El psicoanálisis divertido
Con la comida me pasa lo mismo que con la música. Me gusta prácticamente toda. Solo por motivos muy concretos puede ser que desestime un género. Quizá me vuelva reticente con un modo particular. Por ejemplo, me gusta el punk inglés, también el argentino, aunque son muy diferentes. Aquí no tengo dudas.
Donde sí tengo reparos es con el reggae local. Me gusta, pero es muy diferente al de otras partes del mundo. El reggae argentino tiene una cuota de melancolía que me cuesta. Tal vez sea un exceso de acordes menores, pero no creo que se relacione con una cuestión técnica. Es cierta impronta cultural.
Por ejemplo, me encantan Los Cafres. Creo que consiguen estar siempre arriba, no llevan el modo de cantar hacia el llanto. Es como si en otras bandas, que también me gustan, pero a las que distingo de lo que creo que mejor representa la “esencia” del género, les pasara que no pueden sortear la añoranza.
Debe ser una influencia tanguera inevitable. Los Cafres, en cambio, logran la medida justa de alegría y liberación que el reggae necesita. Lo mismo ocurre con el psicoanálisis que se teoriza en este país, que pareciera haber olvidado una idea lacaniana.
Cito: “Cuando más cerca del psicoanálisis divertido estemos, más cerca estaremos del verdadero psicoanálisis”, decía Jacques Lacan. Es cierto que divertido no es lo mismo que alegre, de la misma manera que no hay que olvidar la etimología de la palabra.
La palabra “divertido” incluye las nociones de separación (prefijo di-) y de movimiento de giro. El psicoanálisis divertido es el que va a contrapelo del sentido común, es también el que se basa en hacer distinciones.
En efecto, el modo más frecuente de subvertir (otra palabra cercana a diversión) lo que se presenta como evidente es el chiste, también el humor; pero sin depender de la carcajada, lo cierto es que el psicoanálisis precisa interpretaciones antes que explicaciones.
Pongamos un ejemplo típico del tratamiento de la neurosis. El obsesivo tiene algunas trampas que son conocidas en su relación con el goce: hacer cosas para generarse un crédito y luego solo “gastar” lo que le sobra; también subirse al modo de hacer de otro como una forma de evitar el costo de una elección (es especialista en mirar el menú y pedirle a otro que elija por él).
Esta posición es privilegiada para que el psicoanalista saque su rosario de “Todo no se puede”, “Siempre es preciso perder algo” y otras formulaciones que son comunes en analistas argentinos que, tal vez también por influencia tanguera, esperan que el lamento sea la manera de reconocer un acto.
Pareciera que, si el psicoanálisis no se sufre, no es psicoanálisis. Si no duele, no es un análisis verdadero. Pero esta actitud siempre corre el riesgo de dejar al analista trabajando al servicio del Superyó (gran Amo de la nostalgia). La cuestión es cómo orientar el psicoanálisis y su pulsión sufriente hacia lo divertido.
Los psicoanalistas interpretamos. ¿Qué es una interpretación? “La clínica psicoanalítica consiste en el discernimiento de cosas que importan y que cuando se haya tomado conciencia de ellas serán de gran envergadura”, decía Lacan.
La interpretación es para “discernir”, palabra esta también cercana a divertir. Pensemos en el caso de un obsesivo que se queja porque está cansado de pedirle a su hijo que se ocupe de cosas de la casa.
Es claro que el modo en que se lo pide hace que el joven nunca le preste atención. Esto es lo primero que cabe decirle. Y no por una cuestión de forma o estilo de comunicación, sino porque el hombre espera que el otro haga algo por el solo hecho de que se lo dice… y al poco tiempo está preguntándole si lo hizo y, al corroborar que no, lo hace él. Al muchacho no le queda otra defensa que la de hacerlo esperar. Decir “Ahí voy”, para quedarse en el mismo lugar. Una resistencia que lo cuida del empuje feroz del padre.
Ahora bien, después de notar su alienación en este circuito imposible, ¿qué se le puede decir a este hombre? En principio, una constatación: que él no espera que el joven haga eso que le pide y que, al final, termina haciendo él, sino que espera que lo haga para dejar de pensar en eso.
En este punto, la interpretación circunscribe su síntoma: necesita que el otro haga algo para calmar su pensamiento, porque librado a sí mismo, este no tiene ninguna libertad y más bien lo esclaviza.
De nada serviría empezar a hablarle a este hombre de la pérdida, de la autoridad, de la diferencia generacional, etc. Lo divertido es la demanda en la que se encuentra implicado: le pide algo a otro, no tanto para que lo haga, sino para que no lo haga y, a través de la negación esperar algo que nadie puede hacer por él, pero que solo él hace… sintomáticamente.
LL/MF
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