Millennials, entre la palta y un mundo en ruinas
Esta semana empecé a leer un libro llamado “What happened to Millennials?: In defense of a generation”, una suerte de ensayo del periodista norteamericano Charlie Wells, editor, y reportero galardonado de la agencia Bloomberg. Fue a partir de una nota que leí en el Financial Times en la que se hablaba de la nostalgia que sienten los millennials por los “tiempos dorados” de su niñez o adolescencia. La periodista del diario inglés menciona un concierto de Back Street Boys en Las Vegas junto a sus amigas…
La verdad es que tengo poca nostalgia por los años noventa. Ni hablar de finales de los noventa. Ya a mediados, mis padres se habían mudado de Buenos Aires a Catamarca, donde me costó encajar al principio; River, mi equipo, solía perder de manera frecuente con Boca (en el norte del país parecían siempre mayoría), y el paso de la niñez a la adolescencia no estaba siendo fácil.
De todas formas, sí me interesó darle un vistazo al libro de Charly Wells. Muchos de los millennials estamos entrando ya en la “segunda mitad de la vida”, y justamente el trabajo del periodista de Bloomberg es sacar algunas conclusiones sobre esa instancia de nuestra vida.
Wells defiende a los millennials. Primero de los ataques injustificados. El más notable, aquel de la teoría de la tostada de palta que produjo un periodista australiano. Los millennials gastan un promedio de 22 dólares en desayunos con café de especialidad y tostadas de aguacate; así no hay posibilidad de comprar una casa, ni progresar… decía. La tesis se cae sola, pero Wells cita estudios en los que un millennial con sueldo de millennial come durante diez años un desayuno frugal y tampoco puede comprar una casa.
En segundo lugar, y ahí está lo interesante del libro, cuenta todo lo que sucedió con los millennials a nivel político, económico y cultural desde que nacieron. El libro hace foco en Estados Unidos. Por eso —y esto me parecía desde mucho tiempo atrás— lo de ponerle títulos a las generaciones resulta antojadizo, o una simple estrategia de marketing para hacer negocios.
La verdad es que pocas cosas se sentían igual a finales de los años 80 o en los 90 para estadounidenses y argentinos. No obstante, el ejercicio de Wells me permitió pensar en nuestros millennials. ¿Cómo puede crecer una persona cuya niñez atraviesa una hiperinflación, levantamientos militares, y dos gobiernos de Carlos Menem?
Wells cuenta que en los noventa, su país vivía un tiempo de optimismo sin igual. La economía volaba, la tecnología aun parecía algo positivo, Internet nos permitía comunicarnos más (ICQ, Messenger), de pronto podías estar chateando con una persona de otra provincia, de otro país. En ese contexto, además, existía un consenso entre los padres de que sus hijos —los millennials—eran capaces de hacer todo y más. Fue una creencia propia de los baby boomers, que sobrevivieron al menos una Guerra Mundial, y los primeros años de la Guerra Fría. Superadas esas catástrofes históricas, sus hijos podían (debían) aspirar a todo.
En el caso de Argentina, los ochenta fueron una frágil recuperación democrática después de una feroz dictadura. Nadie estaba para festejar. Sin embargo, algo de lo que menciona Wells sobre el entusiasmo de los padres con el destino de sus hijas e hijos, resuena en mí un poco más, y quizás le resuene también a más de un lector.
Suelo hacer un chiste con comentarios que hacía mi mamá. Cuando escribí un simple cuento en la infancia, me propuso enviarlo a un concurso planetario de cuentos, o, directamente, al mismísimo Gabriel García Márquez. Cuando escribí un simple artículo para el diario del colegio, me propuso escribir otro y enviárselo al New York Times… Ella, como muchos otros padres, creían que todo era posible. No solo que lo intentáramos. Había casi un mandato no dicho de lograrlo.
