Un hombre ca(n)sado
Hace poco fui a hacer un trámite y en la serie de las preguntas formales que me hicieron estuvo la del estado civil. Con un tropiezo, respondí: “Cansado” (en lugar de “Casado”).
Del otro lado del mostrador, la persona se rio y aproveché el empuje para salir airoso con la pregunta retórica “¿quién no está cansado hoy?”.
Sin embargo, fue inevitable que me quedara pensando seriamente la cuestión. Ya no por la interpelación de un agente social, sino ante mí mismo. Ante ese Otro que, en mí, hace la pregunta por qué cansancio se revela en estar casado.
Lo primero que se me ocurrió fue el recuerdo de la vez en que, antes de ser pareja, en el momento de salir con aquella mujer, pensé: “Qué fiaca volver a empezar una relación”. En la memoria de nuestro vínculo suele estar el chiste de que hicimos todo lo posible para no estar juntos.
Luego recordé algo que dice Lacan: que la mujer es un síntoma para el hombre. Sobre esta idea quisiera escribir en esta ocasión, independientemente de la anécdota; mejor dicho, a partir de la anécdota.
Para entender esta afirmación es preciso, primero, destacar que –según Jacques Lacan– hay una relación de vecindad entre el padre y la mujer. El primero funda un orden, como excepción, por eso no es raro que de los padres se sospeche, que se les atribuya omnipotencia, como si fueran dioses, cuyas iras y goces se teman y reprueben.
Lo mismo le ocurre al hombre con la mujer. Quizá por eso los hombres tenemos que curarnos de los celos. A diferencia de Freud, que decía que los celos son típicos de las mujeres histéricas, Lacan decía que les corresponden mejor a los hombres obsesivos. Esos son los verdaderos celosos, los que dicen (decimos): “Pero si yo no soy celoso…”.
No es raro que el análisis de un obsesivo empiece en el conflicto con el padre y rápidamente se traslade al conflicto con la pareja. Es hasta esperable. Incluso es el mejor pronóstico, es lo que permite medir que ese análisis va por buen camino, cuando él se instala en esa posición de “Ella me hace sufrir”.
Paradójicamente, ella no lo hace sufrir porque no lo quiere, sino porque lo quiere y a veces hasta mucho. Durante una parte de su vida, él sufrió por no ser amado –cuando su elección fue de sustitutos maternos, porque las madres no nos quieren; quizá nos aman, pero no nos pueden querer de verdad (sería incestuoso).
Luego llegó la mujer que lo quiere –esa que, si es tal, es un sustituto del padre y lo hará sufrir. Los celos son una manera típica.
Entonces, él tendrá la chance de amarla de un modo diferente a como se ama a sí mismo –porque ese amor de sí proviene de la madre. Podrá amarla como se ama un síntoma: primero con rechazo, después con certeza y confianza. Es extraordinaria esa idea lacaniana de que la relación con un padre, para un hombre (vale la aclaración: obsesivo y heterosexual), se resuelve en la transformación del amor con una mujer.
Hace unos años, hubo una conocida canción de Emmanuel Horvilleur que se llamaba “Soy tu nena”, que muestra muy bien cómo otra respuesta posible –ante ese desplazamiento del padre a la mujer– puede ser la fantasía de feminización, más común en la histeria masculina. El Edipo negativo (la posición pasiva con el padre) también se resuelve a partir del vínculo amoroso.
La mujer es un síntoma para el hombre; es aquello que lo hará tropezar, pero también la ocasión de que se revele para él una causa inconsciente. Durante muchos años, un hombre puede estar salvo con mujeres que lo amen, pero que no lo quieren. Las mujeres que dicen que no, son una buena seguridad.
El contrapunto de esa frase de Jacques Lacan es la que dice que el hombre puede ser un estrago para una mujer. Será el tema de la próxima columna.
LL
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