Crónica roja
“El nacimiento de Occidente fue también el de la separación entre la carne y lo sagrado. De un lado, lo profano; de otro, lo divino y lo casto virginal”. La ausencia de la menstruación presente en la figura de la virgen María. “No menstrúa, pero sí da hijos. Es la Santa por excelencia, sin el temblor visceral del sexo y los fluidos de un cuerpo vivo”, dice en uno de los textos Sofía Cuggiari, psicoterapeuta, performer y escritora, autora del libro Temblar: relatos eróticos.
Con tapas rojas, brillantes, leo con voracidad. La sangre menstrual “pasó de sagrada en algunas comunidades antiguas -a veces relacionada con la organización comunal- a significar la inmundicia y maldición a partir del Medioevo. La menstruación como fenómeno de los cuerpos útero-portantes quedara asociada a enfermedad, disfuncionalidad, desecho, contaminación, defección, hasta flujo peligroso que podía llegar a arruinar sembrados o matar animales. En época de caza de brujas, sin dudas, obra del diablo”.
En el siglo Diecinueve, tenemos a la histeria como desorden pasional estrella por la presencia del útero. Hysteron: del griego, útero. La menstruación como estado sospechoso, patológico. Y en el presente, esa repetición mensual, ese rito de iniciación cuando la primera vez convierte a las chicas en “señoritas”, sale del clóset, se toma conciencia, se le pone palabras y se empieza a hablar, convoca grupalmente a reuniones de tribu femenina.
¿Cómo reapropiarse sin culpa, ni miedo, de un cuerpo que está significado en la historia del heteropatriarcado, constitutivamente enfermo, defectuosamente pasional o funcionalmente útil para procrear? ¿Cuál es la consecuencia de esta separación entre el propio sentir y el impuesto?, se pregunta Cuggiari.
Tal vez un mecanismo de huida frente a la insoportable enajenación y la posibilidad de confiscarlo de un discurso new age, neoliberal, para producir una subversión, una contra historia.
En un servicio penitenciario, la doula y docente de yoga Belén Risau coordinó un taller de gestión menstrual con su colega Natalia Dieguez. Asistían oficialas y administrativas, de más de treinta y cinco años. También cadetas y un hombre. “Para ellas sentir no era una opción. No pueden mostrar debilidad. Si lo hacen las acusan de mariconear. No pueden pedirse ni un día. Tienen que negar sus necesidades para demostrar que pueden hacer las cosas tanto como los hombres”.
Las cadetas estaban más familiarizadas con elementos menstruales sustentables y conocían mejor sus derechos. “Muchas nos consultaron por referencias de ginecólogos/as amigables. No quieren atenderse en la obra social del servicio”. Los primeros meses después del ingreso a la Escuela es muy común que se les corte la menstruación por el susto que tienen. Es que “solo por respirar” las pueden castigar con la suspensión de las salidas. No deben ser madres (si lo son, lo ocultan), porque es un requisito indispensable. Un oficial varón le cuenta a Risau que ahora los estudiantes pueden denunciar si sufren violencia o abuso. Exageran, opina. En su época, “se la bancaban más” y “no hacían escándalo por cualquier cosa”.
Menstruar con discapacidad tiene sus particularidades. Andrea Medina, fundadora de www.disversa.com, primer medio digital chileno sobre discapacidad e inclusión, resalta dificultades que son ausencia de derechos. “No puedes ir a un baño público, aunque haya uno; no puedes cambiar la toalla higiénica, aunque tengas acceso a ellas, o no te puedes cambiar la ropa manchada, aunque tengas ropa limpia”. Son barreras sociales y económicas. Sus derechos sexuales y reproductivos están invisibilizados. “Se nos infantiliza o se nos considera personas asexuadas”.
“Debemos avanzar hacia una sociedad incluyente, reconociendo que las personas somos diversas y autónomas, tenemos cuerpos diferentes y requerimos de insumos menstruales accesibles”. Una comunidad que las deje de ignorar o subestimar, donde se les hable a ellas, no a sus acompañantes.
En Polifonía menstrual, proyecto de Pabla San Martín, Meli Wortman y la colaboración de Flor Monfort, se leen las anécdotas de una deportista olímpica, un pibe trans, una señora privada de su libertad, una monja. El dolor de la endometriosis y el fluir natural de quienes no padecen. Variaciones moradas de una fase común.
Eso que dicen las cosas y La fórmula de la mariposa (o ensayo frustrado sobre la menstruación son novelas escritas por la abogada y mágister en Bioética Natalia Monasterolo, de Córdoba. El título de su trabajo en Polifonía es “Menstruar en el manicomio” y aborda las vivencias de las pacientes más antiguas en el servicio de Salud Mental del Hospital Regional de Bell Ville.
“Recibieron calzones. Algunos grandes o apretados fueron destinados para los días del duende o del diablo. Las que se negaron a usarlos, arrancándoselos como se quita una venda inútil, fueron tratadas de salvajes, ”animalitos de Dios, para usar el idioma de la compasión“, señalaba una trabajadora.
Cuando llegaron, muchas de ellas provenientes de la colonia bonaerense Montes de Oca, del oeste bonaerense, ya habían gestado y parido “bebitos” que brillaban por su ausencia. Algunas se referían a ellos como “muñecas”. Decían “acaaaaá” y se tocaban la entrepierna.
“Las carnes enmohecidas, las pieles juntas, los músculos flojos, la palabra negada, la infancia estirada, vitalicia, la rebeldía aplacada. ¿Cómo se fabrica un humano en el baldío de los sentidos?”, interroga Monasterolo.
En 2021, se cambió en el país la regulación sobre contracepción quirúrgica y se estipuló que las personas con discapacidad tienen derecho a recibir información adecuada y a brindar consentimiento para la realización de tales prácticas.
“Cuando a las internas de Bell Ville les anudaron las trompas, los días del duende y del diablo se llenaron de algodones, en las camas, en el piso, en el fondo del inodoro. La cirugía del nudo volvió abundantes las menstruaciones y los trapitos no alcanzaron para absorber la viscosidad de la sangre. Como si el cuerpo, rebelde, después de tanto se revelara. Vomitó fuego, fuego líquido y morado. Un dragón con la garganta en la vagina, una garganta fabulosa, mítica”. Tuvieron que ponerle un nombre a la menstruación, a la regla, a su furia líquida.
La llamaron Pepa.
LH/MF
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