El idioma secreto de los flippers: el argentino que se convirtió en referente mundial de los restauradores de “fichines”
Muchos revivieron momentos gratos la semana pasada al ver un pinball de Los Locos Adams en el centro de la agenda mediática, pero pocos saben que detrás de este artefacto de culto existe un universo de grandes exposiciones, coleccionistas nostálgicos, competencias internacionales y un restaurador argentino referente mundial. Son parte de la fascinante historia del pinball, una trama que también une a Al Capone con Manuel Adorni, quien habría pagado unos US$8.000 por una pieza de colección.
Antes de la adquisición del exjefe de Gabinete, y después de que el juego se popularice como entretenimiento barato durante la Gran Depresión, el pinball fue prohibido durante 34 años. Era considerado un juego de azar y lo relacionaban con Al Capone, quien controlaba el negocio de las apuestas. Además, las fábricas de pinball estaban en Chicago, tierra del capo mafia. En 1943 el alcalde de Nueva York, Fiorello LaGuardia, destruyó y arrojó al mar todas las máquinas de la ciudad. “Les quita el dinero del almuerzo a los niños”, dijo en aquel momento.
Cinco años después, el diseñador Harry Mabs incorporó las paletas, los llamados flipper, y el azar cedió terreno a la habilidad. Esta fue la razón para que la prohibición se terminará en 1976, cuando Roger Sharpe, jugador profesional, se paró frente a funcionarios de Nueva York con una máquina y anunció por qué carril iba a salir la bola, y la bola salió por ese carril. El juez lo declaró juego de habilidad, y la ley se levantó de inmediato.
En Argentina el pinball llegó en 1939, de la mano de Kurhelec padre, pero se prohibió en Buenos Aires. Su hijo Juan encontró la salida donde las ordenanzas eran más laxas, en la costa atlántica, donde registró en 1978 la marca Playland. Recién en 1993 los fichines dejaron de ser una postal exclusiva del verano cuando la Justicia habilitó en Buenos Aires las salas recreativas de pinball.
De momento, no se sabe si la Justicia recaerá sobre el pinball del exjefe de Gabinete. Lo que sí es seguro es que Adorni ahora tendrá más tiempo para dedicarle al juego. Y si el sobreúso termina pasando factura, la reparación de la máquina probablemente quede en las manos quirúrgicas de Marcelo Adrián Blanco, reconocido como uno de los mejores restauradores de flipeers del mundo.
El restaurador
En el café de Tacuarí y Garay, San Telmo, a dos cuadras de su taller donde hace unos minutos se encontraba reparando un pinball, como cada mañana, las manos negras, algo engrasadas, de Marcelo Blanco se mueven rápidamente. Habla con fluidez, y maneja perfectamente el inglés, idioma con el que brinda seminarios intensivos en Ohio y Chicago frente a cientos de gringos que lo admiran y toman nota acerca de los secretos del arte de la restauración de flippers.
Hace años, fue contactado por Robert Berk, experto mundial y récord guiness a mayor coleccionista de pinball con 1.041 máquinas. Berk no podía creer que existiese una persona como Blanco. Cuando vio un video de un trabajo que realizó el argentino restaurando una pieza que estaba para el basurero, Berk se tomó la cabeza y dijo: “Este hombre tiene que venir”.
Desde entonces, Blanco viaja todos los años, se instala unos meses en Ohio y trabaja con la colección de Berk. Brinda seminarios y desparrama su conocimiento. Participa de las ferias mundiales. Berk, un altruista del pinball que repara máquinas excepcionales que ningún otro coleccionista compartiría para que utilice el público, le hizo un certificado de adopción y le entregó la “llave de la ciudad de Girard” por su “significativa contribución a la comunidad”.
“En la feria mundial de Chicago había pinballs desde la década del 30. Restauré una máquina de 60 años que anda con film e iba para la basura, nadie lo podía creer. De las mil máquinas que había, un nene de 10 años se enamoró de esa. Todo ese camino es maravilloso”, dice, conmovido, Blanco, quien cada vez que está terminando un trabajo y observa cómo cada pieza se ensambla y los colores cobran vida, se dice a sí mismo: “Dale tarado, ¿por qué te emocionás? Hace 40 años hacés esto”.
Blanco nació en 1971, viendo a su padre restaurar objetos en su local de antigüedades de la calle Chacabuco y Bolivar; y jugando al Meccano, el clásico juego de construcción infantil. Fue el socio de su padre, Roberto MacKintosh, artista plástico, quien le enseñó la técnica de la restauración y le inculcó la perspectiva artística que hace de Blanco hoy un restaurador único, reconocido en el mundo del pinball.
