Lo nuevo en la escena teatral: una familia tipo, es decir, disfuncional
La vida no es precisamente una caja de bombones –como decía Forrest Gump cuando convidaba con un chocolate– para Elvira, una chica de 15 con algún retraso madurativo dentro del espectro de la neurodivergencia, con una sensibilidad otra. En ese pueblo del territorio nacional, hacia fines del siglo pasado, ella no recibe ninguna terapia acorde a sus necesidades y –en ausencia de su madre– es criada con buena voluntad, pero sin los recursos apropiados, por su abuela Lucha. Menos aún está su padre en condiciones de educarla, ni siquiera cuando está sobrio. Y mejor no hablar de su tía abuela Nancy –con la que Cecile Caillon se hace un banquete, impecablemente ataviada por Julieta Capece– egocéntrica y prejuiciosa, alcohólica disimulada que, en ese mes de diciembre, solo piensa en su vestuario para actuar en el pesebre viviente que se está preparando, donde ella –madura y platinada– decidió hacer de la Virgen María. También enfervoriza a N –pero no por el lado piadoso– el haber sido designada delegada parroquial junto a su hermana Lucha, y se relame imaginando la envidia de otras feligresas.
Elvira recibe más críticas por sus infracciones que comprensión o alguna forma de estímulo, si bien la abuela se preocupa sinceramente por el destino de la jovencita cuando ella “ya no esté”. Por si fueran pocos los bombones en la vida de Elvira, en la primera parte de la obra teatral No me dejes en Belén –Recientemente estrenada–, su otra tía abuela, Raquel, yace en el cuarto del fondo con un cáncer terminal. Afortunadamente, está la querida perra Reina para darle compañía y amor; y convocada por la abuela, llega a la casa Milagros, Mila: una chica trans que otrora fue Omar hasta que cambió su identidad de género y tuvo que dejar la familia, el pueblo. En Mila, Elvira ha de encontrar aceptación sin rodeos, afinidades, complicidad, esa dulzura que anhela y que apenas recibe de su abuela.
Personajes neuroatípicos de la ficción y la realidad
El cine ha apelado más que el teatro a personajes con alguna forma de discapacidad mental. En especial, el estadounidense ha tendido a idealizarlos como representación de la inocencia, la buena onda… A la cabeza, el exitosísimo –pero todavía discutido– protagonista de Forrest Gump (1994). Una versión muy suavizada de la novela de Winston Groom que borra aspectos del original que se consideraron poco atractivos para el gran público (es gordo –el autor quería a John Goodman en ese papel–, sexualmente promiscuo, capaz de algunas maldades), y además afronta con ligereza hechos relevantes de la historia norteamericana ocurridos en la segunda mitad del siglo 20.
Estos papeles de simples de espíritu, pero puros de corazón, casi siempre han encantado a millones de espectadores y, desde luego a la Academia de Hollywood, que no es académica pero distribuye los Oscar: Rain Man (1988), Gilbert Grape (1996), la reidera Tonto y retonto (1994), e incluso el Mr. Chance de Desde el jardín (Being There, 1979) –sobre la novela de Jerzy Kosinski– con su intranquilizador tono satírico y una gran interpretación de Peter Sellers (actualmente versionada en el teatro comercial de la calle Corrientes, adaptada al estilo de la comicidad demagógica de Guillermo Francella).
Tornando a Forrest Gump, vale anotar que felizmente no se concretó la tantas veces anunciada secuela, en una primera instancia, debido a la negativa de Tom Hanks a participar.
En la tevé local merece recordarse el personaje de Romina en la novela El sodero de mi vida (2001) –una adolescente con edad afectiva y mental por de debajo de la media– gracias a la hermosa actuación de la muy joven Dolores Fonzi, que tuvo autonomía para crear su rol. Al respecto, en una entrevista a esta cronista, decía la apreciada actriz, ahora además directora de cine: “En mi infancia tuve contacto con chicos con cierto retraso, y encontré en estos seres algo que me atrae mucho: su libertad, la carencia de prejuicios. En este rol llevé al extremo mi parte niña. Estuve teñida por esa mirada. Y me inspiré en la genial Emily Watson de Contra viento y marea, esas transiciones que hacía del llanto a la risa. A medida que avanzaba la novela, me sentía cada vez más cómoda: ese año estuve como refugiada en Romina”.
