La vida breve
Dicen que no tocaba su cuerpo y que se lavaba con algodones empapados en alcohol. Vivió con su hermana y murió en Alta Gracia, en Córdoba, dedicado durante más de cinco años a una obra imposible y delirante que no llegó a terminar, la ópera La Atlántida. Manuel de Falla fue admirado por Claude Debussy, Maurice Ravel, y Pablo Picasso –que pintó los telones para El sombrero de tres picos, la obra encargada por Sergei Diaghilev para sus Ballets Rusos–. Conservador y creador esencial del modernismo de comienzos del siglo XX, escribió, no obstante, apenas unas pocas obras. Tardaba años para cada una y no cesaba de revisarlas, una y otra vez.
Católico siempre y franquista en los comienzos de la guerra civil, no toleró el fusilamiento de Federico García Lorca y, a pesar de los premios y condecoraciones del gobierno del generalísimo, dejó España en 1940 para no volver jamás. Fue un asceta y escribió la música más sensual –o terrorífica, tal vez para él fuera lo mismo– de todos los tiempos: esa Danza del fuego fatuo situada en el centro del segundo cuadro de El amor brujo, que provenía de antiguos bocetos y que concluyó en 1915.
Su genial Concierto para clave, flauta, oboe, clarinete, violín y cello, compuesto entre 1923 y 1926, tal vez sea la obra que pone en escena de manera más descarnada sus contradicciones: la mirada hacia el pasado, el vanguardismo, la pasión por los folklores de España, el erotismo y la represión. En esa instrumentación astringente, en esa suerte de aridez castellana inundada por ráfagas de fuego fatuo, es donde se escucha a Falla, inclasificable a pesar de su pintoresquismo aparente. Allí y en mucha de su obra más secreta, la que escribió para el piano, su propio instrumento, que casi nunca se toca y que este lunes interpretará en Buenos Aires Javier Perianes, uno de los grandes intérpretes del momento.
Escritas entre 1896 –cuando el autor tenía 19 años– y 1909, estas piezas mantienen una magnética relación de fondo y figura con la música de su admirado Frédéric Chopin. Y Perianes focalizará su presentación, parte del ciclo del Mozarteum Argentino en el Teatro Colón, precisamente en esa relación. Intercalará el Nocturno que Falla escribió siendo aún un adolescente con el Nocturno Op.27 Nº 2 de Chopin y la Mazurka en do menor, de 1899, con dos Mazurkas del polaco. La Serenata andaluza y Canción, del español, ambas de 1900, dialogarán con un Vals y una Berceuse de Chopin y las Cuatro piezas españolas, compuestas entre 1906 y 1909, lo harán con una selección de números de la suite Iberia, de Isaac Albéniz, amigo y protector de Falla en sus años parisinos.
FOTO DE JAVIER PERIANES
Perianes, que llegó por primera vez a Buenos Aires en 2017, también para el Mozarteum, viene de registrar un premiadísimo disco dedicado a música de cámara de Johannes Brahms, Robert y Clara Schumann y Joseph Joachim, con un grupo conformado por súper estrellas: la violista Tabea Zimmermann y el violoncellista Jean-Guihen Queyras. Sus grabaciones de Sonatas de Domenico Scarlatti y de las Goyescas y El pelele de Enrique Granados, del Libro 1 de Estudios de Debussy, de las Sonatas 2 y 3 de Chopin, de la Música Callada, de Frederic Mompou y, desde ya, las dedicadas a Manuel de Falla junto con la cantante Estrella Morente, y a sus composiciones para piano (con la Orquesta de la BBC en Noches de los jardines de España), son referencias obligadas en ese repertorio.
DF/MF
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