Cuando tenía 14 años, su padre compró un lote de antigüedades. Adentro venía un pinball, un Skinning 1974. “Es mío”, dijo Blanco y se lo compró a US$300, con el dinero que venía ahorrando de trabajos en restauración de juguetes japoneses. Al abrirlo, Blanco quedó fascinado para siempre, encandilado por el “cerebro loco” de esa “máquina misteriosa”.
“Siempre me pareció un objeto misterioso. Cómo la máquina hace las cosas, cómo cuenta puntos, cómo se mueve, una especie de cerebro loco. Abris el cabezal y es una locura lo que hay adentro”, cuenta Marcelo, quien tuvo que aprender a prueba y error, con intuición y sentido común. Desde entonces, no paró, le arregló o restauró el fliper prácticamente a todos los jugadores del país. Hace unos meses, le reparó el pinball a Mario Pergolini.
El juego
El pinball es una negociación con el caos. Cada máquina tiene su diseño y sus reglas, pero todo es secundario si no se domina el control de la bola. Hay técnicas para frenarla sobre la paleta, para pasarla de una aleta a la otra, para sacudirle el cuerpo a la máquina (nudging) para corregir trayectorias sin activar el tilt. Con la electrónica llegaron el multiball y la voz: en 1980 Bally lanzó Xenon, la primera máquina con locución femenina, obra de Suzanne Ciani, cuyas seductoras frases salían de un chip de 8 kilobytes, menos memoria que un mensaje de texto.
El campeonato mundial rota de país en país bajo la órbita de la IFPA. La distancia entre un aficionado y un profesional es muy grande. Donde uno hace 100.000 puntos, los campeones marcan 100 millones. Antes de cada torneo, los de élite recorren las máquinas con libreta en mano para estudiar cada particularidad. El IFPA21, en junio de 2026 en Wisconsin, reunió a 80 jugadores de más de 20 países con un pozo de US$40.000. En Argentina hay buenos jugadores, pero nadie vive de esto.
La lista negra de Marcelo Blanco
Todos los días le piden a Marcelo un trabajo nuevo, de Argentina o del exterior. Sin embargo, hay más gente que está en su “lista negra” que personas que atiende. Hay mucho desprolijo en el ambiente. Últimamente, se centra solo en coleccionistas apasionados, aquellos que hacen un gran esfuerzo por tener su pinball, y precisan un trabajo fino. A los inescrupulosos o lucradores del “compra-venta”, los deja de lado.
“Muchos te dicen ‘es la máquina de mis sueños’ y no termina de salir del taller que ya está vendida. Por ejemplo, la compran a US$2.000, yo se las restauró a US$500 o 1.000, y la venden a 8 mil. Está bien, es su negocio, pero yo mi tiempo se lo dedico a otra gente, a coleccionistas chicos o grandes”, aclara. Según cuenta, en el país hay al menos 10 coleccionistas que tienen más de 100 máquinas.
La nostalgia y el conocimiento intrasferible
Los Locos Adams (Bally, 1992) es la máquina de pinball más vendida de la historia: 20.270 unidades. “Si le preguntás a cualquiera, todo el mundo le jugó”, dice Blanco. “Es la que más restauré en mi vida. He pintado más de cien Adams”. En Pinside, la comunidad de referencia mundial, rankea 31° en el Top 100 general, lejos del podio para los conocedores, pese a ser el título más vendido de la historia. “A mí no me gusta”, dice Blanco.
“Lo de Adorni no fue un tema de estatus”, señala. “El pinball no te da estatus, hay muchachos que viven en un monoambiente y tienen un pinball. Lo de Adorni fue nostalgia pura, es de la generación que el pinball significaba vacaciones en la playa ya que en Buenos Aires estaba prohibido. Son los fichines de la niñez, y el que más se jugaba era el de los Locos Adams”, opina Blanco.
Este juego tiene también algo de extravío feliz. La posibilidad de entretenerse y abstraerse hacia una realidad sin preocupaciones. Paradójicamente, durante la crisis del 2001 hubo un leve crecimiento en la compra de estos artefactos, según afirma el especialista Blanco. “Conocí muchas personas que se compraron un pinball y se tomaban un whisky esperando a que estalle todo”, revela.
Con Marcelo se termina el sofisticado arte de la restauración de pinball. Tiene una experiencia que se perdió. En su momento intentó transmitir el conocimiento, pero es un oficio que demanda mucho tiempo y “la gente no tiene paciencia, quieren un par de tips y listo”.
Sin embargo, el amor por el pinball está más vivo que nunca. Todos los años las empresas sacan subtítulos nuevos. “Salió uno de Elton Jhon que es un escándalo, tira láser al techo”, dice. En Europa y en el resto del mundo, crecen los clubes y museos. “No va a desaparecer”, asegura. Siempre habrá coleccionistas apasionados, salas vintage o alguna persona que esté pasando una crisis existencial o un buen momento económico y quiera darse un gustito: tener un flipper en su casa.
LN/MG
0