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SOY GORDA (ESEGÉ)

El difícil oficio de maternar

Las cuatro protagonistas de "Secretos de un vínculo"

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Una catarata de preguntas nos abruma cuando nos estrenamos como madres. Un pequeño monstruo de 50 centímetros ha llegado a la casa para quedarse por (cada vez más) largos años. ¿Cuánto dura la copa de vino en sangre? ¿Cuánto tiempo tengo que esperar entre tomar alcohol y dar la teta? ¿Es normal querer tomar vino? La lactancia es un acto de fe, porque… ¿cómo me doy cuenta si mi leche le alcanza? ¿Sueñan los bebés? ¿Es normal reírme y llorar sin motivo? ¿Es normal que me ataquen recuerdos de tu infancia?

Maternar, una idealización de los actos de parir, cuidar, ser coprotagonista en el crecimiento de los hijos. Pero, ¿qué lugar habilitado para expresar nuestros sentimientos hostiles nos deja esa romantización?

Tuvimos que callar durante siglos porque nos destinaron al espacio de las reproductoras no deseantes hasta que nos animamos a hablar y darles valor de verdad a las escenas completas. La alegría que produce la relación con nuestra descendencia directa también se combina con molestias y fastidio.

Aquellas sensaciones negativas las reviví entre risas hace unos días, cuando fui a ver Secretos de un vínculo al teatro Border. Basada en el libro Emociones de la Maternidad, de la psicoanalista Adriana Grande, fue adaptado a partir de la experiencia de cuatro jóvenes actrices, con la dirección de Natalí Aboud. Fue una hora de humor, entre sueños, pañales, mamaderas y pesadillas.

Para Aboud, "la crianza dejó de ser un territorio privado y silencioso, para convertirse en una construcción compartida. En un contexto donde el 'lado B' de la maternidad comenzó a visibilizarse con fuerza y el escenario se transforma en un laboratorio vivo, un espacio donde las experiencias de la maternidad pueden ser abiertas, miradas y reconstruidas”, dice Aboud.

“Miro la enredadera de la ventana agarrándose a los barrotes de la reja, así me siento, enredada en la cama. Tanto esperé el momento de ser madre y ahora soy una jarra pinchada…”, dice uno de los personajes.

“Estoy mitad dormida y mitad despierta. El otro día dando la teta en el sillón del living a las cuatro de la mañana, me imaginé que detrás de esas ventanas iluminadas había madres iguales a mí, una al lado de la otra, amamantando, y así logré sentirme más acompañada. Me invaden lágrimas en las que se entrelazan el cansancio, la alegría y un amor que duele por lo grande que es”, cuenta otro.

Y continúa: “No es que esté mal todo el tiempo, pero me siento agobiada y a la vez lo quiero comer a besos. Pero caigo en lo inevitable: agotamiento, resentimiento, reproches a mi pareja, aunque esté rodeada de gente me siento sola. No tengo tiempo para nada… Nunca pensé que mi vida iba a cambiar así”.

Los parlamentos podrían ser el continuum de una misma gestante. Y seguramente todas las demás, aquellas que somos madres, nos sentiríamos identificadas. Esas serían también nuestras palabras. “Que un bebé pudiera resultar tan absorbente: la rutina, la casa, deambulo muerta de sueño en camisón, sin tiempo ni para bañarme ni hacerme el skin care… ya está, se vencieron los productos… Lo único que logro es agarrar el celular y mirar Instagram… mi algoritmo está lleno de jirafas pariendo, de mamíferos amamantando. El otro día vi un video de una gorila a la que le hicieron una cesárea de urgencia… Y parecía que se iba a…. ¡pero estuvo todo bien! Está todo bien!”

La maternidad, según la actriz Bárbara Goldschtein, “tiene pros y contras, está todo mezclado. Ya ni intento clasificarlas porque no tiene sentido. Vivo con la ropa sucia. Siempre. Manchas raras, restos de comida, algo que podría ser zapallo de hace cien días. El lado positivo es que bajé muchísimo la exigencia con el lavado. No lavo”.

“Mi vida se interrumpe cada treinta segundos. Literal. Estoy haciendo algo y ”mamá“. Otra vez. Y otra. Pero también es liberador: ya no le tengo que echar la culpa a mi falta de concentración. No soy yo, es el contexto. Mis hijos son una excusa perfecta para cancelar el plan que me daba fiaca. Nadie me discute nada. Todo cierra. Ahora, el día que realmente tengo ganas de ir… fiebre. Siempre fiebre. Hay una especie de radar invisible que lo detecta”.

“Desarrollé habilidades que no sabía que existían. Contesté audios de trabajo mientras cambiaba un pañal, evitaba una situación bastante crítica con caca involucrada y, al mismo tiempo, comer una empanada. No sé si es vida o entrenamiento para algún tipo de súper poder”.

Si no leíste y te aprendiste los rigurosos consejos del libro Duermete niño, imposible para la mayoria de los madres y padres, está el tema del sueño. “Cuántas horas dormir, la calidad del descanso. No duermo y listo. Es práctico en cierto punto: una preocupación menos. Pero también hay algo mágico: veo el mundo con otros ojos. Un charco es un evento, una caja es un universo y una tarde cualquiera puede convertirse en una aventura. En medio del caos, del cansancio y de la ropa manchada, aparece ese momento, en el que me abrazan como si fuera lo más importante del mundo, y ellos para mi lo son, y yo lo soy.

Después me escupen un poco encima, pero no importa. Es el amor más profundo que conocí, recomiendo“.

Señala Grande que, en el intercambio colectivo, “algunas experiencias se ponen en jaque, otras se observan para comprender mejor el punto de partida”. De todos modos, es una oportunidad para salir de nuestro narcisismo y conocer la forma más sublime del amor: dar para que otro sea“.

“Salimos del centro para colocar allí a ‘su Majestad el bebé’, como Sigmund Freud lo llamaba. La psicoanalista tiene una visión más suave, mira el vaso medio lleno. Tener un hijo es ”sumar una rama más al árbol del cual provenimos. Un hijo te deja espiar un futuro en el cual ya no habitaremos“.

LH/MF

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