La mano izquierda
Había debutado como pianista a los 16 años, en 1913. El año siguiente, en el comienzo de la Primera Guerra Mundial, fue enrolado en el ejército austrohúngaro y, en la batalla de Galicia –actualmente Lviv, en Ucrania–, donde el imperio que acabaría desapareciendo fue aplastado por Rusia, Paul Wittgenstein recibió un balazo en uno de sus codos y fue tomado prisionero. Amputaron su brazo derecho.
Cinco años después del fin de la Gran Guerra y después de haber replanteado su técnica, para poder tocar con una sola mano mucho de lo que antes tocaba con las dos, resolvió volver a las salas de concierto y encargó por primera vez un concierto para la mano izquierda. Esa obra, Música para piano con orquesta, Op. 29, fundante de un género nuevo, fue escrita por Paul Hindemith, perdida durante años y estrenada recién en 2004. Pero hubo otras. La primera de ellas fue el Concierto para la mano izquierda Op. 17 de Erich Wolfgang Korngold, la joven estrella de la nueva ópera vienesa hasta que en 1938, con la música para Las aventuras de Robin Hood, el film con Errol Flynn y dirigido por Michael Curtiz, se convirtió en la estrella de Hollywood. Sergei Prokofiev también escribió para él. Fue su Concierto Nº 4 pero a Wittgenstein no le gustó. Dijo que no lo entendía y jamás lo tocó en público. Entre lo que sí estrenó estuvieron las Diversiones para piano (mano izquierda) de Benjamin Britten, tres composiciones de Richard Strauss – Comentario a la Sinfonia Doméstica, Desfile panatenáico. Estudios sinfónicos en forma de Passacaglia (que incidentalmente empieza igual que el Himno Nacional Argentino), y Ceremonias para la mano izquierda– y la más famosa de todas, El Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel, que Wittgenstein estrenó en Viena en 1932. Emigrado a los Estados Unidos, y coleccionista de obras de Gustav Klimt, el pianista de la mano izquierda apareció como personaje secundario en la película Wittgenstein de Derek Jarman, que trata sobre Ludwig, su hermano filósofo.
En el jazz, la mano izquierda del piano resulta esencial de una manera absolutamente distinta que en la tradición académica europea. En la música llamada clásica no hay dos manos sino diez dedos, como me dijo una vez Daniel Barenboim. Aunque eso no sea totalmente cierto –Frédéric Chopin diferencia rítmicamente ambas manos y, cuando se escucha su música en un piano francés del siglo XIX, se percibe también una distinción tímbrica–, la mano izquierda del jazz establece un permanente contrapunto con la derecha. Casi siempre en las acentuaciones. Y, a veces, también en el campo melódico. Hubo –y hay– manos izquierdas prodigiosas: James P. Johnson, Fats Waller, Art Tatum, Red Garland, Monk, McCoy Tyner, Randy Weston, Abdullah Inrahim o Cecil Taylor y, más acá, Keith Jarrett, desde ya, Brad Mehldau o Jean-Michel Pilc. Pero la más extraordinaria de todas y posiblemente la menos recordada sea la de Carl Perkins.
Su carrera completa duró menos de una década. Nunca grabó en otro lugar que no fuera Los Angeles o Hollywood. Sus primeros registros editados fueron con el grupo del saxofonista Illinois Jacquet, en 1951, después de haber tocado con Miles Davis durante 1950. Y en marzo de 1958 murió de una sobredosis, antes de cumplir los 30. La poliomielitis había dejado paralizado su brazo izquierdo aunque no la mano. Perkins usaba ese brazo casi paralelo al teclado y tocaba las teclas graves con el codo. Con eso creó un estilo. Casi no hay discos que lo tengan al frente. Apenas Introducing, de 1956, en trío con el gran Leroy Vinnegar en contrabajo y Larance Marable en batería. Pero, junto a otros –Dizzy Gillespie, Clifford Brown, Dexter Gordon, Frank Morgan, Curtis Counce, Chet Baker, Jim Hall, Richie Kamuca, Herbie Mann, Pepper Adams, Harold Land y Quincy Jones–, dejó mucho de lo mejor de los años dorados de la Costa Oeste. Y, claro, del jazz. Y hubo, además, una apostilla genial: “For Carl”, el hermoso vals que le dedicó Vinnegar, su antiguo compañero de ruta, y que grabó por primera vez Phineas Newborn en 1961. Entre las versiones de este tema figuran, además, dos de recordados músicos argentinos: la de Alfredo Remus en trío con Jorge Anders y Osvaldo López y la de Horacio Larumbe.
DF/MF
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