Paranoia
Lo constante en la persona que la padece es un sentimiento abismal de soledad, la incapacidad de replegar la sensación de asedio y la insistencia en una conducta perversa. No son lo mismo, pero la paranoia favorece a los psicópatas.
El estado de alerta y la creencia empecinada en que existen complots en contra suyo son otras de sus características. Pero ¿qué pasa cuando la paranoia individual se transforma en un estado social y explota en las masas, por el poderoso contagio pandémico que comporta?
Corrió demasiada sangre como para circunscribir el diagnóstico al exclusivo campo de la Psiquiatría, sugiere el psicoanalista italiano Luigi Zoja en el libro Paranoia, la locura que hace la Historia. De formación junguiana, escritor, licenciado en Economía y alguna vez presidente del Centro de Psicología Analítica Internacional, afirma que el paranoico es incapaz de una mirada interior, siempre le atribuye los males a los demás y carece de toda ética.
¿Son los líderes quienes despiertan la paranoia dormida en la gente común o es la sociedad la que erige referentes con la misma habilidad para pedir a viva voz el hostigamiento de una minoría o para ayudar a sus hijos en las tareas escolares?
Revisemos rápidamente algunos hechos destacados del pasado de Occidente. Los habitantes de las tierras a las que llegaron los conquistadores debieron convertirse al catolicismo para ser considerados humanos. Con el estalinismo, los acusados fueron forzados a ser parte activa de los procesos que los aniquilarían. Los nazis obligaban a las organizaciones judías a redactar listas de personas para mandar a los campos y allí elegían a un grupo de detenidos para asegurar el funcionamiento de los hornos crematorios. Les exigían, además, una colaboración económica para los gastos de la ejecución. En la cárcel de Plötzenzee, Berlín, hoy transformada en memorial, se encuentran detalladas las cuentas que se les enviaban a los familiares, incluyendo el costo el franqueo.
La visión desconfiada entre los pueblos constituye el origen mismo de la Historia. Una de las ofensas originarias surgió con el rapto de las mujeres. Los fenicios plantaron la semilla de la discordia en Argos, al llevarse algunas de ellas, entre las que estaba Io, la hija del rey griego, que fue transformada en vaca. Más tarde, fueron los griegos quienes secuestraron a Europa, hija del rey de Tiro, y a Medea, hija del rey de la Cólquide. Luego, llegó la captura de Elena, con la Guerra de Troya.
Nos hemos acostumbrado a la idea de que, a la colonización, le sigue la violencia, no la democracia, lo cual da lugar a un sentimiento de superioridad desconfiada. La teoría darwiniana llevada a la esfera social produce, en nombre de la ciencia, formas de envidia, desconfianza paranoica e instintos de destrucción. Desde allí hay apenas un paso a la instauración de la libertad de mercado, donde el más fuerte domina al más débil, una elección étnica, racial o económica.
En los conflictos humanos la disparidad de fuerzas alienta siempre una agresividad feroz. En el inconsciente del más fuerte la decisión de atacar suele estar desde el comienzo. Es un dogma de hierro. Por eso, el gran desafío en medio de la anestesia del consumo es mantener la indignación, mientras reaprendemos la empatía, dice Zoja.
La ironía trágica se constata en otros hechos pretéritos: a las brujas se las responsabilizó de propagar la peste y se las obligó a confesar delitos que nunca cometieron. Los horrendos experimentos de Mengele fueron la continuación de las investigaciones realizadas por los científicos estadunidenses que incluían a las prestigiosas fundaciones Rockefeller y Carnegie. Son doctrinas que engañan con la pseudociencia y alivian de culpa a quienes las desarrollan. También fortalecen la buena conciencia de los perseguidores.
Pensada en principio como refugio y oasis de seguridad, protección y paz, el destino de las ciudades fue paradójico. En su forma más moderna, metropolitana, se encuentran cada vez más asociada al peligro, al terror, al pánico.
Sobre esa contradicción se montó el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para llevar adelante una campaña de limpieza propagandística, cuando hace pocos días mandó a empapelar las calles con afiches que daban su grito triunfal sobre la expulsión de los manteros, los ocupas, los piqueteros y los sintecho. A las autoridades las roe la obsesión de la inseguridad. Por eso, trabajan con ahínco en la “higiene” desalojando a quienes considera de segunda, sean habitantes de las villas o integrantes del colectivo LGTBQ+.
Los líderes paranoicos viven en su torre de cristal, impermeables a las ideas y sentimientos ajenos, impulsando el odio entre vecinos y el auto odio, con elementos místicos que inundan sus discursos.
Los gobiernos y las sociedades con persecuta requieren de la existencia de un enemigo que se opone a su verdad, un chivo expiatorio al que adjudicarle los males. Pueden ser los judíos o los islámicos. En la Argentina, demonizan a periodistas, zurdos, la casta, los políticos ladrones, “la lacra asquerosa que se llama Estado”, como lo repitió hasta el cansancio el presidente.
En el libro Milei fenómeno verbal, dice Juan José Becerra que el panelista televisivo que se convirtió en primer mandatario, lo hizo “fumigando masivamente los fantasmas que brotan de cualquier antagonismo”. Una muestra de su paranoia y misantropía: la frase “lo importante son las ideas, no las personas”. “Vos no sabés, con vos no hablo”, desautoriza incontinente a sus opositores. Econoburros, llama a los que adscriben a otras doctrinas económicas.
“La turba libertaria redobla su ardor, y desde las sombras de un segundo plano llega taconeando Lilia Lemoine, embutida en el catsuit de la capitana AnCap (por Anarco Capitalista), heroína surgida d una reunión de otakus y aficionados al animé… Milei contempla el disfraz de Capitán AnCap con una cita hipnotizada de Alex, el narrador protagonista de La naranja mecánica, de Anthony Burguess (inventor de la palabra horrorshow), inmortalizado por Malcom McDowell en la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick, mientras se oye el coro de adeptos gritar con la convicción irreversible con la que se sostienen las divisas sectarias: ¡Destrucción!, ¿Destrucción!, ¡Destrucción!”.
El país regresivo asiste a la aparición de manadas violentas e inquietantes, jóvenes y no tanto reclutados por las mafias o el extremismo de derecha. Horrores que creíamos superados ensombrecen el presente a través de la cultura paranoia soft de los medios. “Su majestad, la multitud, el gran tirano de nuestro tiempo”, escribía Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Y Carl Gustav Jung se preguntaba si frente al delirio paranoico vencerá la credulidad o la crítica. Todos estamos dotados de ambas potencias.
LH/MF
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