Wells sostiene que esa predisposición a crear en los hijos la idea de que todo —y más— era posible, contribuyó a que ahora, una gran mayoría de los millennials sienta una sensación difusa de fracaso, de “al final no lo logré”. Otra cuestión que contribuyó a ese malestar fue una corriente pseudo sociológica promovida en Estados Unidos, fundada en la idea de que convencer a los niños y adolescentes de que son brillantes y únicos, los haría mejores personas, más empáticos y colaborativos. Los estudios que se realizaron sobre el tema posteriormente, demostraron lo contrario.
Hablamos de madres, padres y crianzas. Pero lo central en el devenir de los millennials es lo que pasó a nivel económico y político. Wells cita el caso de los millennials que crecieron como indocumentados en Estados Unidos; hijos de inmigrantes que llegaron al país como pudieron.
A finales de los años 90, se creó una corriente favorable a regularizar a inmigrantes; y, en el caso de los jóvenes, a ayudarlos a cursar estudios universitarios sin que importara su condición de residentes. En septiembre de 2001, una legislación que establecería beneficios para esos futuros estudiantes estuvo a punto de ser aprobada. El problema fue lo que sucedió el día 11 de ese mismo mes.
Desde los ataques a las Torres Gemelas, los estadounidenses sufrieron todo un giro cultural y político. De querer integrar a los inmigrantes, pasaron a verlos como sospechosos de terrorismo. No solo afectó a los indocumentados. A todos los ciudadanos, millennials incluidos, que debieron crecer en un mundo en el que la seguridad estaba puesta en duda, y los gobiernos podían permitirse el autoritarismo o el mal uso de la ley, para perseguir objetivos políticos, cuando no fantasmas.
El equivalente a las Torres Gemelas nuestras —si se me permite la analogía— fue el 2001. Crisis económica y política sin precedentes; saqueos, protestas y decenas de ciudadanos asesinados por las fuerzas policiales. La antesala y el después del estallido social del 19 y 20 de diciembre estuvieron cargados de incertidumbre, miedo, precariedad, desconfianza…
Muchos de nosotros estábamos recién iniciando la vida universitaria. Recuerdo una noche en La Plata, cuando un grupo de amigos y yo fuimos retenidos unos minutos por dos policías vestidos de civil. La universidad —para aquellos que pudimos cursarla— fue una salvación a pesar del contexto.
Allí existía a pesar de todo, una idea de esperanza, de lucha, de construcción del futuro. Incluso, para algunos, todavía era posible pensar en un trabajo que durara algunas décadas. No al estilo de un obrero ferroviario o un empleado de una empresa con larga trayectoria, pero sí de ser médico, contador, hasta periodista…
Wells cuenta que para aquellos que aún creíamos en los sindicatos, en las pequeñas comunidades de personas, en los grupos de ciudadanos unidos por algún tipo de objetivo común, el mundo no parecía un lugar tan solitario en el que quedáramos abandonados a nuestra suerte. Eso diferencia a los millennials nacidos a mediados de los 80, de aquellos nacidos a mediados de los 90. La universidad, en algún punto, era también parte de una cruzada colectiva. Allí podías hacer amigos y colegas con los que trabajarías juntos después.
Un abismo de diferencias con lo que se vive ahora, cuando millones de egresados no encuentran trabajo, compiten entre ellos y también contra la Inteligencia Artificial, y son testigos de un mundo académico que, si no se derrumba, se transforma. ¿Es realmente necesario estudiar?, se pregunta algunos.
Wells identifica un momento de optimismo renovado justo antes de las crisis del 2008. ¿Existió también en Argentina? Temo hacerlo muy personal, pero recuerdo con entusiasmo el año 2005-2006. Creamfields en Argentina…, la movida electrónica, el house, los festivales a cielo abierto que congregaban miles de personas de distintos lugares y clase social. Había cierta comunidad allí, una congregación. 2005 fue también el año en que nuestro dios nacional tuvo su inolvidable show televisivo; y a nivel musical, se consolidaron los festivales de rock: Quilmes, Pepsi, BUE; el Personal Fest… De pronto era posible ver a Jamiro Quai o a Oasis en Buenos Aires.
