Hembras en carrera
Si hay algo que tienen en común las obras de teatro que vi en los últimos días es que el centro gravitacional de sus historias recae en mujeres, un gineceo articulado con la vida familiar o social de las protagonistas. Mujeres de hielo, mujeres de nieve, en un cuarto (im)propio.
A veces, los silencios surgen por una amenaza o por el temor que alguien genera cuando te dice que tenés que callarte. En el unipersonal Silencio de hembra, de Mónica Salvador, la protagonista elige quedarse callada para resguardarse hasta sentirse segura. Un fino trabajo con su propia potencia la habilitará a pegar un grito, emitir un alarido o llorar, con la esperanza de que alguien la escuche.
Como un animal herido que se agazapa, la hembra es una víctima que logra expresar lo que guardó en su cuerpo. Emplea el baile, el toque del piano y la actuación para contar lo que le dejaron el padre ausente y el hombre que forzó la sustitución del rol, al unirse con la madre.
Años de ultraje, de mudez y dolor, recuerdos que aparecen en la voz para salir de la experiencia del trauma, se encarnan en el cuerpo de Belén Santos. La joven actriz se desplaza dúctil, con sensibilidad, por un espacio vacío donde pequeños objetos cobran vida como personajes.
Música fracturada que se reitera, el tic tac que marca la tensión, la iluminación que acentúa la atmósfera poética del texto y el in crescendo, todo dirigido por Herminia Jensezian quien, con mano diestra, pone en escena la pieza, que se puede ver en el teatro Tadrón.
En la comedia negra Carrera de fondo (Teatro Picadero) una mujer procura que su bebé se duerma y su hijo mayor no se despierte. Su pareja le pide hablar y la charla en la que se enlistan pros y contras de la relación sucede, de manera dramática o graciosa. Deshacen los acuerdos y la atmósfera se torna extraña. Poco después adviene la separación y el duelo e intentarán recoger los pedazos que quedan.
Como en una prueba de atletismo de larga distancia, donde se privilegia la resistencia aeróbica, en una pareja “fondista” parece necesitarse un ritmo sostenido y una buena distribución de la energía.
La prosa mordaz del libro original de Nadine Lifschitz traspasa a la dramaturgia. Pone el doloroso desencuentro en los diálogos entre Julieta Zylberberg y Gadiel Sztry. La versión teatral funciona como una caja de Pandora de donde emerge lo peor del vínculo, se combinan robustas actuaciones con la dirección dinámica de Mariana Chaud.
¿Qué había antes de que todo estallara? ¿Qué sobrevive luego? En UNA, espléndida adaptación de la obra de Luigi Pirandello (Uno, nessuno e centomila / Uno, ninguno y cien mil), Angélica Moscarda se cuestiona su existencia en relación con la mirada de los demás. El personaje que en el texto original es un hombre, en la puesta gozoza del teatro Almagna es una mujer (la grandiosa Miriam Odorico) cuya corporalidad va de lo blando a lo tenso y viceversa. No sólo para mostrar todas las gestualidades posibles de un personaje que ya no se reconoce, sino para convertirse en muchos otros, modulando distintas voces.
De todos sus textos, para el autor italiano, es “la más amarga de todas, profundamente humorística, sobre la descomposición de la vida: Moscarda: uno, nadie y cien mil”. Moscarda procura desembarazarse de las observaciones ajenas y va en busca de su yo más genuino, con el único sostén de una silla sobre la escena. No hay artificios en la puesta, sólo una gran intérprete buceando en las aguas más profundas de la teatralidad, dirigida por Giampaolo Samá.
El cuerpo disponible de Odorico, a la vez fuerte y delicado, se transforma en los de un contador, un cura, una suegra, un esposo, dos socios, que aparecen para contrariar a la heroína de la fábula. La alteridad mental y física, la salud, los vínculos y la soledad emergen en una sociedad cuyas autoridades no acompañan y que, en vez de atenuarlas, multiplican las problemáticas. ¿Quién soy realmente? ¿quién creés que sos? o ¿cómo te ven? ¿te ven? En esas preguntas que pesan, la mujer se pierde. También puede desenmascararse.
Inquirir el sentido y las consecuencias de ser una en el universo, advertir lo que los otros ven y nos pasa desapercibido, pensar cómo se ponen límites a quienes nos rodean son decisiones que se pueden ir tomando en paralelo al proceso de autoconocimiento.
Que un afecto nos señala algo insignificante como que tenemos la nariz levemente torcida, el cabello demasiado canoso, o la piel muy arrugada nos perturba al punto de ser un disparo contra nuestra existencia y derrumbarnos. Nuestra entidad viva tira abajo la imagen, las ideas y los roles que construimos por elección o por imposición.
¿Quién soy? ¿Quiénes somos? ¿Cómo nos ven los demás? ¿Cómo los veo? ¿Cuántos personajes caben en cada uno de nosotros?
Mediante un tono ingenioso, UNA reafirmar la idea de que todos tenemos una personalidad múltiple y que, si alguien examinara profundamente a las criaturas que viven en nosotros, nos tacharía de locas y de locos, como acróbatas dementes.
Asistir a estas obras sobre las épicas cotidianas de las mujeres es como meterse en un laberinto con el hilo de Ariadna, o como viajar para descubrir y reivindicar nuestras virtudes y habilidades, en apenas un rato, de un modo tierno o impiadoso.
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