El mal querer
No fue hace tanto tiempo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) descartó la homosexualidad de su Clasificación Internacional de Enfermedades. Fue en los años noventa, pero hasta entonces la medicina y una gran parte de la sociedad la patologizaba.
En Saraos uranistas, la obra de Juanse Rauch, tres docentes de medicina enseñan en su cátedra cómo combatir la “anormalidad” sexual, según el paradigma higienista. Siguen la doctrina arbitraria del italiano Cesare Lombroso, quien incluyó a las personas gay entre los criminales por la medida de sus cráneos. Son los primeros años del siglo veinte.
El estilo de enseñanza en la ficción arranca las risas de la platea cuando los facultativos con guardapolvo y puntero enlistan en el pizarrón un conjunto de medidas ridículas que se deben tomar para realizar el diagnóstico y el tratamiento del “mal querer”. El texto de la dramaturgia se inspiró en el antiguo archivo marica.
La pieza se mudó al Maipo porque en el off la demanda de entradas se desbordó. Todo un suceso. Son espectaculares los trabajos de Lucía Adúriz, Manuel di Francesco, Emiliano Figueredo, Tomás Wicz y Maiamar Abrodos. Se convierten en las habitantes transformistas de un cabaré para mostrar sus habilidades brillantes en la actuación y en el canto, acosadas por la visita incómoda de un médico policial, que pretende efectuarles un control sanitario. Éste es el mismo personaje que solicita favores para su “desahogo”, en forma clandestina, aprovechando su poder. La contradicción no puede disimularse, está a pleno, pero la unidad en la resistencia lo doblega.
Sarao fue el nombre que se les daba a las fiestas nocturnas donde se reunían las maricas y travestis de comienzos del siglo pasado. Trolo, puto, paki, mariposa o loca, (como luego se intentó desprestigiar a las Madres de Plaza de Mayo), la forma de llamarlos.
La música en vivo, con Gabriel Illanes al piano, juega un rol central al graduar las emociones a las que convoca el relato en 3 D. El vestuario magníficamente diseñado por Uriel Cistaro es otro de los aciertos de la puesta.
Rausch es el mismo director que estuvo al frente de La revista del Cervantes, un musical exitoso que le tomaba el pelo al gobierno y fue censurado de manera encubierta por las autoridades nacionales de Cultura, con excusas técnicas en las que casi nadie creyó.
Otra joyita teatral que vi esta semana, entre partido y partido, fue Lenguajes del adiós, donde Patricio Abadi parte de filmaciones en video con su madre como figura central. Ella está en la casa y en el hospital y fueron halladas en una caja polvorienta. Desde la perspectiva del autor, director y protagonista, vale revisitar a esa mujer que está enferma pero aún goza de una gran energía. Es seductora, bella, culta, divertida. Echó a Abadi del hogar y estuvieron mucho tiempo sin comunicarse.
Promediando la escena que se desarrolla en el Salón Dorado del Teatro Cervantes y con el lenguaje propio de la carnicería, Abadi recrea un monólogo que ella llegó a presenciar. Se titula Ya no pienso en matambre ni le temo al vacío y nos habla con el lenguaje de la carne vacuna de la excitación carente de afecto que avergüenza y que subyuga, pero además del fracaso, de la desilusión amorosa.
En la despedida posterior a la muerte, el duelo que es el biodrama Lenguajes del adiós, se cuenta además la reconciliación y la creación de un nuevo vínculo afectivo. Este hijo actúa con una íntima naturalidad y genera un ida y vuelta con el público que no puede reprimir las lágrimas. Arte y vida se articulan en una dialéctica precisa.
Muy distinto es el vínculo que propone El zoo de cristal a través de Amanda Wingfield, protagonista del clásico de Tennessee Williams, que se está dando en El Tinglado. El rol lo encarna Ingrid Pelicori, abandonada por su marido y atrapada en un pasado idealizado en el que tuvo muchos pretendientes. Es una madre asfixiante preocupada por casar a su hija soltera, Laura (Malena Figó), tímida y con una discapacidad en una de sus piernas.
La familia vive de los ingresos escasos de su hijo Tom (Walter Quiroz), un empleado de zapatería y poeta desilusionado. La trama está situada en plena crisis económica de los Estados Unidos, lo que no impide que Amanda siga aferrada a la ilusión del american way of life y le insista a su hijo: “levántate y brilla”.
La aparición de un compañero de trabajo de Tom, Jim O’ Connor (Martín Urbaneja) despierta distintas ilusiones en la madre y la hermana, que se ven frustradas de inmediato. El muchacho está lleno de vida y marca un contraste con la atmósfera sombría del hogar que visita, donde cuelga un enorme retrato del padre ausente. Laura colecciona animalitos de cristal, que son el refugio contra su aislamiento. Los tres personajes de esta familia que hoy llamaríamos disfuncional, aunque se parece a tantas otras, buscan un sentido para sus vidas en un mundo que se encamina a la autodestrucción.
La dirección de Gustavo Pardi privilegia la profundidad de un texto realista que, en boca de estos grandes actores, resulta convincente, potente y sensible, pese al paso de los años y gracias también a la adaptación de Mauricio Kartun. Un texto que revela su costado crítico y su salida en la voz de Tom, el narrador de la historia.
LH/MF
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