Steven Chu, Nobel de Física: “Estamos subsidiando los combustibles fósiles y desmantelando la ciencia”
Cerrar programas científicos enteros. Dar de baja gran parte del financiamiento para energía limpia, incluso con contratos ya adjudicados. Frenar el cierre programado de centrales de combustibles fósiles. Suena a la Argentina de los últimos tiempos, pero pasa en Estados Unidos, un país cuyas decisiones sobre energía y ciencia terminan moldeando cómo serán las ciudades en las que viviremos en las próximas décadas. Ni el mismísimo Nobel de Física 1997 se salvó de la motosierra.
Steven Chu se quedó sin una subvención ya aprobada para desarrollar baterías de nueva generación, uno de los tantos contratos que Trump dio de baja. El premiado físico y ex secretario de Energía estadounidense lo revela en una charla con elDiarioAR, durante el 75° Lindau Nobel Laureate Meeting en Alemania, que convocó a 69 premios Nobel y unos 600 jóvenes científicos.
“Tenemos a un presidente que está gastando US$700 millones para mantener abiertas centrales de carbón y 1.000 millones para que Total Energy retire sus proyectos eólicos. De un plumazo, eliminó gran parte del financiamiento para fuentes limpias del Departamento de Energía, incluidos contratos ya adjudicados, como el mío”, señala el genial físico.
Como uno de los principales defensores de la inversión pública en energías renovables, Chu aún no puede creer lo que está viendo en estos meses. ¿Qué quedó de la transición energética, más urgente que nunca en un mundo que prevé más de 200 millones de refugiados climáticos para 2050, según el Banco Mundial? ¿Hay motivos para seguir esperanzado? ¿Cuánto influye el descontento económico? ¿Cómo cree que la inteligencia artificial y la automatización terminarán de transformar el escenario? En diálogo con elDiarioAR, el Nobel analiza los cambios en un mundo cuyo progreso se había basado en la ciencia.
–¿De dónde sale todo este discurso anticiencia que se ve últimamente alrededor del mundo, y sobre el que usted alerta en este encuentro?
–En el caso de Estados Unidos, creo que el presidente no confía en la ciencia ni tampoco la entiende. Además, tiene su propia agenda. Y los hechos no tienen mucho peso en su mundo. A los estadounidenses les importa poco los temas de orden nacional o internacional, especialmente los de largo plazo. Sin embargo, muchas personas de veinte, treinta y hasta cuarenta años ven que no van a vivir mejor que sus padres, tanto en materia de vivienda como en empleo. En el sueño de cualquier país, uno quiere que sus hijos tengan una vida mejor que la propia. Si eso se termina, empieza el malestar. Los jóvenes dicen: “Voy a la universidad mientras busco trabajo”. Ahora también se preguntan: “Incluso si consigo empleo, ¿tendré donde vivir?”.
–Hablando de economía y trabajo, ¿cómo cree que la inteligencia artificial y la automatización transforman el escenario?
–Lo que necesitamos, gracias a la automatización y a la inteligencia artificial, es hacer la transición para tener una vida mejor y más productiva, y dejar que los robots hagan todo el trabajo sucio, desagradable y peligroso. Pero hay que hacer esa transición. Lo primero que desaparecerá son los empleos actuales, lo que es muy preocupante. A largo plazo, los economistas, los científicos y los tecnólogos deberán ver cómo esta forma de automatización, que ya se aplica en el trabajo industrial pesado, tendrá lugar en empleos administrativos y universitarios. Pero, aun si aumenta la productividad con menos personas, se debería poder mejorar el nivel de vida de la población.
Del Nobel al gabinete
Chu no habla sólo como premio Nobel: fue el primer científico en integrar un gabinete presidencial en Estados Unidos, cuando en su primer mandato Barack Obama lo nombró secretario de Energía, cargo equivalente al de ministro. A diferencia de la mayoría de sus colegas, el físico sabe de primera mano qué puede pasar entre el laboratorio y el despacho.
–¿Qué cree que se pierde en el pasaje de la ciencia a la política pública?
–A los responsables de diseñar políticas, al menos en Estados Unidos, los bombardean grupos de interés que intentan influir en sus decisiones, porque hacer campaña cuesta muy caro. La plata compra acceso, pero también influencia. Y lo que los responsables de políticas necesitan es una voz independiente en la que confíen, para poder preguntarse, “Esto es cierto?”, “¿Qué hay del otro lado?”, “¿Puedo hacer esto y aquello?”. Eso siempre fue un problema, especialmente si la plata manda. Cuando iba a Washington, pensaba: “Acá el dinero no es la lengua franca. Directamente es el único idioma”.
