se suman quienes tienen dificultades para salir de sus casas o realizar un trámite, la cifra asciende a 1,7 millones. Entre los mayores de 75 años, calcula, cerca de 1,6 millones necesitan asistencia para las actividades cotidianas.
El costo de cuidar
Sin embargo el acceso a los cuidados está condicionado por los ingresos. Un geriátrico en la Ciudad de Buenos Aires cuesta, según relevamientos realizados en marzo y abril de este año, entre $1,3 y 5,5 millones por mes, de acuerdo con el grado de dependencia.
A su vez, una cuidadora domiciliaria registrada cobra, según la escala salarial de la UPACP vigente desde enero, $441.806 con retiro o $490.745 sin retiro. El subsidio que otorga PAMI para auxiliar domiciliario cubría, según la última cifra de referencia pública, correspondiente a marzo de 2025, alrededor de $200.000 mensuales. El acceso es restringido y está sujeto a una evaluación social que exige demostrar que no existe una red familiar disponible.
La diferencia entre el costo del cuidado y la ayuda estatal queda a cargo de las familias. En otros casos, la asume la propia cuidadora, que trabaja por debajo de lo que corresponde.
En Ushuaia, la cuidadora domiciliaria Candida Noemí Aponte declaró en junio a FM Ártika que cobra entre $300.000 y $500.000 por mes, sin registro, por jornadas que exceden largamente lo pactado.
Los datos de La Cocina de los Cuidados, el espacio intersectorial que coordina el CELS, muestran también una reducción de las políticas de asistencia. En junio de 2025, según el quinto informe de la organización, los subsidios de PAMI para contratar cuidadores habían caído 18% respecto del año anterior. Las camas que el organismo financia en residencias de larga estadía también bajaron, de 22.000 a 17.000.
En diciembre pasado, una nueva encuesta de La Cocina de los Cuidados, realizada junto con Ágora Consultores, mostró que la contratación paga de cuidadores domiciliarios había vuelto a caer: pasó del 14% al 11% de las familias con adultos mayores a cargo.
Los centros de día, a los que en 2023 asistía el 13% de esas familias, hoy están en cero.
Menos políticas públicas para un problema que crece
La reducción de los recursos destinados a los cuidados también se refleja en la cantidad de políticas públicas vigentes. Antes de diciembre de 2023 existían 50 políticas nacionales de cuidado. Para septiembre de 2025 solo quedaban tres activas, según el sexto informe de La Cocina de los Cuidados.
“Muchas políticas no fueron eliminadas formalmente, pero sí desfinanciadas. Durante un tiempo las considerábamos paralizadas; hoy directamente las damos de baja porque no registran ejecución”, explica Lucía de la Vega, coordinadora de ese espacio en el CELS. Entre los programas sin ejecución está el de formación de cuidadoras domiciliarias de la Dirección Nacional de Personas Mayores.
El Gobierno también derogó la moratoria previsional que permitía jubilarse a quienes habían trabajado durante toda su vida sin aportes registrados. “La eliminación de la moratoria afectó especialmente a las mujeres, porque seis de cada diez jubiladas habían accedido a la jubilación a través de ese mecanismo”, dice De la Vega.
Para gran parte de esas mujeres, la alternativa es la Pensión Universal para el Adulto Mayor, que, según el CELS, continúa por debajo de lo necesario para cubrir una canasta básica.
La reforma laboral aprobada por el Congreso este año tampoco modificó las condiciones del sector. Según el séptimo informe de La Cocina de los Cuidados, publicado en marzo, el trabajo en casas particulares –categoría que engloba a las cuidadoras– representa el 20,12% de toda la informalidad laboral del país.
La nueva ley extendió el período de prueba de 30 días a seis meses y no incorporó medidas para formalizar el trabajo de cuidado. Según estimaciones de la OIT y la CEPAL citadas en el mismo informe, la profesionalización del sector podría generar 1,8 millones de puestos hacia 2030.
