Las bestias pop
“Soy el león, rujo contra la casta”, se definió Javier Milei a sí mismo, para exhibir su propósito de luchar contra el sistema populista. Convirtió al apodo en logo de campaña.
Existe una gran variedad de ejemplares en la fauna política, integrantes destacados del reino animal. El antropomorfismo traza paralelos, al modo en que Esopo y Jean de La Fontaine lo hicieron en las fábulas, espejando a las bestias en las personas e incluyendo sus consabidas moralejas como remate implícito.
Antes como después de la aparición de la sinonimia yegua-Evita-Cristina, esa asimilación fue algo bastante corriente, como una forma de reírse y distribuir jerarquías. La animalización da cuenta de una sobre o subvaloración de quienes son nombrados como tales.
La nominación bestial convierte a los políticos en objetos amenazantes. Tortuga, Peludo, Pingüino y gorila funcionan como insultos. En el circo de la política, los animales requieren ser fijados y domados, para el goce del público, cada vez que salen de la jaula privada, algo que insiste en una forma de consideración reduccionista y binaria: buenos y malos, fuertes y débiles, racionales o pasionales.
Antes y ahora, yegua es la mujer pública, la puta, que carece de valores morales y sólo busca satisfacer el apetito sexual masculino a cambio de dinero. Si la Perona fue infértil, la burla implícita, por la contraria, proviene de la etimología: yegua viene de equa, es decir de la hembra que se reproduce con el caballo, equus.
La yegua no debía gobernar por ser bruta, de origen rural, sin educación ni pedigree. Después de su muerte, haber sido yegua facilitó simbólicamente su profanación, el ocultamiento de su cadáver.
La mayor difusión del apodo se extendió luego del golpe de la Revolución Libertadora, de 1955, como parte de la campaña de desprestigio contra el peronismo, época en la que los nombres y apellidos de la pareja Perón-Perón estuvo prohibida. Yegua venía de la aversión y fue uno de los epítetos más famosos. La jefa espiritual de la Nación, como la llamaron oficialmente ante su muerte, sabía de su uso y se lo tomaba con sorna. “Prefiero ser yegua del pueblo que dama de la oligarquía”, dijo.
En yegua, hay un dejo de misoginia, por ser una mujer que “relinchaba”, al conducir a las masas. Equivale, con la popularización del lenguaje de la psicología, a las locas (las Madres de Plaza de Mayo) o las histéricas (en las confrontaciones verbales de los machistas con sus novias y esposas).
El mote despectivo fue recuperado por los conservadores para emplearlo contra Cristina Fernández, la morocha argentina del panteón gobernante. Lo volvió a poner en circulación Hugo Biolcatti, presidente de la Sociedad Rural Argentina, en 2008, durante el enfrentamiento del poder agro financiero contra la entonces presidenta. Los militantes peronistas resignificaron el término como símbolo de potencia femenina, de una mujer que arremete sin pedir permiso.
El origen desopilante de gorila, para mencionar a los antiperonistas, surgió en el programa de Radio Argentina La revista dislocada, durante 1952. El ciclo fue creado por Délfor Medina y el guión era de Aldo Camarota. Se mantuvo con distintos formatos hasta la dictadura de Agustín Lanusse, que lo prohibió. En 1953 se estrenó la película Mogambo, con Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly. En una de las escenas que transcurre en África, Kelly escucha fuertes rugidos y se arroja a los brazos de Gable, quien personifica a un cazador. “Deben ser los gorilas, deben ser los gorilas”, repiten los pobladores nativos.
En el ciclo, un coro parodiaba el filme repitiendo el jingle: “deben ser los gorilas”. Cuando en el 55 circularon los rumores sobre un posible golpe de estado contra Juan Domingo Perón, se identificó esa amenaza con la de los simios del producto hollywoodense. El humorista Landrú dibujó con elegancia a un par de monos entrando a la Casa de Gobierno y también a un almirante Isaac Rojas de nariz aguileña soñando con gorilas que cruzaban un cerco.
Muchos años después, la jotapé y los montoneros reunidos en Plaza de Mayo increpaban al viejo líder justicialista: “¿Qué pasa, general, que está lleno de gorilas el gobierno popular?” Y el Pocho los descalificaba como “imberbes”.
En la novela Cabecita negra, de 1962, German Rozenmacher inventa al señor Lanari, un liberal que desenmascara su hostilidad llamando con el nombre del pájaro a una muchacha de provincia. Desde la perspectiva de Lanari, la joven es primitiva y brutal. Cabecita negra es un ave típica de América del sur.
Cicatrices, el cuento de Juan José Saer, cuenta que el juez Garay, homosexual que encubre su condición, se atormenta al ver la ciudad poblada de gorilas.
Un antecedente de la equiparación persona-animal lo encontramos en el Facundo de Sarmiento. En el libro, Quiroga es un ser feroz, criado en el monte, al que hay que civilizar. Ese tigre de los llanos tiene “un cuerpo cuadrado, hercúleo, hombros anchos, brazos gruesos, músculos de acero, ojos pequeños, hundidos, negros y profundamente malignos… El terror que inspiraba era su única fuerza”, escribe el sanjuanino.
El genocida Julio Argentino Roca fue llamado Zorro por su astucia y capacidad para el engaño. Fue uno de los responsables de la matanza más sangrienta contra los pueblos originarios, la Conquista del Desierto.
Por su personalidad huidiza, porque rechazaba las entrevistas y se metía en la cueva, a Hipólito Yrigoyen se lo nombraba El Peludo, era el topo difícil de atrapar, que vivía encerrado en su casa de la calle Brasil. Una versión socarrona suma el hecho de que su cabello era escaso.
Al conservador de derecha Álvaro Alsogaray, ministro de Economía durante la presidencia de Arturo Frondizi, lo apodaron Chancho. Fue quien inmortalizó la nefasta frase “hay que pasar el invierno”, por el ajuste que padecería el pueblo durante su gestión. La revista Tía Vicenta creó la ilustración y el apodo. La asimilación como porcino evoca a la del “chancho burgués” empleada por la izquierda contra la clase opresora.
Tiempo después, Arturo Illia, otro presidente radical, fue la tortuga para la oposición, por la lentitud con que ejecutaba los actos de gobierno.
Néstor Kirchner fue el pingüino, más que por un rasgo de personalidad por su lugar de nacimiento en Río Gallego, donde habitan esas aves. Su manera de caminar con los brazos pegados al cuerpo y la forma de su nariz reforzaron su semejanza con los habitantes marinos.
En cuanto a buitres, aves rapaces que se caracterizan por ser depredadores carnívoros, refieren al colectivo que componen los fondos financieros, encabezados por el FMI y la banca internacional.
Otro ejemplar, el gato, le cupo a Mauricio Macri. Una versión posible señala que surge del lenguaje carcelario, donde el gato ejerce su autoridad prestada sobre los demás presos. El gato es “el mulo del poronga”, el auténtico jefe, para quien el gato recauda.
El aluvión zoológico en el lenguaje popular fue y sigue siendo una herramienta efectiva para cuestionar y reírse de los poderosos. El peligro de la animalización es que equipara a los políticos con el elemento transformador de la vida social, la política.
LH/MF
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