–¿Cuál cree que es el mayor error de los gobiernos en la transición energética actual?
–Uno es creer que hacer esta transición cuesta más plata que no hacerla. El otro es que, si hay una tecnología que funcionó bien por décadas o incluso un siglo, quieren quedarse con eso y sobrevivir en lugar de cambiar. La mayoría de las grandes empresas no cambian. Son las más chicas las que están dispuestas a ser audaces, porque tienen menos que perder, entonces pueden impulsar la innovación de verdad.
–En ese escenario, ¿la política climática avanza lo suficientemente rápido, o seguimos estando atrasados?
–Desde ya que no avanza lo bastante rápido. Falta comprensión de lo mal que se puede poner la cosa... La gente se enfoca en el promedio pero, para mí, lo importante es la larga cola, los eventos que tienen una probabilidad de un 10% o un 20%. Una probabilidad baja, sí, pero que, de cumplirse, sería muy grave. Podría llevar al colapso de la agricultura local, o al menos de las estructuras políticas locales, lo que a su vez provocaría el colapso de muchas otras cosas, y después la migración por desesperación.
–¿Podría darme un ejemplo?
–Bangladesh es un país de baja altitud pero también muy montañoso. Si el mar sube, habrá gente que se refugie en las montañas, pero la gran mayoría va a estar desesperada y va a querer ir a India. Bangladesh es un país mayoritariamente musulmán y, desde ya, India no lo es. Los asistentes indios al encuentro me preguntaron, “¿Qué hacemos? ¿Les disparamos en la frontera?”. Por eso en todo el mundo están tratando de poner barreras y muros. Pero, a fin de cuentas, cuando la gente se desespera, se desespera. Sos el guardián de tu hermano. Tenés que entender que lo que pasa en el mundo te va a afectar.
“Solíamos ser una nación de leyes”
Hijo de un profesor universitario que emigró desde China en busca de mejores oportunidades, Chu creció con la idea de que Estados Unidos era un país donde la ciencia y las instituciones eran motores del progreso. Hoy observa con horror recortes de hasta la mitad del presupuesto en la Fundación Nacional de Ciencias –la agencia gubernamental que impulsa y financia la investigación científica y educativa en su país–, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) y la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA). Ve cómo se eliminan programas dedicados a temas climáticos. Y sufre el problema en carne propia.
–¿Qué es lo que más le preocupa sobre la dirección que está tomando la política científica en este momento?
–La ciencia y la tecnología fueron pilares que llevaron a gran parte de la prosperidad mundial. No podemos eliminar todos los subsidios. Vamos a subsidiar los combustibles fósiles por miles de millones de dólares, lo cual es costoso para la salud de la gente y del planeta. Las muertes por problemas respiratorios causadas por la quema de carbón son mil a uno. Mientras tanto, las fuentes de energía nuclear, eólica y solar son más limpias y muy seguras. Sí, la gente se cae de las torres eólicas. Sí, hay algunos accidentes nucleares como el de Chernóbil. Pero, aún así, no es nada en comparación [con lo que genera la quema de carbón]. Si dependés de combustibles fósiles, tenés un problema de inseguridad energética, porque es muy difícil almacenar petróleo y gas siquiera por un año. Taiwán, por ejemplo, genera el 40% de su electricidad con gas natural. Tiene suministro para una semana. Después de eso, se apagan las luces y su industria se para. Por eso necesitás generación local de energía que dure al menos varios años. Y, con baterías, las energías renovables pueden brindarte esa energía de forma permanente.
–¿Hay esperanza de que esta crisis se pueda revertir a largo plazo?
–Creo que sí. Tiene que ser así. A fin de cuentas, son las tecnologías que el mundo exigirá en breve. En menos de diez años, los vehículos eléctricos serán más baratos de comprar, mantener y operar que los de motor de combustión interna. Lo único que falta es que tome apenas cinco minutos recargar un auto, pero eso va a pasar de acá a diez años. Ya se anunció un prototipo con el que, con cinco minutos de carga, podés recorrer 200 millas [322 kilómetros] de una autonomía total de 400 en un auto que cuesta lo mismo que uno con motor de combustión turbo en China. Si Estados Unidos, Europa o América Latina no producen autos eléctricos competitivos, China se va a quedar con todo el mercado. Por eso también debemos ser parte.
El clima terrestre no es el único que se transforma. También el político. Y Chu lo dice. Pero también señala los motivos para seguir luchando. El costo de la energía renovable sigue bajando y, en muchos casos, las fuentes solar y eólica compiten con ventaja frente a los combustibles fósiles. La ciencia, sostiene, sigue ofreciendo las respuestas. Lo que falta es la decisión de escucharlas.
KN/MG
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