Un trabajo feminizado y mayormente informal
El trabajo doméstico y de cuidado en casas particulares es realizado casi exclusivamente por mujeres. La tasa de feminidad se ubica entre el 97% y el 99%, según datos del INDEC y la OIT. Entre el 75% y el 77% de esas trabajadoras no está registrada. El 75,5% no tiene aportes jubilatorios y el 75,3% no tiene obra social.
La socióloga Natacha Borgeaud-Garciandía, investigadora del CONICET, lleva más de una década documentando la vida de las cuidadoras “cama adentro” en Buenos Aires. Son, en su mayoría, migrantes internas o de países limítrofes que conviven las 24 horas con la persona a la que asisten.
En sus entrevistas describe un encierro continuo: el espacio propio de la cuidadora se disuelve dentro del espacio de la persona que cuida.
Las condiciones laborales también se reflejan en los ingresos. Un estudio sobre cuidadoras domiciliarias en La Plata, publicado en diciembre pasado por la investigadora Luciana Deledicque, encontró que quienes trabajan a través de la obra social bonaerense IOMA, con jornadas de hasta 72 horas semanales, cobran en promedio apenas el 44% de la canasta básica total que calcula el INDEC.
“Ni un kilo de carne la hora y estamos cuidando de todos. No tenemos un trabajo digno, no tenemos valor”, dice Evangelina, una de las cuidadoras entrevistadas para ese estudio.
Otra investigación, realizada en Mar del Plata por las investigadoras Romina Cutuli y Eugenia Savino, encontró que siete de cada diez cuidadoras entrevistadas nunca tuvieron un vínculo laboral registrado en relación de dependencia, ni siquiera cuando trabajaron en residencias.
La precariedad se repite en distintas provincias. En Ushuaia, Candida Noemí Aponte contó a FM Ártika que cuida sola a un hombre de 92 años con demencia senil y que el programa estatal Incluir Salud no respondió a sus pedidos de intervención.
“Un desprecio total por lo que estoy haciendo, un desprecio total por la vida de este adulto mayor también y por el trabajo que estoy realizando”, declaró, tras quedarse sin ese trabajo por un conflicto interno que nunca fue investigado.
En Viedma, Ana María Haro, dirigente sindical de CUIDO Río Negro, denunció en junio que la obra social provincial IPROSS les ofreció un aumento de apenas $108 en el valor de la prestación. Lo calificó de “miserable” frente a trabajadoras que cumplen turnos de 12 horas y no llegan a fin de mes.
En esa misma provincia, un legislador recibió en mayo el reclamo de una cuidadora de General Roca que atiende, sin registro, a 21 adultos mayores en un geriátrico privado. Trabaja jornadas de 16 horas y cobra un salario cercano al millón de pesos.
Existen, sin embargo, algunas experiencias que buscan formalizar el sector. CuidarNos, una cooperativa que conecta cuidadoras con familias bajo contratos formales, sumó 180 mujeres en sus primeros meses de funcionamiento y les garantiza obra social.
Pero la informalidad sigue siendo la regla. El sociólogo Agustín Salvia, del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, calcula que el 65% de quienes cuidan personas mayores en el país continúa trabajando en negro.
Un problema que también afecta el futuro de las cuidadoras
La falta de protección laboral tiene una consecuencia a largo plazo: las mujeres que hoy cuidan a las personas mayores tampoco tienen garantizado su propio acceso a una jubilación y a los servicios de cuidado que necesitarán en el futuro.
“Dentro de veinte años la población mayor de 60 años prácticamente se va a duplicar”, dice Lucía de la Vega, del CELS. El crecimiento de esa población implicará una mayor demanda de asistencia y de trabajadoras especializadas.
“Vamos a necesitar más servicios de cuidado, más trabajadoras y trabajadores formados y más políticas públicas orientadas a este sector”, sostiene De la Vega. Sin embargo, advierte, el proceso actual avanza en sentido contrario.
“Lo que vemos hoy es la eliminación de herramientas existentes y una situación de creciente desprotección. Muchas personas mayores están al borde de la exclusión y enfrentan decisiones dramáticas, como elegir entre comprar medicamentos o alimentarse adecuadamente”, concluye.
LN/MG
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