La novedad permanente
A veces mis hijas, como si fueran arqueólogas de la nostalgia, me preguntan antes de dormirse cómo era mi vida cuando yo tenía su edad. Se hunden en mi memoria para conocer un mundo que no existe más y entonces yo les cuento. Siempre les cuento. “Papi, ¿me contás cómo era tu vida cuando tenías cinco?”, pregunta una, tratando de estirar el tiempo antes de que el día se apague. Y yo le cuento. “¿Y cuando tenías diez?”, quiere saber la mayor, que hace de cuenta que no escucha, pero está ahí prestando atención a todo. Y también le cuento. Les voy dando postales de una infancia que queda cada vez más lejos. Para ellas soy prehistórico; crecí en el siglo pasado, en una ciudad del interior que entonces era un pueblo al que no llegaba nunca nada y las novedades eran algo que estaba reservado para Buenos Aires.
Antes de contarles, pienso con nostalgia en el fin de la era del aburrimiento y cómo todo se está volviendo insoportable. Pensar en nada se convirtió en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utopía. Los días de no hacer nada se terminaron para siempre. Mirar el horizonte, caminar sin rumbo, perderse en un atardecer o desafiar al apuro y a la urgencia para colgarse sin hacer nada. Dos minutos, diez, quince. Lo que fuera. Hoy es imposible.
Pero no siempre fue igual.
Pensar en nada se convirtió en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utopía. Los días de no hacer nada se terminaron para siempre
Yo tendría diez años. Viajaba mucho a Buenos Aires, a visitar a mis abuelos o a mis primos. De todos ellos tengo algún recuerdo, pero con Pablo —el mayor de todos los primos—, buscábamos siempre alguna excusa para que durmiera en su casa y nos quedábamos hasta cualquier hora viendo cosas nuevas en la tele o películas que no existían en el videoclub de mi pueblo y él me las enseñaba. Absolutamente siempre tenía una novedad, Pablo. A guita de hoy, era un geek o un techie o la palabra que se use en este momento para describir a un pibe que tiene todas las novedades antes que nadie. Yo cruzaba la puerta para entrar a su cuarto y me sentía Marty McFly cuando en la segunda película de la trilogía viaja al futuro y nada se parece a su vida ordinaria. Videojuegos, películas, joysticks, pantallas, CD’s, cartuchos, consolas: todas las cosas nuevas estaban siempre antes en su casa, como si nacieran directamente adentro de esa habitación alfombrada. Rogaba porque nunca se terminaran los días y las noches que compartía con mi primo siete años mayor, pero en algún momento sonaba el bocinazo del Dodge de mi viejo para volver a mi casa larga distancia. Pasábamos cualquier cantidad de horas en la ruta, cruzando kilómetros y kilómetros sin nada, hasta encontrar a mis amigos infantiles que me rodeaban para que les contara. Cuando por fin llegaba, me iba directo a verlos, sin hacer ni una escala en casa. Y ahí estaban: hacían un silencio que todavía puedo escuchar mientras yo les contaba. Volvía con la novedad y la urgencia, y me fascinaba verlos abrir los ojos y las bocas, incrédulos, como si mis palabras les trajeran un pedazo de un futuro lejano e inabarcable para su imaginación. A la vuelta de uno de todos esos viajes les conté que mi primo me había hecho jugar a un jueguito de pelea que se llamaba Mortal Kombat, donde podías arrancarle la cabeza a tu enemigo y me trataron de mentiroso. Nunca los había visto así.
—¿Y podemos jugar ahora? —quiso saber el Tomi, envuelto en su ingenuidad infantil.
El Sega era una novedad incluso en Buenos Aires, así que era imposible encontrarlo en mi pueblo. Pero enseguida le buscamos la vuelta y nos pusimos a inventar un Mortal Kombat de cartón, con personajes que articulaban sus brazos y sus piernas, incluso. Estuvimos una tarde entera pintando y poniéndoles nombres a los muñecos, porque yo no me acordaba más que de Sub Zero. A decir verdad, la pasé mejor jugando a inventar con mis amigos que escondido del sol atrapado con los jueguitos en la pieza de mi primo Pablo en Buenos Aires. “El Mortal Kombat de cartón duró un par de semanas, no me acuerdo por qué lo reemplazamos, creo que por la Copa América del 93”, les digo a mis hijas, que sospecho que ya no me escuchan porque se durmieron.
