El boleródromo
Hay banderines cruzando el techo, faroles multicolores cuelgan de las paredes, los ventiladores giran imparables. Dos flamencos de madera y una tela estampada con rosas rococó fondea el escenario. Suenan en orden las canciones “Devórame otra vez”, “El bombón asesino” y “No me arrepiento de este amor”, de la mano de una DJ. Los que se animan primero a la pista exudan erotismo.
Luego de encargar en el tradicional bufete con barra, pizza, empanadas o tarta de verdura a precios populares, y de beberse unos porrones de cerveza, las parejas o amigas sueltas salen a la pista. Es miércoles y en el club Social y Deportivo Villa Malcolm, fundado el 6 de setiembre de 1928, nos encontramos con un ecosistema cultural con su propia lógica. La escena es fresca, libre y vital. Ellos sacan a bailar a ellas, que se emperifollaron con rouge, blusas de lamé, tacos altos y peinados de peluquería. Están también las que prefirieron los jeans y las remeras, más informales.
Los Amados desembarcan con sus trajes brillantes, para sentarse frente al teclado y hacer sonar también el acordeón, la trompeta, las maracas y el bongó. El alma de la fiesta es el crooner Chino Amado (Alejandro Viola), con su jopo habitual y el bigote de estilo. “Buenas noches, buenas noches, a ver esas palmas”, invita, enfundado en su pantalón mostaza de satén y saco estampadísimo con mostacillas en composé con el género del escenario. Se define como un romántico no machista.
Y allá vamos, a curiosear ese bailongo ardiente con preponderancia de adultos mayores, que se mueven dibujando figuras con sus pies, en un club en el que supieron tocar hace muchísimos años las orquestas tangueras de Juan D’Arienzo, Osvaldo Pugliese y Aníbal “Pichuco” Troilo y, probablemente, alguna de jazz.
En Villa Malcolm nos encontramos con un ecosistema cultural con su propia lógica. La escena de esta cartografía sentimental es fresca, libre y vital, lo antiguo se hace presente y los pudores desaparecen. Ni ellos cabecean ni ellas van acompañadas por una chaperona. Hay frenesí y grititos, invocaciones del amor. Chachachá, rumba, cumbia y merengue y más de treinta años de animación con un vestuario diseñado por artistas plásticos.
Los Amados surge cuando lo invitan a Viola a cantar en el cumpleaños de una amiga. Armó una serenata y salió tan bien que lo entusiasmaron a seguir. Actuaron en un barco medio hundido, en el Centro Cultural Rojas y en poco tiempo, las producciones de los programas de Susana Giménez, Xuxa y Moria Casán los convocaron. El grupo fue cambiando de integrantes, pero el espíritu se mantuvo.
Bolsos al hombro, un par de patinadoras baja desde el primer piso. Un grupo de adolescentes con el pelo mojado deja el vestuario luego de un partido de fútbol cinco. Miran, se ríen, comentan sin pudor el movimiento rítmico de los bailarines. La pianista, la hondureña Aroma (Carolina Alberdi), siempre muy seria, luce una gran flor amarilla en su cabellera negra y un collar de perlas enormes, sin sacarse la cartera. Angelillo en los vientos y Pocholo en la percusión exhiben sus peinados a la gomina y distintos modelos en su vello facial. La cantante Insolación del Campo (Paulina Torres) resplandece con su vestido blanco emplumado. Rememoran los vivos de las orquestas típicas de los años 50.
“Esta nochiiiie en la mesa de los jubilados va a ocurrir cualquier cosa”, insinúa el cantante estirando la i con picardía erótica. Y arremete con “Tú me acostumbraste”, rebenque (látigo) en mano, para descender del escenario y desplegar un gesto sadomasoquista. Luego abrirá un paraguas para entonar el melancólico “Esta tarde vi llover”. En la pista, los cuerpos se entrelazan. La gente ha llegado desde Mataderos, Lanús, Belgrano y etcéteras varios. “Con ustedes se mueven hasta los muebles y es genial para las caderas”, grita una muchacha rutilante. Y suenan en una seguidilla y contra la tristeza “La cumbanchera”, “La pollera colorá” y “El día que me quieras”.
“¿Qué miran en la tele estos jóvenes? ¿Hollywood en castellano? ¿Y qué perfume se pusieron? ¿7 Brujas, Polyana 555 u Old Spice? Yo me duché con Heno de Pravia”. Es una lista de marcas anacrónica. El recuerdo y un humor delicado se aúnan. La risa, esa que también experimentó el público de España donde estuvieron hace poco, es contagiosa.
En la mitad de la semana, en la gala inolvidable y kitsch de Villa Crespo, el clásico trencito de los casamientos es un infaltable y corona la fiesta amada. Mirar está bien, pero bailar es mejor. A la salida del show, en una mesita cercana a la puerta, están dispuestos los discos del grupo para la venta. Hay quienes compran y prometen volver.“ La pasamos bomba”, dice un bailarín de Flores y se va cantando: Cuando calienta el sol aquí en la playa, siento tu cuerpo vibrar cerca de mí“.
Pero no todo es baile para el líder de Los Amados. El carismático actor, cantante y director acaba de adaptar y poner en escena una adaptación de Timón de Atenas de William Shakespeare, titulada Timón y las bestias. La obra está en Timbre 4 y mezcla comedia, drama y tragedia para contar la traición de un amigo, las heridas que deja y lo difíciles que son de curar.
Pero volvamos al popurrí de la banda glamorosa que evoca los carnavales de otros tiempos y al Pedro Almodóvar de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Ellos proponen acercarse, desearse, encenderse y bailar, bailar, bailar, al compás de su música.
LH/MF
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