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SOY GORDA (ESEGÉ)

La náusea

Fernando Fagnani

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¿Tiene límites el lenguaje? Probablemente menos que sus usuarios. Disponemos de esta herramienta, propia de la especie, para comunicarnos con los demás y para comprendernos a nosotros mismos, para hacer consciente lo inconsciente. Sin embargo, hay situaciones en que las palabras nos resultan escasas o que malestares como la tristeza y el miedo nos llevan a reducir la expresión al mínimo.

Estamos en una discusión y necesitaríamos explicar, pero lloramos o insultamos. Reducimos una emoción hostil a una palabra fuerte, nos alejamos de nuestro interlocutor, nos descargamos aunque fracasamos. Surge el malentendido. Nos sentimos frustrados y pobres. Un ser querido perdió a alguien y nos quedamos mudos. Le decimos: no tengo palabras.  

La selva del lenguaje de las sensaciones y de los sentimientos es enorme y compleja. Cuanto más forestado está ese jardín de palabras, más posibilidades existen de nombrar los estados de ánimo que serpentean nuestros cuerpos. En la sensación se toma lo que llega, en el sentimiento se interviene. En Diccionario de los sentimientos, José Antonio Marina y Marisa López Penas cartografían la genealogía sentimental de esas expresiones y sus usos históricos.  

Mientras los afectos se van especificando, en un proceso de diferenciación, surgen procesos de conocimiento y de reflexión que nos permiten tener una mejor conexión con nosotros mismos y con el mundo.

Supongamos la palabra placer, muy antigua y de uso popular en la Edad Media (sus sinónimos agradar y gustar aparecen respectivamente en los siglos XV y XVI) remite a gusto, alegría, contento, regocijo y diversión. “Agrado se puede describir como la vivencia que se desea repetir. Desagrado sería lo que deseamos eludir y no queremos que vuelva a suceder”.

Placer es todo aquello que excita nuestra complacencia, satisfacción, recreo, sin provocar ningún desagrado ni disgusto, pues de lo contrario el placer no sería ni puro ni verdadero sino una falsa imagen de él.

Delicia es un mayor grado de placer, un sentimiento más fuerte, pero más limitado en cuanto a su objeto pues sólo abraza a sensación material. Delicia indica una cosa voluptuosa, más duradera, se refiere a un solo objeto y permanece más tiempo en él.

Delicia, placer y deleite se dirigen a manifestar la agradable sensación que recibimos del exterior como de nuestro mundo interno. Delicia pertenece al órgano del paladar.

Desde otra perspectiva, luego de conocer el diagnóstico de una enfermedad, el editor y escritor Fernando Fagnani cuenta en su nuevo libro Ventana magnética que, debido a una serie de eventos desafortunados, su sentimiento hacia las palabras se ha radicalizado. “Ahora se volvieron cruciales, les exijo la máxima eficacia. Que sean pocas, precisas, que tengan prohibido el malentendido. La carga sentimental debe ser mínima, la indispensable para que no sean neutras y vacías. Sin ser autoritarias, espero que diagnostiquen, cierren heridas, despejen lo confuso; la comunicación está implícita. Importa el rigor, no la vanidad de la elocuencia o el giro ingenioso. Tienen que recorrer rápidamente y sin desvíos lo que media entre la intención y la expresión, y expresión e intención deben ser un solo cuerpo, sin fallas ni pérdidas. La digresión la escucho como un crimen”.

Las palabras precisas de Fagnani son un refugio que abriga frente a lo inesperado. Elige cada eslabón en la cadena de sintagmas como piedras preciosas. Su escritura autobiográfica es clara y distinta, la de quien se asoma al magnetismo de la ciudad desde una ventana donde se apoyan los libros fundamentales de su vida, lo que enriquece hondamente su mirada.

Escribo mientras sigue resonando en mí un fragmento del Estudio Revolucionario de Chopin en versión de Daniel Casablanca, que se sienta al piano en las funciones de Chau, Macoco, del Teatro Regio.  Son los años ochenta, las artes escénicas están en auge luego de la opresión de la dictadura. Un maestro de teatro les dice a sus alumnos que se relajen y caminen por el espacio. El nuevo de la clase es un cadete, un joven inocente. “Profesor, por mi trabajo me la paso caminando, ¿estaba haciendo teatro y no lo sabía?” “¿A vos te pagan por eso? Entonces no es teatro”.

El humor de Chau, Macoco es un ingenioso antídoto contra la sensación de asqueo o repugnancia que nos produce el mal gobierno de los que están al frente del país, una comida diaria contaminada que nos da ganas de vomitar. Las viudas de los personajes celebran cuatro décadas de varieté y clown, en un momento en que la cultura argentina está siendo destrozada.

El asco se desarrolla durante los primeros ocho años de vida y tiene un gesto característico en todas las culturas. El concepto ocupa un lugar destacado entre las sensaciones ligadas a la fisiología. “Algo sucio o desagradable produce rechazo, puede ser de huida o expulsión. La palabra deriva del castellano antiguo usgo; odio o temor. Asqueroso proviene del latín escharosus, lleno de costras.

Gustave Flaubert lo cuenta así: “Nací con escasa fe en la felicidad. Siendo muy joven tuve un presentimiento completo de la vida. Era como un nauseabundo olor a cocina, que se escapa por un agujero. No hace falta comerla para saber que es vomitiva”.

La náusea expulsa lo que provoca desagrado y más. Lo interesante es que náusea y náutico tienen el mismo origen (nautía o nausía), que significa marea. Otra marea esperanzadora está en las calles, pensando, actuando, organizándose, emergiendo del barro.

¿Será que cuando logremos expulsar eso que nos provoca tanto desagrado personal y social dejará de dolernos la panza y no seguiremos navegando a la deriva?

LH/MF

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