Entre los personajes basados en personas de la vida real de la pantalla chica, se impone citar a la increíble Temple Grandin, en un recomendable telefilm de 2010 (en estas fechas, se puede ver por HBO Max y Prime Video, o alquilar por Apple TV, el título responde al nombre de la protagonista), con alucinante labor de Claire Danes. TG, autista con trastorno de déficit de atención, de niña rechazada en las escuelas, salió adelante gracias a la fe y la perseverancia de su madre, Eustacia Cutler, que finalmente logró inscribirla, y le procuró terapias personalizadas.
Y vaya si la chica salió adelante: se graduó en la universidad en carreras vinculadas a su interés en el tratamiento del autismo y en el amor por los animales, con los que desde temprano se comunicaba con inusual facilidad. Luchó por el bienestar en vida y por el menor dolor a la hora de ser sacrificados, en particular de los integrantes de la ganadería destinada al consumo. Sus creaciones de maquinarias para reconfortar y sus métodos de cuidado fueron adoptados ampliamente, en los Estados Unidos y otros países ganaderos. Asimismo, Temple Grandin inventó una máquina de abrazar dedicada a niños autistas que rechazan el contacto físico con seres humanos. Reconocida mundialmente, sus libros traducidos a muchos idiomas, el 30 de junio de 2015 fue nombrada doctora honoris causa por la UBA, merced a una iniciativa de la Facultad de Agronomía.
Elvira, Mila y Tina, un solo corazón
Con la misma sensibilidad para perfilar a sus personajes y con ese conocimiento profundo del ambiente, las costumbres, el vocabulario de un pueblo chico que ya denotaba en Torna amore (estrenada en 2022), Agustín Meneses elige otra temática bien distinta para No me dejes en Belén. Una historia que transcurre en una semana y plantea seriamente -sin dejar de lado un incisivo sentido del humor que brota de situaciones y réplicas- una pregunta que se hace en esta obra en los ’90, y que mantiene vigencia en los ’20 de este siglo: ¿puede tener lugar una chica trans en una familia de mentalidad anquilosada, que no consigue asimilar el cambio de identidad? Mila –en una convincente composición contenida, sin manierismos de Eug Krla–, una extraña en su hogar, una extranjera en el pueblo, se fue hace años y ahora ha regresado –llamada por Lucha– porque su madre Raquel está en la fase final de su enfermedad.
Hija de padre desconocido, nombrada Omar por sus tías y su primo Chilo, que la acosa, Mila encuentra en Elvira –pura espontaneidad y exuberancia rebelde en la generosa interpretación de Julieta Raponi– a otra diferente, a una interlocutora de igual a igual.
La adolescente, en su nivel, se comunica con los animales, ha sufrido en soledad un duelo por los perritos de Reina, pero será resarcida por un doble nacimiento hacia el final, cuando hará lo imposible por cumplir su deseo de tener un rol protagónico en el pesebre viviente. Gran personaje Elvira, que es feliz cuando logra llorar y que, en su estilo, ha resuelto la eterna discusión sobre el sexo de los ángeles. Ambas, Mila y Elvira, inspiradas y alentadas por las canciones de Tina Turner que ofician acertadamente de separadores entre las escenas. Tina, la resiliente que tuvo padre y marido violentos, inmensa artista rebosante de talento y carisma que en uno de los temas le canta a Nutbush, el pequeño viejo pueblo de su adolescencia, en Tennessee, donde vas a la tienda el viernes, a la iglesia el domingo.
No me dejes en Belén, los sábados a las 17 en Espacio Callejón, Humahuaca 3759
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