2006 fue también un año de recuperación económica, la presidencia de Néstor Kirchner había devuelto cierta idea de progreso, esperanza, y algo de certidumbre; el mercado laboral estaba recomponiéndose, la mejora en los ingresos permitió pensar en algo más que sobrevivir. Algunos se embarcaron en un crédito hipotecario, otros viajaron por primera vez a Europa o Estados Unidos. La política podía ser vista todavía como una herramienta de cambio. ¿Por cuánto se extendió ese entusiasmo?
En Estados Unidos, no mucho. La crisis de las subprime generó una profunda crisis económica y social. De pronto, comprar una casa, ahorrar, progresar en la escala social se volvió imposible. Para los millennials que entraron al mercado de trabajo en aquellos años, ni qué hablar. El entusiasmo personal cayó a pique, y con él la idea de formar una familia. ¿Si no podés mantenerte en pie vos mismo, cómo hacerlo con hijos?
La Argentina también lo vivió. Con su crisis inflacionaria, y el agotamiento de un modelo productivo para el que Cristina no encontró salidas; menos Macri. Yo estaba yéndome a Rusia en julio de 2012. Dejaba mi país para entrar en una dimensión que sería imposible incluir en este relato. No obstante, ni allá lejos a medio camino de Europa y Asia, podía evadirse la expansión sin límites del mundo en el que vivimos hoy: individualismo, competencia a ultranza, pocos puestos de trabajo para muchas personas, y encima mal pagos.
A esa deriva, sin embargo, faltaba agregarle algo peor. El periodista de Bloomberg apunta a los “norm breaker” (rompedores de normas), cuyo máximo exponente es Donald Trump. Uno de los mayores desastres causados por Trump fue el de destruir los marcos usuales de debate político y tolerancia por el oponente. Los “norm breaker como Trump ”nos polarizan, no son capaces de contenerse y respetar a las personas que ocupan un puesto de autoridad, y no respetan el resultado de las elecciones…“, afirma Wells.
Si los partidos de izquierda ya dejaban mucho que desear en la defensa de los trabajadores, Donald Trump vino a romper el sistema en su totalidad. Los millennials alcanzaron sus treinta y pico, sus cuarenta y pocos, en un estado de defección política significativo. De ahí la popularidad de la frase: “¿Queda algún adulto presente en este lugar?”
Lo que Estados Unidos sufrió con Trump, Argentina lo sufre ahora con Milei. No hay mayor “norm breaker” en la política Argentina que el actual mandatario. Polarización, destrucción del debate político, noticias falsas, gritos e insultos: ¿Dónde está el adulto en la sala? Suena hasta lógico pretender disfrutar de un buen café y una tostada con palta durante algunos minutos, si no sabemos con qué va a salir el mundo o nuestro país en cuestión de horas, ¿no?
Wells no deja pasar lo que sucedió con el Covid, pero tampoco lo aborda demasiado porque cree que ni siquiera lo hemos empezado a digerir aun. El mundo decidió esconderlo detrás del ruido de las redes sociales, los medios, la discusión política, las guerras y la crisis económica. Algún día comenzaremos a hacer el duelo, y asimilaremos lo sucedido. En el mientras tanto, no podemos desentendernos de que —ciertamente— nos ha marcado.
¿Cómo cierra el libro, Wells? Con esperanza, claro. Los millennials han transitado y sobrevivido a una gran serie de catástrofes de distinta intensidad; transformaciones sociales, tecnológicas, económicas y políticas en cierto punto inéditas. En principio, esa acumulación de experiencia los hace valiosos. En segundo lugar, dice el periodista de Bloomberg, los millennials se encuentra en permanente evolución. No podemos definirlos, ni alcanzar una conclusión. Lo que sí podemos concluir sin miedo a equivocarnos es que con las expectativas que teníamos, y lo que el mundo nos ofreció, estamos bastante mejor de lo que podría haber sido.
AF/MG
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