Me freno ahí. Necesito googlearlo: ¿en qué año pasó esto? Tengo la necesidad de saber qué nene era yo entonces; ¿tendría nueve? ¿Once? No tengo idea. Entonces agarro el teléfono y cuando quiero abrir Google para escribir “Mortal Kombat fecha de lanzamiento” en el buscador, aparece la notificación urgente y parpadeante: hay una nueva actualización para el sistema operativo de mi celular que promete que va a revolucionar la forma en que nos vamos a comunicar desde ahora. “Lleva la comunicación a otro nivel: habla con naturalidad con la nueva IA de Siri”, me propone la pantalla que, ahora que la miro bien, tiene el vidrio marcado por algún golpe que no tengo idea cuándo fue.
Rechazo el intento, solo quiero saber en qué fecha pasó algo sin sentido, hace más de treinta años. Toco cancelar y me advierte, como cuando mi vieja me preguntaba si estaba convencido de salir con poco abrigo: “¿Estás seguro de que querés perderte las novedades que la nueva IA de Siri tiene para vos?”.
Me tomo el tiempo de pensar en la pregunta mientras escucho el cambio de ritmo en la respiración de mis hijas, que confirma que ya se durmieron. Como si no supiera que es retórica, nomás. “¿Estás seguro?”, me torea. Sí: estoy convencido de no necesitar ninguna nueva versión de nada que me haga hablar con naturalidad con algo que no existe.
Quizás sea por estar llegando al punto de la vida donde comienza la bajada, pero solo quiero eso: poder googlear algo e irme a dormir. Nada más que eso. La cosa a disposición de uno y no al revés. Siento algo parecido a la nostalgia, añoranza de un tiempo donde todo estaba por suceder. Donde todavía podíamos decidir cuándo y cómo aburrirnos.
Quiero ir de un lado a otro de la ciudad sin preguntarle al waze qué camino agarrar para tardar siete segundos menos. Segundos que voy a perder mirando algún reel bajo la lógica del clickbait o la polémica o lo que fuere que esté de moda según un algoritmo que, a esta altura, nadie sabe ni quién maneja ni cómo se comporta.
Estamos ahí, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces más grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos
Quiero poder salir a caminar cuando se me ocurra y no cuando me llegue la notificación que dice que hace mucho tiempo que estoy sentado sin moverme.
Quiero volver a acordarme cuándo vencen las cosas que tengo que pagar o cuáles son los números tengo que marcar para poder hablar con mis amigos.
Quiero juntarme a pasar tiempo sin que nadie diga: “Viste el video ese que…” y todos saquemos los teléfonos al mismo tiempo y de repente estemos todos mirando para abajo en silencio.
Estamos ahí, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces más grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos. Y sin embargo, no salimos, no queremos, no podemos, no sabemos: scroll infinito, como perros que buscan morderse su propia cola persiguiendo algo que no existe.
Vuelvo a veces con la memoria a los días en que jugaba con mi primo Pablo al jueguito más nuevo de todos. Había un tiempo para eso, pero también había un tiempo para reírnos mirándonos a los ojos. Para que no exista nada más que pasarla bien compartiendo el momento, sin que nada ni nadie nos golpee la puerta de la urgencia. No nos faltaba el aire cuando se cortaba la luz ni dependíamos de estar conectados para ser. Éramos así, sin nada.
Y esta noche, cuando mis hijas vuelvan a querer estirar el tiempo antes de dormirse y me pregunten cómo era mi vida cuando tenía su edad, les diré que hubo un momento, hace algunos años, donde podíamos simplemente estar haciendo una sola cosa a la vez. Que caminábamos mirando para adelante y si hacíamos contacto visual con alguien nos decíamos buenos días, buenas tardes, buenas noches. Y que esa monotonía de los años analógicos nos llevó a la búsqueda de la hiperconexión permanente. Y que ahora, que por fin lo logramos, estamos empezando a sentir nostalgia por los tiempos donde todo costaba un poco más.
Y, para ser sincero, les diré que no estaba tan mal.
NM/MG
0